“Nulla aesthetica sine ethica”

Hace semanas que había decidido sobre qué escribiría hoy. Arrancaría con un recuerdo de los trayectos de la universidad a casa: las pintadas en una finca de paredes inhóspitas en la parte alta de la calle Aribau. Eran el gesto de admiración al poeta que pasó allí sus últimos años. Pero eso lo supe más tarde. Porque de entrada, cuando las leía desde el bus, apenas entendí nada. Una referencia a Nicaragua, la promesa de no olvidar a un maestro y una frase en latín: “Nulla aesthetica sine ethica”. Era el homenaje a José María Valverde, hombre de letras que nació en 1926 en un pueblo de Cáceres y murió en Barcelona en 1996. Se había estrenado como poeta ultrarreligioso mimado por el nacionalcatolicismo falangista y acabó sus días respetado como un humanista de la democracia (un Sócrates cristiano, dijo Umbral) que había evolucionado hacia posiciones de extrema izquierda, solidario de los países de América Latina con los que había establecido una fonda consanguinidad por la fe y la lengua primero, después por la lengua y la revolución sin haber dejado nunca de ser un cristiano radical.

A medida que se acercaba el día de hoy, sin embargo, me inquietaba la idea que, sólo haciendo historia, falsificaría la interpelación que Valverde tal vez propondría ahora. De nada me servirían anécdotas acumuladas para rehacer la trayectoria de un ensayista y traductor infatigable casi olvidado, como si sólo fuera un peón de nuestra historia literaria. ¿Qué sentido tendría rememorar aquella mañana, en la calle Mozart de Sant Cugat donde vivió en los sesenta, cuando yo, resignado, constaté que la placa que lo recordaba la había eliminado la constructora que derribaba su casa? Allí Valverde, contemplando Montserrat a lo lejos, redactó el informe que salvó La ciudad y los perros de las garras de la censura y Salvador Oliva o Narcís Comadira aprendieron los secretos de la cadencia poética escuchando un vinilo de Pablo Neruda recitando Canto general. Pero quizás estos, como tantos otros, fueran sólo episodios fosilizados para llenar libros sepultados con la ceniza de la erudición. Y, de hecho, tampoco valdría la pena explicar los días que pasé en el Pavelló de la República estudiando, por encargo de Andreu Mayayo, las veintiocho cajas que conservan su fondo: correspondencia, alguno inédito, borradores de los poemarios, libros de sus escritores amados que copió a mano cuando era un adolescente. ¿A quién importarían los documentos de la caja 7? Quizás a nadie, pero allí está todo.

Semanas antes de finalizar el curso 1964-65 cuatro prestigiosos profesores de la Universidad de Madrid presentaron al rector, haciéndolas suyas, las reivindicaciones de estudiantes comprometidos. Para evitar el alboroto el BOE notificó su “separación de servicio” definitiva a finales de agosto. Dicho en plata: los habían expulsado. Uno de ellos era el catedrático de ética José Luis López Aranguren, íntimo amigo de Valverde de cuando los dos eran promesas del sistema cultural franquista. Valverde, catedrático de estética en Barcelona, se solidarizó con él. Se vistió con la toga académica para retratarse frente a una pizarra dónde escribió (con coda irónica) “Nulla aesthetica sine ethica, ergo: apaga y vámonos”. La fotografía la envió a Aranguren, pidió la excedencia “por motivos personales” y así hizo un memorable corte de mangas ejemplar al sistema. Se cumple medio siglo exacto. Cuando Salvador Espriu lo supo le envió, antes que nadie, una nota anunciando que “se quedará Vd. muy solo en su ejemplar actitud”. Gabriel Ferrater, con quien tantas horas habían compartido en la casa de Sant Cugat, le dedicó un poema que se conserva manuscrito dentro de un sobre (junto a otras muchas muestras de reconocimiento) en la caja número 7 del oasis que es el Pavelló. Hace años, cuando descubrí el porqué de aquella frase, me dije que un día debería explicar el trasfondo de las pintadas en la fachada de aquella casa de paredes inhóspitas de la calle Aribau. Pero no sabía que, al intentarlo, podría traicionar aquello que aún podría cautivar de las palabras que Valverde escribió un día de agosto de 1965. Porque convirtiéndolas en un episodio histórico más, sepultándolas en un artículo trufado de anécdotas como este, las dejaría sin la vida que un día llevaron inscrita y las transformaría en un fósil admirado por cuatro tristes eruditos como yo. El pecado, como creería Valverde, habría sido permitir que la estética fagocitara la ética y que la historia blindara contra el presente. Me pareció que la única salida digna sería, pues, intentar interiorizarlo. “Nulla aesthetica sine ethica”. Me recordaría joven en un autobús, leyendo aquella frase que no entendía, y me esforzaría para que mi conciencia, ahora, se amoldara a su significado reencontrado. Por un día me obligaría a librarme de nuestro obsesivo debate, tan opulento, y sólo osaría intentar escribir esta pintada recordando los centenares de vidas que naufragan, huyendo de la guerra y la miseria, en el mar donde yo paso confortablemente el verano.

Jordi Amat, escritor.

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