Nuevos dilemas y esperanzas

Por Fernando Henrique Cardoso, sociólogo y escritor, ex presidente de Brasil (LA VANGUARDIA, 17/11/03):

Actualmente el mundo vive una enorme contradicción. Incluso mientras se están forjando vínculos que algunos ven como la creación de una sociedad civil global, la superpotencia estadounidense actúa como si fuera la única nación en la Tierra.

Los procesos básicos de cambio que están en la raíz de estos dos movimientos son los mismos: la revolución tecnológica y sus desbordamientos en los ámbitos militar y civil, especialmente en las comunicaciones y el transporte, que han generado la infraestructura de una economía verdaderamente global.

La desintegración de las barreras intelectuales y físicas para el intercambio de ideas, el flujo de instrumentos financieros, la circulación de bienes y personas, aunada a la concentración de capital y tecnología en manos de unas pocas naciones, han creado una imagen calidoscópica del mundo.

Uno podría ver en esto la creación de la tan deseada aldea global. Pero, si vemos cómo interactúan las piezas del calidoscopio, encontramos que producen una situación distinta, todavía no definitiva.

Por un lado, una situación fragmentada, porque las conexiones entre los diversos elementos de la comunidad global (empresas, organizaciones no gubernamentales, etcétera) no emanan de un entendimiento entre naciones o estados, ni son capaces de generarlo espontáneamente. Por otro lado, asimétrica, porque no se diluyen, en esta nueva situación, las antiguas estructuras basadas en una concentración del poder apoyada por recursos financieros y tecnológicos. Pero el efecto de estos cambios sobre el alcance de las conexiones sociales crea nuevas posibilidades de acción política. El movimiento contra la guerra en Iraq, las propuestas para controles ambientales globales, la cooperación entre ciudades, las conexiones en evolución entre movimientos populares como las organizaciones campesinas, apoyados en valores y experiencias transnacionales, son hechos innegables y que impactan la toma de decisiones a nivel mundial.

Al mismo tiempo, es igualmente innegable que una “sociedad acivil” que abarca diversas mafias, terroristas, traficantes de armas, mujeres y drogas, se está desarrollando en una escala mundial. Estamos viendo, en otras palabras, el advenimiento de vínculos supranacionales que, al mismo tiempo, magnifican el impacto de las críticas contra la pobreza, la concentración de la riqueza y las barreras arancelarias proteccionistas, y crean nuevas y más amenazadoras formas de comportamientos antisociales. En resumen, no se trata de la emergencia de una “buena sociedad” universal, sino más bien de la ampliación de las formas y alcances de la interacción humana –tanto buena como mala– en función de la globalización, el capitalismo y el desarrollo tecnológico. Sin embargo, el orden político existente sigue comprometido con el principio de la soberanía nacional, que legitiman la acción coercitiva mediante el ejercicio del poder estatal.

Es esta contradicción entre lo que la ideología marxista llamaría “superestructura jurídica” y las formas actuales de producción e interacción social, lo que se convierte en un problema. Y es visto como tal tanto por los defensores de un mundo más justo como por aquellos más preocupados con el orden y la seguridad que con la justicia o incluso el progreso económico.

Una buena ilustración del problema es lo que está ocurriendo con las Naciones Unidas, en sí una organización de estados. Mientras los promotores del orden pasaron por alto la cuestión de la legitimidad y justificaron la invasión de Iraq sobre la base de las necesidades de seguridad, con o sin la aprobación del Consejo de Seguridad, las Naciones Unidas han iniciado discusiones internas acerca del posible papel de las entidades no estatales que, con base en valores, presionan para tener más voz en las deliberaciones de aquel organismo sobre temas universales (derechos humanos, medio ambiente, seguridad, etcétera).

Estas entidades no estatales van desde las organizaciones no gubernamentales, conocidas como ONG, hasta corporaciones, autoridades locales y parlamentarias y otras que se describen en términos amplios como “sociedad civil”. Al reconocerlas como interlocutores válidos, las Naciones Unidas están reconociendo otro tipo de autoridad, que no se funda en la soberanía estatal. En el otro extremo, el problema emerge como un nuevo dilema estadounidense: convertirse o no de una superpotencia a una hiperpotencia que impone su voluntad sobre todos. Desde esta perspectiva, el problema no está en incorporar nuevos actores a los mecanismos multilaterales, sino en someter estos mecanismos a la lógica de una soberanía estatal que actúa sola para proteger su “seguridad”, obtenga o no eventualmente el apoyo y la cooperación de otros.

Dado que la seguridad es definida, en esta perspectiva, en forma amplia y con base casi teológica, el enemigo puede estar en cualquier parte, dentro o fuera de las fronteras de la nación. Si prevalece esta actitud, estaremos presenciando el surgimiento de una percepción panóptica del peligro, acompañada por una “necesidad de intervenir” que será vista por otros países como una amenaza permanente. Este antagonismo entre la emergencia de una aldea global y el riesgo de una prisión planetaria se desarrollará a lo largo de varios años, pero no adoptará necesariamente la forma caricaturesca que he delineado de un choque inevitable. Habrá, no obstante, muchos choques y sucesos que afecten el curso del siglo XXI. Así que la forma en que este dilema sea resuelto en Estados Unidos es de gran importancia para la estructura de la sociedad global que está desarrollándose, y para el futuro de las otras naciones estado. Si bien Estados Unidos tiende a dominar y en ocasiones a actuar en formas arbitrarias en su papel de protagonista global, sigue siendo democrático en su carácter interno. Por tanto, responde a la opinión pública, que a su vez es influenciada por lo que ocurre en el mundo. La muerte de soldados estadounidenses después del fin “oficial” de las guerras en Afganistán e Iraq han dañado la reputación del liderazgo político y ha hecho surgir cuestionamientos acerca de la forma en que fue definida la seguridad.

Hay, naturalmente, intereses y valores en la vida de una hiperpotencia que no varían con un cambio de Gobierno. Pero hay también percepciones y puntos de vista del mundo que pueden verse afectados por una opinión pública cambiante, particularmente cuando se ve reflejada en las urnas electorales y provocan un cambio de Gobierno. Todo esto puede afectar la conducción de los asuntos internacionales, y quizá incluso las posibilidades de una mejor gobernabilidad global.

Es demasiado pronto para pronosticar lo que ocurrirá en las elecciones presidenciales de Estados Unidos el año entrante. No se puede negar, sin embargo, que la percepción del peligro que afronta la nación está empezando a modificarse. Las preocupaciones en torno a los valores de la privacidad, las libertades civiles y la democracia –aparentemente anestesiadas hasta ahora en el debate público– están retornando.

Y, como sucede frecuentemente en las competiciones políticas, cuando la oposición surge, los valores del Gobierno en el poder son satanizados y el público tiende a distanciarse de él. Lo que parecía ser una casi inevitable reelección puede convertirse en la oportunidad de un posible cambio de dirección. Esperemos que estos primeros síntomas –deinsatisfacción– den margen a la aceptación de valores cosmopolitas que ofrezcan un ímpetu nuevo a la lucha por una mejor sociedad global.