Nuevos trabajos, retos sindicales

Por Carlos Trevilla, representante de UGT en el Consejo Económico y Social (CES) vasco (EL PAÍS, 30/04/06):

Me considero un ciudadano con dos convicciones básicas en mi compromiso sindical. Aunque parezcan escasas y mínimas, las considero útiles y suficientes: la centralidad del trabajo y la defensa de su dignidad, así como la utilidad del Sindicato para hacer posible una ciudadanía con derechos, laborales y sociales..

Siempre es útil -y en fechas como la celebración del 1º de Mayo adquiere un significado especial-, hacer una reflexión de calado estratégico que contribuya a desarrollar una mínima aportación a esa necesaria pedagogía social sobre la importancia que tiene el trabajo en nuestras sociedades, así como el papel relevante, útil y necesario de los propios sindicatos. Soy consciente del descompromiso ideológico actual para construir una identidad colectiva en medio de un individualismo exacerbado y del triunfo relativo de los nuevos valores del denominado pensamiento único, que trata de deslegitimar toda cultura sociopolítica de los movimientos sociales, incluidos los sindicatos. La necesidad de la desigualdad, el mercantilismo rampante, la limitación de los derechos y la lucha por la competencia individual son las fórmulas preferidas que se proponen para alcanzar el bienestar económico.

La primera y más importante constatación que hay que poner al descubierto es algo tan sencillo como la vigencia del trabajo. Esto es muy importante, yo diría que imprescindible. En los últimos tiempos, intelectuales de reconocido prestigio como Rifkin, Gortz, Habarmas u Offe divulgaron la tesis del fin del trabajo y su irreversible declive. La tozuda realidad, una vez más, se ha encargado de desmentir dichos pronósticos. Las estadísticas nos demuestran que el trabajo no sólo no ha desaparecido sino que se está extendiendo. Han surgido nuevas necesidades, nuevos sectores de actividad, nuevos empleos. Aumenta la población ocupadas (entre 16 y 64 años), crece la tasa de empleo (aunque cae la de los más jóvenes), y aumenta también el volumen de horas trabajadas. Es más, la Unión Europea, en la llamada Estrategia de Lisboa, se ha propuesto elevar 10 puntos la tasa de actividad para el año 2010.

Ese elenco importante de intelectuales nos ha proporcionado una reflexión sobre las transformaciones del trabajo en sus formas y contenidos. El trabajo está cambiando. Sus formas y contenidos se han transformado profundamente: el empleo se feminiza, se terciariza y se externaliza (con la consiguiente disminución del tamaño de las empresas), y también se precariza (más del 50% son precarios: temporales, a tiempo parcial, de subcontratas, falsos autónomos o empresas de servicios, etc), lo que afecta sobre todo a la mujer. El trabajo se fragmenta, se hace más intenso y penoso y crece la insatisfacción en el mismo. Lo más preocupante es que la exigencia de un trabajo decente no es algo que esté en el discurso político de las sociedades, salvo para reclamar nuevas “flexibilidades”. El trabajador, el factor humano, que se ensalza como ingrediente de la productividad y la principal fuente de riqueza, se ha convertido en la primera variable del ajuste.

Ya en 1999 el grupo de expertos de la Comisión Europea analizó la nueva realidad del trabajo en el famoso informe Supiot y nos decribió el alcance de esta nueva realidad: “La desestabilización de la relación de trabajo expresa una reactivación de la contradicción de clases, o, lo que es lo mismo, de la contradicción capital/trabajo. Se supone que la naturaleza del trabajo no ha cambiado fundamentalmente en la sociedad postindustrial. Al contrario, lo que ha cambiado en la presente situación es la relación de fuerzas. El capital se ha reorganizado en los últimos 20 años: se ha acentuado la autonomía del capital financiero en relación con el capital industrial; el capital se ha mundizializado, abriendo el camino a un movimiento masivo de deslocalizaciones y relocalizaciones de empresas; en fin, el capital es cada vez menos fijo y más flexible. Estas transformaciones del capital entrañan una ofensiva patronal dirigida a adaptar al trabajador a las nuevas condiciones de valoración del capital. Precisamente en este sentido se hablará, por ejemplo, de desregulación: esta consistiría en la supresión de un número determinado de impedimentos al capital en el mercado de trabajo”.

La segunda constatación importante a resaltar, es que, si hay trabajo, habrá sindicatos, con unos nuevos retos de adaptabilidad que ya se están abordando, aunque probablemente no con los ritmos necesarios. Habrá sindicatos porque, pese a todas las teorías de recursos humanos que tienen la pretensión de que la empresa sea la que ejerza el liderazgo de “sus” trabajadores, éstos siempre han buscado formas autónomas de organización, de expresión y de negociación. Ésa ha sido, y seguramente será en el futuro, la esencia misma del sindicato: una forma autónoma de organización, de expresión, de lucha y de negociación de los trabajadores. La eficacia de la acción colectiva de los trabajadores, gracias a la dimensión organizativa del sindicato, ha permitido revalorizar en términos económicos, sociales y culturales la función del trabajo y dignificar la persona del trabajador en nuestra sociedad.

Para concluir esta reflexión quisiera resaltar alguno de los desafíos de adaptación del sindicato a las nuevas formas de organización de la producción y a los consiguientes cambios en los contenidos y en sus formas organizativas. Debe colocar en el primer lugar de su agenda, y no sólo declarativamente, la reivindicación de un trabajo digno y decente para todos y en todo el mundo, incluidos los países desarrollados. Recuperar y reafirmar algunos principios (a igual trabajo, igual salario; la salud no se vende…) y valores (la solidaridad, la protección, los derechos…) para mejor dar respuesta a las aspiraciones de un creciente número de trabajadores que no responden al prototipo del operario fordista afiliado al sindicato. Se trata en definitiva de la recuperación de esa mayor representatividad y pluralidad sociológica de la clase trabajadora actual. Esta es una condición necesaria para recuperar la relación de fuerzas que convierte al sindicato en lo que Clausewitz denominaba una “amenaza creíble”. De ahí la importancia de recuperar la acción sindical en la nueva empresa, más difusa y compleja. No estoy de ninguna manera abogando a favor de la atomización de la negociación colectiva que pretenden los empresarios y algunos gobiernos cuando quieren, en la práctica, eliminar los niveles sectoriales de negociación. La empresa sigue siendo el ámbito central en el que se define la relación salarial y de trabajo, así como la relación de fuerzas de los trabajadores respecto al capital. Ante la globalización depredadora, el sindicalismo está obligado a dar respuestas estratégico-ideológicas, con una nueva cultura internacionalista -solidaria, cooperativa-y con una visión respecto a la democracia participativa en los ámbitos supranacionales, si quiere seguir cumpliendo su función histórica de sujeto social alternativo.Son unos colectivos que hacen imprescindible la cooperación sindical.