Obama hace política de Estado

Una de las primeras medidas adoptadas por el presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, ha sido la de confirmar a Robert Gates como secretario de Defensa un mes antes de su toma de posesión. Gates, 65 años, exdirector de la CIA con Bush padre, quemado o sacrificado en el escándalo Irán-Contra, lleva dos años en el Pentágono, dirigiendo con sensata mano la política de defensa después del turbulento mandato de Donald Rumsfeld. Gates significa la continuidad del general Petraeus, el hombre que ha hecho del lema Aprender y adaptar un eficaz y flexible sistema de mando en Irak y en Afganistán. Tras el drama de Bombay, necesitamos más que nunca líderes capaces y consecuentes.

Por supuesto, caben todas las opiniones y conjeturas respecto a la designación. No todos los votantes demócratas están de acuerdo con ella. Pero, en mi opinión, el mensaje es claro: les dice a los miles de soldados que luchan, con indiscutibles dosis de sacrificio, en Irak y en Afganistán, que no habrá cambios bruscos; le adelanta a su potente y presionante industria nacional que no se preocupe por los puestos de trabajo en tiempo de crisis; le dice a su pueblo que la política de Estado está por encima de la política de partido, incluidas las promesas lanzadas en agitados y largos periodos electorales.

Es el segundo ejemplo que nos ofrece la sociedad norteamericana en los albores de la era de Obama. El anterior se produjo durante las duras votaciones en el Congreso y en el Senado de las medidas económicas diseñadas por la Administración de Bush para paliar la grave crisis económica: muchos representantes votaron en contra de la línea oficial de su propio partido, alegando que aunque debían lealtad a su formación política, más lealtad debían a sus votantes.

Aquí, en España, estos ejemplos son aún impensables. Los partidos son entes monolíticos en los que no se admite la menor fisura de pensamiento ni de acción. ¿Qué pasa, además, cuando cambiamos de Gobierno? Cambiamos de ministro de Defensa, incluso cuando continúa la misma opción política. No digamos cuando hay alternancia de poder.
Largos años de servicio dan suficiente perspectiva para poder comparar modelos. Desde luego, estamos a décadas de poder hacer de nuestro sistema de seguridad y defensa una estable política de Estado y no la continuación de una política de partido.

Prácticamente, tenemos tantas leyes orgánicas, libros blancos y revisiones estratégicas como ministros hemos tenido. La última ley de la función militar fue votada en comisión, forzada más bien, artículo por articulo y sin consenso. Alguien dice que casi a puerta cerrada. Así vivimos los problemas con que se enfrenta nuestra bien calificada ministra Chacón, que intenta poner sentido común, seny, al desbarajuste que ha encontrado, en el que se superponen las nuevas medidas legislativas con las procedentes del desarrollo de las anteriores leyes orgánicas.
Aquí, con un Gobierno se va precipitadamente a Irak y con el siguiente se regresa también precipitadamente. ¡Como si no costase nada! Aquí se ha jugado con las propiedades de Defensa como bien negociable con alcaldes del mismo color político, vendiendo como bien social lo que ahora se descubre era una falsa burbuja inmobiliaria. Se han comprometido programas militares serios con comunidades autónomas afines también ideológicamente, priorizando el amiguismo político al interés general.

Por idénticas razones, hemos atrofiado, bajo la bandera de la externalización, a una prestigiosa sanidad militar. Demasiada fuerza política y económica demostró tener la sanidad privada para conseguir su desmantelamiento. Hoy atienden a nuestros soldados en Herat traumatólogos y cirujanos búlgaros. Excelentes, por cierto.

Para resaltar aún más las diferencias con nuestro modelo, Obama recupera a dos militares de reconocido prestigio y experiencia como consejeros. Al general de cuatro estrellas James Jones como consejero de Seguridad Nacional, bien conocido en España tras su paso por Bruselas como comandante de la OTAN. Y al almirante Dennis Blair como director de la Inteligencia Nacional, el organismo coordinador de todos los servicios secretos, nacido después del trágico 11-S.
La verdad es que, con cierta envidia, analizamos la política de seguridad norteamericana, incluso los que somos críticos con otros aspectos de la misma. Esta continuidad, esta sensatez, solo produce eficacia, corresponsabilidad, seguridad y economías. Ahorra sacrificios inútiles.

No hay nada peor para un soldado que saber que su sociedad y sus dirigentes titubean, que se diluyen esfuerzos en discusiones partidistas, más propias de charlas de café, hoy travestidas en tertulias televisivas y radiofónicas. Malo cuando un pueblo no tiene claro el rumbo hacia dónde va o por dónde debe ir. Los norteamericanos aprendieron la lección de Vietnam. Aquella falta de apoyo interior tuvo mayor potencia que los cañones del Vietcong. ¿Por qué –por quién– luchar, se preguntaban aquellos soldados que exponían sus vidas en alejadas tierras? No es malo aprender de los errores. Y el pueblo norteamericano sabe hacerlo. ¡Ya me gustaría que tuviésemos nosotros la misma capacidad!
Gracias, presidente electo Obama, por estas primeras lecciones de cordura.

Luis Alejandre, General.