Nunca olvidado y siempre recordado

El filósofo del positivismo John Stuart Mill, en un escrito que lleva por título precisamente libertad, escribió: «No se puede recordar suficientemente a la humanidad que una vez existió un hombre llamado Sócrates». Hay nombres cuyo olvido equivaldría a perder realidades humanas esenciales. Ellos elevaron la existencia humana a un nivel que ya no podemos vivir por debajo de él. Podremos olvidarlos durante algún tiempo, pero esos horizontes de verdad, ideales de justicia, vislumbres de santidad y cotas de esperanza que abrieron algunos hombres y mujeres nunca pueden desaparecer de nuestro horizonte, como su medida y su meta.

Entre los nombres inolvidables que, junto al de Sócrates, nos han alumbrado en nuestro camino, está el de Jesús. Este nombre nunca ha ido solo sino acompañado bien de la indicación de su aldea de origen como Jesús de Nazaret o de su condición personal: Jesús Cristo. Las dos palabras antes de unirlas por un guión (Jesu-Cristo) hay que descubrir el sentido de cada una de ellas. Jesús podemos decir que es el hombre de su «persona», mientras que Cristo (Mesías) es el de la «misión», que cumplió en nuestra historia. En ambas sus seguidores reconocieron una presencia y revelación divinas por las que creyeron en él. Con tres títulos expresaron quién era y qué significaba para los demás, situándole en su relación con el pueblo judío del que provenía (Mesías), de su relación con Dios (Hijo), de su presencia reveladora, redentora y santificadora en medio de la comunidad de quienes creyeron en él (Señor). Este es el nombre con el que la iglesia le ha confesado: «Jesu-Cristo su Hijo nuestro Señor». En él persona y misión son inseparables.

Junto a la comprensión cristiana de Jesús han existido a partir del siglo XIX otras comprensiones alternativas: una que le reduce a un mero judío particular, marginal, sin más; otra que lo reduce a un mito universal en el que se daría la conjunción anhelada de Dios-hombre, de hombre-Dios (Feuerbach); o a un arquetipo crístico (Jung). Los dos nombres símbolo de esa comprensión no cristiana de Jesús son la Vida de Jesús de Renán (1863) y la de Straus (1835 y 1837). Pocos libros fueron tan leídos en el siglo XIX francés como este de Renán con un entusiasmo entre estético y religioso, literario y romántico. Lo escribió tras su viaje a Palestina acompañado de su hermana Henriette, muerta en Biblos el 24 de septiembre de 1861, donde fue enterrada, y a quien se lo dedicó.

Muchos no creyentes pensaron encontrar en este libro la respuesta digna y respetuosa para con Jesús sin necesidad de creer en él. Un Jesús sin milagros, sin conciencia mesiánica, sin referencia específica al Dios de Israel, sin resurrección personal. Un Jesús a quien el entusiasmo de sus discípulos habría elevado a la condición de Mesías y el amor de una mujer, llorando ante el sepulcro vacío, habría convertido en divino. El libro se cierra con estas palabras casi ofensivas: «Careciendo de documentos para probar su resurrección… digamos entretanto que la fuerte imaginación de María de Magdala jugó en esta circunstancia un papel capital. ¡Divino poder del amor! Momentos sagrados en los que la pasión de una alucinada da al mundo un Dios resucitado».

Tal reducción de Jesucristo a un judío cualquiera provocó en la conciencia cristiana la necesidad de verificar la verdad histórica de Jesús: desde su existencia a su mensaje y muerte vistos en el contexto de los movimientos sociales, políticos y religiosos de su tiempo. La reacción creyente ha tenido dos expresiones: en un primer momento consistió en esclarecer e interpretar su persona en relación con Dios. Los textos más primitivos provenientes de los primeros testigos le confesaron como Hijo de Dios y partícipe de su condición divina. Ese es el Cristo que ha ofrecido siempre la iglesia para vida del mundo tal como lo comprenden los textos del Nuevo Testamento y lo interpretaron los Concilios ecuménicos. Jesús no es un mero profeta, un sabio, un moralista, del tipo de los esenios. No es un muerto del pasado al que se recuerda con emoción agradecida. Resucitado viviente es una presencia viva, con el que es posible una relación personal, que nos abre al misterio de Dios, al que él pertenece, y a nuestro propio misterio. La relación específica del creyente con él no es solo de admiración, adhesión intelectual o imitación moral sino de fe, amor y adoración.

A este Cristo de la fe de la iglesia se contrapuso el llamado Cristo de la historia proponiéndolos como inconciliables. Por un lado iría la historia crítica, científica, y por otro la fe ingenua, fruto más del deseo que de la razón. Ante esta postura la reacción cristiana ha sido de doble naturaleza. En primer lugar, superado un antisemitismo secular, conocer y reconocer la existencia concreta de Jesús como judío, de una familia judía, en una historia y cultura judías. Este reconocimiento de los cristianos coincide históricamente con la decisión de los judíos de recuperar no solo la tierra sino también lo que ella produjo y por tanto a Jesús como exponente de este pueblo, fruto de su entraña religiosa y cultural.

El escritor recientemente fallecido Amos Oz nos ha contado la historia de esa recuperación; él, que era bisnieto de T. Klausner, autor en 1922 del primer libro sobre Jesús escrito en hebreo por un judío. El esfuerzo de historiadores y exégetas cristianos en el último siglo se ha concentrado en recuperar esa historia humana de Jesús, el contenido de su mensaje, y el valor de su destino consumado en la muerte y resurrección, en la que revela su identidad de Hijo acreditado por el Padre y de salvador del hombre venciendo a la muerte.

En castellano tenemos la obra en cinco tomos de un exégeta norteamericano J. Meier Jesús un judío marginal. Una visión del Jesús histórico y el admirable volumen recién traducido del francés: Jesús. La enciclopedia. En ambos se encuentra una información exhaustiva de todos los hechos, contexto cultural y social, valor histórico de los evangelios y nacimiento en medio de los cuales nació ese Jesús llamado «histórico» y a partir de cuya resurrección surge la Iglesia. La historia no demuestra la fe pero remueve las dificultades y abre el camino para poder llegar a ella, en una libre adhesión intelectual, crítica y confiada. El acto de fe individual con el que el cristiano corresponde a Jesús, nace a partir del encuentro con su persona viva, recordada y celebrada en la eucaristía, amada e imitada por innumerables hombres y mujeres a lo largo de veinte siglos. De Jesús de Nazaret hablan los textos pero sobre todo le atestiguan esos testigos de ayer y de hoy.

Ante la crisis actual Europa tiene que preguntarse cuáles fueron los fundamentos y contenidos que le hicieron posible dar sus mejores frutos de humanidad, cultura y santidad. Hay que responder en concreto ofreciendo un relato y una reflexión que respondan a esa desazón y demanda de sentido que sociólogos y politólogos constatan en nuestras democracias, no solo en los países pobres sino igualmente en los más ricos y modernos como Alemania. No bastan las técnicas y productos para saciar nuestras necesidades de verdad y esperanza. Una sociedad que no crea tales fuentes de sentido debe volver su mirada con amor y humildad a las figuras ejemplares de humanidad que nos han precedido. Ante este desafío y abismo un nombre inolvidable es el de Jesús de Nazaret, quien nos ha desvelado nuestro misterio desde Dios y ha suscitado la iglesia. Esta no habría hecho poco por la humanidad, manteniendo viva la memoria de Aquel.

Olegario González de Cardedal es teólogo.

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