¿Nuevo orden mundial?

Lo impensable puede suceder: Trump, presidente. Tal vez el análisis predictivo electoral más fiable es la encuesta diaria por panel del centro de investigación política de la Universidad del Sur de California y Los Angeles Times. Pues bien, Trump, tras meses de ir detrás de Clinton, ha tomado la delantera en las últimas dos semanas y cada día aumenta la diferencia. El 15 de septiembre Trump se apunta el 47,2% del voto nacional frente a 41,3% para Clinton.

Cierto es que faltan casi dos meses para la elección, que tienen que pasar por los debates y que la elección estadounidense se decide estado a estado. Pero resulta que, según diversas encuestas, Trump toma ventaja en los estados habitualmente indecisos. En particular en los que tienen más votos electorales: Florida y Ohio. Y están empatados en estados que votaron por Obama, como Nuevo México, Nevada y Nuevo Hampshire. Texas, Arizona y Georgia están decantados por Trump. En gran parte se debe a la ventaja de Trump entre los blancos, que aún son la mayoría. Entre ellos gana por goleada: 51% a 41%. Lo cual supera al voto de las minorías hostiles a Trump. Y aunque la mayoría de mujeres blancas están por Hillary, el dominio de Clinton es sobre todo entre las mujeres no casadas. En las casadas blancas Trump tiene ligera ventaja. De modo que lo que era un apoyo militante pero limitado a los hombres blancos de baja educación ahora ha cambiado en varios estados, como Florida, para incluir a hombres blancos graduados universitarios.

¿Cómo es posible esta preferencia por un hombre inteligente pero de bajo nivel intelectual, ignorante del mundo, xenófobo, misógino, brutal y soez en sus opiniones? Para entenderlo, en Europa tenemos un buen precedente: Berlusconi. También en Estados Unidos se admira al hombre de negocios que hizo un imperio inmobiliario aunque fuera trampeando notoriamente. Y que además brilló en la televisión y montó el negocio sexista de Miss Universo. Se envidia su libertad de palabra y acción. Puede hacer y decir lo que quiera, sentado en sus miles de millones. Sus propuestas xenófobas tienen amplia aprobación en la mayoría de blancos. Y sus ataques a las élites financieras y a la globalización excluyente encuentran un eco más allá de los obreros golpeados por la crisis. Así liquidó sin problemas cualquier competencia entre los líderes del establishment republicano y ahora va a por la más directa representante demócrata de Wall Street.

Y Hillary está haciendo una campaña horrible, por el mismo error que cometió con Obama: creerse predestinada a la presidencia y ponerse nerviosa cuando ve que no es inevitable. Así se explica su tontería de decir que la mitad de los que apoyan a Trump son “un montón de deplorables”. Desprecio de la élite a las masas incultas. El rechazo a Hillary es aún mayor hoy que el de Trump. Y esta elección se decide por quien es el menos odiado. Además, de repente surge el tema de la aparente mala salud de Clinton y, sobre todo, su falta de transparencia hasta que se hizo evidente en la televisión. No la den por derrotada. Tiene mucha energía interna y se juega la vida y, según ella, el hacer historia. Pero en estos momentos hay serias dudas sobre quién puede ganar. Lo cual ha generado un auténtico pánico entre las élites de Estados Unidos y del mundo.

En ese contexto, ha surgido la preocupación por la abierta simpatía entre Trump y Putin. En otros tiempos un candidato presidencial que declarara admirar a un líder ruso estaba liquidado. Con Trump no pasa porque puede decir cualquier cosa y sus seguidores le admiran más. Porque argumenta su elogio a Putin por la necesidad de tener un líder fuerte y sin complejos, como el quiere ser en Estados Unidos. Y además promete una asociación entre los dos para mantener el mundo en orden. Entre otras cosas mediante la reducción significativa del papel de la OTAN.

Claro que Putin está encantado, aunque mantiene una distancia prudente para no perjudicar a Trump en su campaña. Pero está ayudando indirectamente. Las agencias de inteligencia están convencidas de que son hackers rusos los que han penetrado en los ordenadores de la campaña de Clinton y del comité nacional del Partido Demócrata.

Y esa información ha alimentado filtraciones a los medios de comunicación. Más aún, sabiendo que los rusos saben, Clinton no puede negar según qué informaciones porque podría ser desmentida. De ahí las precauciones con las cuentas de la Fundación Clinton y con los correos electrónicos que comunicó imprudentemente en su paso por el Gobierno. Por otro lado, las relaciones de Trump y sus negocios con la oligarquía rusa pro Putin existen desde hace tiempo. Y algunos miembros del equipo de política internacional de Trump (Page, Flynn, Caputo) han trabajado para empresas rusas, en particular Gazprom.

Lo que está claro es que una presidencia de Trump abriría una nueva era en las relaciones ruso-estadounidenses, con un gran impacto en la geopolítica mundial. La protección de Europa del Este dejaría de ser prioritaria, la Alianza Atlántica se debilitaría, la Unión Europea (cuya hostilidad a Donald Trump es manifiesta) pasaría a segundo plano, la extrema derecha europea, empezando por Le Pen, pero también en Austria y Alemania, tendría acceso privilegiado a Washington. Oriente Medio pasaría a ser cotutelado, con una Siria reforzada. Y China sería limitada en sus ambiciones. Un cierto aislacionismo estadounidense reduciría la liberalización del comercio y obligaría a algunos países (Corea del Sur, Japón, Alemania) a pagar por la protección militar de que disfrutan. La irreversible globalización no lo sería tanto. Pero también la paz nuclear sería más estable.

Un nuevo orden mundial. O tal vez desorden.

Manuel Castells

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