Nuevos inquisidores

Si no fuera por las numerosas calles que llevan su nombre, el almirante gallego Casto Méndez Núñez estaría hoy tan olvidado como la pequeña y absurda guerra que consagró su heroísmo. Esa guerrita, que unos llaman del Pacífico y otros Hispano-Sudamericana, fue la consecuencia de una cadena de conflictos diplomáticos menores y desembocó en 1866 en el bombardeo del puerto peruano de El Callao, en el que el propio Méndez Núñez resultó herido. El episodio, recreado por Benito Pérez Galdós en uno de sus Episodios nacionales, fue solemne motivo de inspiración para pintores de cuadros históricos, que por entonces estaban muy en boga. Aquellos eran también los años en los que las ciudades reventaban el corsé de sus viejas murallas e iniciaban su expansión con la creación de los ensanches. Se construían nuevas calles y avenidas, y había que ponerles nombre. ¿Cómo negarle una calle al héroe del momento? Echo un rápido vistazo a internet y compruebo que casi la mitad de las capitales españolas tiene su correspondiente calle Méndez Núñez: un récord que no muchos prohombres alcanzan. La de Barcelona, recogida y casi sin tráfico, está entre Sant Pere Més Alt y la ronda de Sant Pere, y es algo así como el prólogo a la calle Girona, un pedacito del Eixample incrustado en una zona de nadie entre la Barcelona antigua y la moderna.

Méndez Núñez murió en 1869, sólo un año después de la Gloriosa, la revolución que mandó al exilio a Isabel II. Con todo lo que ha llovido en este siglo y medio, casi sorprende lo bien que se las ha arreglado don Casto para mantenerse en el callejero de tantas ciudades, sobreviviendo a los cambios de símbolos que suelen acarrear todos los cambios de régimen. La Segunda República, el franquismo y la democracia se afanaron en corregir las anteriores modificaciones del nomenclátor. Recientemente ha vuelto a plantearse el asunto como si estuviéramos en uno de esos cambios de régimen. Pero lo cierto es que no lo estamos: lo que en los otros casos era el reflejo natural de una profunda transformación, ahora sería simple cosmética.

Claro que a veces no se trata tanto de maquillar el presente como el pasado: la vieja fantasía de reescribir el pasado para que no sea como fue sino como nos gustaría que hubiera sido. Quienes proponen suprimir del callejero dos siglos de reyes no se conforman con impugnar la realidad de la actual monarquía española: quieren vivir la ensoñación de una república secular, inveterada, como si esto fuera Estados Unidos o Francia. Ya puestos, ¿por qué detenerse en los últimos dos siglos y no rematar la faena suprimiendo reyes hasta la noche de los tiempos? Al fin y al cabo, ningún monarca anterior tuvo otra legitimidad que la que tuvo Juan Carlos I y ninguno contribuyó más que él a la democratización de España. Pero yo aún iría más lejos. Si de verdad ha habido en España una institución refractaria a los valores democráticos, esa es la Iglesia católica. Retiremos del callejero los nombres de los reyes, pero sigamos después con todos los de las vírgenes y los santos. Despojemos nuestra historia de su ropa talar y disfracémosla de civil, como si viviéramos en un país de librepensadores en el que el catolicismo no hubiera existido jamás.

Circulan listas de calles con nombres supuestamente franquistas que según algunos habría que cambiar. A nadie se le escapa que la madrileña plaza de Arriba España hace mucho que tendría que llamarse de otro modo, y lo mismo podría decirse de otras calles con nombre de generalote sanguinario. Pero ocurre que en esas mismas listas aparecen escritores como Gerardo Diego, Josep Pla, Ramón Gómez de la Serna o Julio Camba, carentes de méritos literarios para estos nuevos inquisidores y reducidos a su condición (en algunos casos, dudosa) de meros franquistas. Retirarle un reconocimiento así a una figura pública no es lo mismo que no habérselo concedido. Es afirmar solemnemente el repudio y la vergüenza que inspira a la sociedad. Es declararla non grata. ¿Cuál sería el paso siguiente? ¿Exigir la exclusión de sus obras de las bibliotecas? ¿Montar piras en las plazas con ejemplares de Automoribundia y El quadern gris?

En la misma lista de Gómez de la Serna y Pla está también incluido Dionisio Ridruejo. Recordémoslo: falangista de primera hora, activo propagandista del bando nacional durante la Guerra Civil, voluntario de la División Azul después… Todo eso es cierto, pero no es menos cierto que en fecha tan temprana como 1942 rompió con la dictadura y, renunciando a sus privilegios y afrontando diferentes penas de destierro, inició un camino de redención que acabaría convirtiéndole en una de las cabezas visibles de la oposición al régimen. Me parece obsceno que precisamente en nombre de la democracia pretenda deshonrarse a quien con tanto coraje luchó por ella. Ridruejo, por cierto, murió unos pocos meses antes que Franco y no llegó a conocer el fruto de su esfuerzos y sacrificios.

Ignacio Martínez de Pisón, escritor.

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