Nuevas formas de periodismo

La distribución de la información en la sociedad global es posiblemente una de las revoluciones sociales de más calado de la historia moderna y contemporánea. Nunca tantos habían sabido tanto mientras los hechos acontecen, en tiempo real, en cualquier parte del planeta. Cuentan que la noticia del descubrimiento de América por Cristóbal Colón no llegó a Moscú hasta seis meses después de que el navegante regresara a la Península. Estos días se celebra el centenario de la heroica expedición de Shackleton al polo Sur, que no se conoció con cierto detalle hasta después del fin de la Gran Guerra. Hoy, aquella aventura de 27 hombres que llegaron sanos y salvos, todos, al final de la epopeya se habría seguido minuto a minuto en todo el mundo.

Nuevas formas de periodismoLas nuevas formas de comunicación no han anulado el periodismo, sino que lo han hecho más innovador y más competitivo. El periodista clásico ha perdido el monopolio y la hegemonía de las noticias. Hay cientos de miles de periodistas que nutren las redes de informaciones en tiempo real, con fotografías, dibujos y vídeos. Los comentarios y las opiniones surgen de forma inmediata. El mundo ciertamente está mejor informado, pero no estoy seguro que sepa con toda precisión lo que está ocurriendo porque la clave que explica los hechos puede permanecer oculta para el gran público. Antes y ahora, con poca o con mucha información es necesario discernir para poder tener una cierta idea de lo que está ocurriendo.

Twitter es una auténtica revolución que está cambiando la forma de comunicarse y de relacionarse. Los conflictos surgen primero en las redes y después saltan a los grandes medios escritos, radiofónicos o televisivos. Todo es más fácil en la vida virtual, dice Bauman, pero hemos perdido el arte de las relaciones sociales y la amistad.

De vez en cuando, alguien de renombre anuncia que deja momentáneamente de utilizar Twitter. No resiste a las críticas anónimas ni a los ataques sin fundamento. No hay personajes con la seguridad suficiente como Charles de Gaulle, que decía que cuanto más lo atacaban los periodistas, más propaganda hacían de sus ideas. La revolución de las nuevas tecnologías nos ha hecho más fuertes y a la vez más frágiles. El escritor alemán Günter Grass dijo hace unos años al verse atacado por periodistas acerca de su pasado juvenil que “la escena mediática alemana no es superable en infamia”.

Este río tan caudaloso de información y opiniones nos ha conducido a la hiperdemocracia, que tiene una gestión mucho más compleja que la democracia de pautas más clásicas. Los jueces y la multitud de periodistas que se expresan en todos los soportes mediáticos no son ya contrapoderes esenciales, sino que se han convertido en poderes de primer orden porque suelen ir de la mano para cambiar, si se da el caso, el destino de personas e instituciones. Estamos en plena ebullición de los cambios en los que opera el periodismo a través de las nuevas tecnologías, pero no alcanzamos a ver cuál será en el futuro el impacto del caudal informativo, a veces controvertido, sobre los mismos hechos.

El comediante británico Russell Brand puede ser expulsado de Twitter al haber publicado el número de teléfono de un periodista del Daily Mail que intentaba ponerse en contacto personal con él. Brand tiene ocho millones de seguidores y el teléfono del periodista fue conocido por su vasta audiencia. Twitter no permite que se utilice información particular de sus usuarios si antes no obtiene el permiso del interesado. El diario The Guardian del lunes ofrecía una amplia información sobre este caso de conculcación de derechos.

Pienso que el periodismo no desaparecerá, sino que habrá más y mejor periodismo que marcará las grandes pautas de la opinión pública. El buen periodismo se basará en la veracidad de los hechos hasta donde estén al alcance de los informadores. Una definición correcta es la de Carl Bernstein, cuando se refiere a “la mejor versión obtenible de la verdad”. El periodismo, en las versiones clásicas y modernas, no es otra cosa que un borrador para la historia, que es la que suele tener la última palabra con el paso del tiempo y el distanciamiento de las perspectivas.

Alan Rusbridger, director de The Guardian, hablaba hace unos meses que la verdad, como sabe cualquier periodista honesto, es que los periódicos están llenos de errores. No sólo errores, sino simplificaciones exageradas, énfasis desenfocados o interpretaciones de hechos que deberían haberse expresado de otra manera. El que afirme lo contrario no sabe lo que es esta profesión. Y, a pesar de ello, insiste Rusbridger, muchos medios persisten en la creencia de que son por lo general infalibles.

La veracidad de las informaciones ha sido y debe seguir siendo la pauta que seguir, también en los nuevos tiempos. Otra cosa son las opiniones que son libres y abiertas a todo tipo de interpretaciones sobre una misma realidad. Pero lo que no ha sido nunca aconsejable es trabajar sobre suposiciones. Eugeni Xammar escribía en sus crónicas desde Berlín en los años treinta que la dictadura es el régimen del rumor en contraposición a la democracia liberal, que es el régimen de la opinión basada en la realidad. Bienvenidas sean las grandes transformaciones en el periodismo. Pero los hechos siguen siendo sagrados.

Lluís Foix, periodista.

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