Nuevos instrumentos para inversión en infraestructura

Los proyectos de infraestructura están entre las inversiones más productivas que puede hacer una sociedad, y tienen una relación evidente con el crecimiento económico de los países. Pero para los inversores privados no es tan sencillo. Aunque son una inversión bastante segura (con rendimientos inferiores a la media), faltan instrumentos financieros que permitan estructurarlos de modo que sean competitivos respecto de otras inversiones tradicionales, como la renta variable y la deuda.

En la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, celebrada en enero, Walter Kielholz, presidente de Swiss Re, y el ex primer ministro británico Gordon Brown pidieron la creación de una nueva clase de activos para proyectos de infraestructura (algo que también nosotros hemos hecho). En concreto, ¿qué puede hacer el mundo para canalizar hacia este tipo de proyectos el potencial del ahorro privado?

El pastel es enorme, y también lo son las oportunidades para la inversión privada. Se calcula que el valor del flujo de proyectos de infraestructura en mercados emergentes ya supera el billón de dólares, de los que probablemente 150.000 millones saldrán de fuentes privadas. En los mercados maduros, la inversión en infraestructura puede llegar a cuatro billones de dólares en 2017.

Nuestro análisis de acuerdos de inversión de los últimos dieciocho meses indica que las alianzas público-privadas dependen cada vez más de los mercados de capitales para obtener fondos, justo cuando los bancos han debido limitar el crédito para cumplir las normas del Acuerdo de Basilea III. Todavía subsiste la restricción de liquidez provocada por la crisis financiera de 2008, cuya herencia incluye un régimen regulatorio poco favorable a la inversión a largo plazo. Si bien la financiación de infraestructuras públicas volvió a los niveles de 2008, es poco lo que se dedica a proyectos nuevos. La mayor parte de los fondos se dirige a infraestructuras ya existentes, inversión que se considera relativamente segura porque implica muy poco o nada de riesgo de construcción y está comprobado su potencial de generar flujos de efectivo estables.

Como solución a estas dificultades, proponemos la creación de una clase de activos de renta variable a largo plazo que denominamos BHE (buy-and-hold equity). Estos instrumentos ocuparían un lugar intermedio entre los títulos de renta variable y de deuda tradicionales, con posibilidad para sus compradores de conservarlos por quince años o más. Tendrían un rendimiento similar al de la inversión en renta variable, pero su duración compensaría parte del riesgo.

Para mayor protección, el esquema incluiría la participación de grandes inversores influyentes, por ejemplo fondos soberanos, fondos de pensión y tal vez instituciones financieras internacionales. El aporte público (probablemente respaldado por organismos multilaterales de crédito) daría a los proyectos un perfil de riesgo más o menos similar al de la deuda soberana. Por último, la naturaleza regulada de los flujos de efectivo permitiría estructuras de rendimiento más previsibles que con la renta variable pública o privada tradicional.

La creación de los BHE demandaría una nueva plataforma de inversiones para el sector privado, estructurada de modo de proveer rendimientos personalizados a los diversos participantes. El sector privado aportaría experiencia en inversión en infraestructura, mientras que los fondos soberanos y las instituciones financieras internacionales proveerían la mayor parte del capital y estabilidad. Naturalmente, la plataforma se concentraría en proyectos con flujos de caja y términos contractuales definidos (que podrían incluir estrategias de mitigación de riesgo) garantizados por veinte o treinta años.

No todos los proyectos de infraestructura serán adecuados para esta nueva clase de activos. Los más aptos serían aquellos que involucren activos físicos irreemplazables o fundamentales para la economía de un país. También podrían servir los activos con ventajas competitivas, protegidos de la inflación, con sensibilidad al ciclo económico limitada y flujos de caja claros a largo plazo.

Lo ideal sería que la plataforma de inversión genere un flujo de proyectos sostenido, mediante el establecimiento de una estructura con financiación privada que no dependa exclusivamente de gobiernos o instituciones financieras internacionales para llevar proyectos al mercado. La plataforma no sólo actuaría como vehículo de inversión, sino también como iniciadora de proyectos, y se encargaría de buscar, identificar y clasificar sistemáticamente en todo el mundo oportunidades de inversión, tanto en creación de infraestructuras nuevas como en reacondicionamiento de las ya creadas.

La plataforma aportaría capital propio y la experiencia técnica, operativa y administrativa necesaria para evaluar el riesgo de los proyectos, lo que permitiría crear índices para su seguimiento y análisis por los inversores. En el caso de proyectos que se consideren seguros, la plataforma podría actuar como catalizadora de inversiones a largo plazo como las que son típicas de inversores institucionales y fondos de pensión.

Con un diseño adecuado, una nueva clase de activos BHE para infraestructuras públicas y privadas puede liberar el poder del mercado al servicio del bien público. Dadas las actuales restricciones (fiscales y otras) a la capacidad de los gobiernos, sería un activo de gran valor.

Justin Yifu Lin, a former chief economist and senior vice president at the World Bank, is Professor and Honorary Dean of the National School of Development, Peking University, and the founding director of the China Center for Economic Research. He is the author, most recently, of Against the Consensus: Reflections on the Great Recession.
Kevin Lu is a distinguished fellow at INSEAD Global Private Equity Initiative and a managing director at Partners Group, a global private equity firm.
Cledan Mandri-Perrott is Head of Infrastructure Finance & PPP at the World Bank’s Infrastructure Finance Hub in Singapore.
Traducción: Esteban Flamini.

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