Nuevo ciclo económico

EL año 2014 pasará a la historia de España por dos importantes cambios. Primero, por marcar el inicio de una nueva fase alcista del ciclo económico, tras la mayor recesión desde los años treinta. Y, segundo, por la sucesión en la Jefatura del Estado asociada a uno de nuestros reinados más largos, con dos Reyes en vida.

Del primero quizás no se ha llamado suficientemente la atención en el sentido de que atravesamos uno de los periodos económicos más difíciles de nuestra historia reciente. Comparable a tres anteriores. Uno, el del ministro de Hacienda Fernández Villaverde a principios del siglo XX, tras el colapso de los ingresos derivados del comercio ultramarino con las Antillas y Filipinas, con el consiguiente drama de huelgas, descontento y alta conflictividad social de aquellos años. Dos, el del ministro Larraz, 1939-1941, con un aparato productivo en reconstrucción y un presupuesto de economía de guerra, fruto de aquella gran crisis de 1929, que tanto desconcertó a nuestras élites intelectuales, ayunas de conocimiento económico y que acabó con el reinado de Alfonso XIII, cuya marcha provocó la que –todavía– es la mayor caída de la Bolsa española en tiempo de paz desde su creación en 1831. Un rosario que terminó en la mayor guerra mundial de la historia. Y tres, el que tuvo que encauzar el profesor Fuentes Quintana desde la vicepresidencia económica del Gobierno, en los primeros pasos de la Transición, tras la dura crisis energética y una economía en proceso de argentinización, con una inflación interanual superior al 27 por ciento.

En todo caso periodos y crisis distintas a la actual crisisdedeuda. De un híper endeudamiento con base en más del cincuenta por ciento de nuestro sistema financiero –Cajas de Ahorro principalmente– oferentes de un volumen de crédito sin correspondencia con el ahorro nacional. Adquirido en el extranjero. Y sin que el Banco de España detuviera ni tal oleada crediticia ni tan excesiva concentración de riesgo tanto en familias, como en empresas y sector público.

No debe extrañarnos por tanto, que el consumo de los hogares tarde en recuperarse, ocupados como están en ir reduciendo su endeudamiento. Lo mismo que nuestras empresas, con una reducción de deuda superior al 11 por ciento sólo en el último año, pero ya generando margen para contratar o renovar maquinaria, y por tanto con repuntes visibles tanto en inversión, como en la reducción del desempleo. Y también nuestro sector público, cuya deuda roza el importe de nuestra producción interior bruta anual. Que cual bola de nieve se ha venido autoalimentando desde 2006 con una alta carga de intereses, superior a los 27.000 millones de euros anuales.

Felizmente la mejora de la situación ha permitido a nuestro Tesoro emitir en 2014 deuda pública a diez años con un interés de hasta el 1,80 por ciento, actualizándose el pago del principal de acuerdo con el IPC de la UE. Casi un equivalente a los eurobonos. En todo caso, con bajos tipos de financiación –1,87 por ciento de media en 2014–, frente al 2,45 de 2013, fruto de unas reformas estructurales que, acometidas en los dos últimos años, se han mostrado reputadas, interna e internacionalmente. En un contexto de casi total estabilidad de precios, que favorece a pensionistas y asalariados. Todo ello ha posibilitado dar la vuelta a una Balanza de Pagos que acabó con una «capacidad de financiación» de más de 14.733 millones de euros el año pasado, frente a la «necesidad de financiación» de más de 5.000 millones del precedente. Lo que supone un vuelco para nuestra economía, que demuestra poder dejar su dependencia del exterior para financiarse. Y que a pesar del PIB negativo resultante de 2013 actuó de indicador adelantado para la nueva fase alcista que claramente se ha consolidado en 2014. Con una tendencia de crecimiento anual ya claramente superior al 1,3 por ciento.

El segundo cambio es el de un fecundo reinado que culmina en dos Monarcas vivos. Nada extraño en nuestra larga vida institucional. Ocurrió con la Reina Juana y Carlos I, y éste y Felipe II. O más atrás con el Rey Liuva I y su hermano Leovigildo, 568-586. O con Suintila y Sisenando, 621-636, conviviendo en Toledo, CivitasRegia, tras el reinado del primero, que por cierto fallece de forma natural en la entonces capital del Reino, en un contexto de crecimiento económico. Lo que generalmente acaba ocurriendo cuando hay un marco institucional estable, sin que a partir de él ningún Rey muera por conspiración en una sucesión al Trono, legislándose en el 633 por primera vez sobre una laguna normativa de nuestra Monarquía electiva. Igual con Chindasvinto, que cedió –649– la Corona a su hijo Recesvinto cuatro años antes de su muerte.

En todo caso la continuidad y normalidad constitucional en la España actual viene a reforzar la confianza internacional y el crecimiento. Lo que se evidencia no sólo con una mayor atracción de inversión extranjera directa en lo que llevamos de 2014, tras los más de 39.000 millones de euros el año pasado. Sino que mantiene el stock de inversiones de nuestras empresas en el exterior –más de 643.000 millones– undécimo del mundo. Y España empieza en 2014 a devolver al BCE parte de la ayuda recibida para rescatar las Cajas.

Y al superar la recesión, nuestra economía, cuarta de la eurozona por peso, ha salvado a ésta. Si una economía menor, como Grecia, hubiera llegado a ser expulsada del euro, el mensaje para los mercados internacionales hubiera sido que cualquier otro país podría ser también expulsado. Y los ataques especulativos se habrían sucedido: Chipre, luego Malta, Portugal, Irlanda… Por eso la estabilidad del euro sigue descansando en sus cuatro pilares: Alemania, España, Francia e Italia. Las dos primeras, en clara recuperación; y las otras dos, pendientes de unas reformas demasiadas veces anunciadas pero no ejecutadas, que lastran el crecimiento de todos. En un entorno financiero internacional –no cabe ningún exceso de optimismo– que sigue siendo frágil, y con un alto paro que exige continuar las reformas.

En todo caso en España el cambio económico se refuerza y retroalimenta con el nuevo Rey, capaz de encarnar esta nueva fase de recuperación económica, cohesión social y regeneración política que España necesita.

Javier Morillas, catedrático de Economía de la Universidad CEU San Pablo.

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