Nunca hemos hablado de sexo

Me la encontré un día en la calle y me sorprendió verla con pañuelo. Era una antigua compañera de colegio. La recordaba porque era irreverente, alegre, parecía disfrutar de la vida sin preocuparse mucho. ¿Cómo puede vivirse la vida a los 14 o 15 si no es alegremente? En nuestro caso, a esa edad era cuando empezaban las preocupaciones, la edad en que todo cambiaba. Teníamos privilegios en tanto que niñas que se acababan justo cuando empezaba la pubertad, aunque nadie se tomaba la molestia de explicarnos que el cambio era precisamente por eso, que nos habíamos convertido en «mujeres», deseables, sexuales, y que se nos tenía que vigilar muy de cerca, no fuera que trajéramos alguna desgracia a nuestras familias. Y las desgracias, todas terribles, iban desde ser vistas en la calle hablando con algún chico hasta escaparnos con un cristiano y dejar traumatizados de por vida a quienes nos habían traído aquí para darnos una vida mejor.

Admiraba secretamente a esa chica que siempre reía, sobre todo con los chicos, porque era capaz de ser ella misma a pesar de las estrictas normas que regían nuestras vidas de chicas que ya son mujeres. Contaba sus aventurillas, si jugábamos al conejo de la suerte y le tocaba a ella «besar a quien te guste más», se levantaba decidida y plantaba sus labios en los del más guapo de la clase, riendo siempre. Un hecho normal para las demás, pero que para nosotras era un acto de transgresión absoluto. Se necesitaba una buena dosis de coraje. Por eso la admiraba, porque su deseo no parecía distorsionado por el control férreo de la sexualidad al que estábamos sometidas. Si hubiéramos leído El cuento de la criada nos habría parecido un poco exagerado, pero para nada lo habríamos considerado una distopía.

Un día vino una comadrona a hacernos una charla y al terminar unas cuantas chicas nos reunimos con ella aparte, para hablar en confianza. Las preguntas que no tardaron en salir ni un segundo y que parecía que las formulásemos a la vez eran todas sobre lo que más nos inquietaba: el himen, si existía o no existía, si lo podíamos perder haciendo otras cosas que no fuera la penetración, si sangraba la primera vez, si mucho o poco. Entre nosotras no habíamos hablado nunca del tema, pero de repente en ese petit comitè surgió como una preocupación más colectiva que individual. El malestar era evidente, pero ni siquiera le habíamos podido poner nombre, darle un cuerpo verbal concreto para visualizar nuestras angustias. Al fin y al cabo, no habíamos recibido instrucciones claras sobre esos tiernos epitelios, que decía Carme Riera.

Nadie nos había hablado directamente del tema, porque el mero hecho de mencionarlo ya era vergonzoso. Y la vergüenza nos aisló las unas de las otras, nos aisló de nuestros cuerpos, nos aisló de nuestro propio deseo. Lo único que sabíamos era que no «cuidarnos», poner en riesgo el preciado misterio que llevábamos entre las piernas sin saber exactamente lo que era, podía tener consecuencias terribles. Las normas estrictas no tenían más objetivo que el de preservar un tesoro tan importante.

Leila Slimani, la premio Goncourt de origen marroquí, ha escrito el libro Sexo y mentiras, de momento solo en francés, en el que recoge el testimonio de unas cuantas mujeres que le hablan de su vida sexual y de las consecuencias que tiene sobre su intimidad el sistema que aún rige en la sociedad marroquí, un sistema en el que ellas siempre están en el punto de mira. En este caso las normas no son solamente familiares, sino que es la ley misma la que se encarga de reglamentar la vida sexual de los ciudadanos. La prohibición de tener relaciones fuera del matrimonio –sea antes, después o durante– condiciona enormemente el deseo.

En aquellos últimos años de EGB, al grupo de chicas que nos reunimos con la comadrona nos hubiera ido bien leer a Slimani. Habríamos descubierto que no éramos las únicas y que nuestras inquietudes derivaban de un sistema obsesionado con el sexo en general, pero muy especialmente con el de las mujeres. Habríamos comprendido que no sentir vergüenza de las propias carnes no era una anomalía sino un síntoma de buena y vigorosa salud.

Pero seguimos cada una con su camino, buscando las posibles estrategias para sobreponernos a la represión. Algunas se fueron a la mínima que tuvieron una oportunidad, otras siguieron el guion establecido de casarse pronto y tener hijos. A la chica que siempre reía me la encontré con pañuelo y no me hizo falta preguntarle por qué lo llevaba. Desde que me lo he puesto, me dijo, me dejan en paz. Hago lo que quiero y ni siquiera se dan cuenta, pero como voy tapada todo el mundo está tranquilo.

Najat El Hachmi, escritora.

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