Obama, Harvey Milk y Ciudadanía

Pasados los fastos y las fiestas, el jolgorio y el júbilo, la euforia, las lágrimas, las risas y el asombro, ya está asentado en el poder Barack Obama. En el poder frente a las duras realidades. Con ritmo trepidante ha empezado a cumplir sus promesas electorales. Probablemente, ningún presidente en la historia de Estados Unidos ha hecho tanto en tan poco tiempo. Llama la atención la exquisita cortesía con la que el nuevo ocupante de la Casa Blanca ha despedido al anterior inquilino y a su Administración, o sea, sin una sola palabra pública de recriminación, pero, eso sí, con un contundente rechazo implícito del pasado régimen.
No me cabe duda de que Obama es el líder religioso ecuménico, con tintes providenciales, que en estos momentos necesitan los norteamericanos... y el mundo. Digo "religioso" con plena intencionalidad. La retórica obamiana, a diferencia de la de Martin Luther King, no es insistentemente cristiana, pero en su esencia procede del Sermón de la Montaña. No se trata solo del énfasis que pone en los derechos humanos, la ética y el respeto al prójimo, sino del recurso de una potente llamada a la fe. A la fe, más que a una deidad hipo- tética, como mecanismo o actitud o filosofía vital para conseguir resultados positivos. Obama cree --lo ha revelado una y otra vez-- en la necesidad de tener fe en la vida y fe en uno mismo, de tener confianza en ambas cosas, sobre todo en los momentos más sombríos. Su Yes we can! retoma el "todo es posible para quien cree", atribuido a Cristo, quien solía increpar a sus discípulos precisamente por su falta de fe (a Pedro, por ejemplo, que, tras iniciar con sobresaliente su arriesgada caminata por las olas, empieza a hundirse cuando le entra el terror). El mensaje de Obama también remite al famoso best-seller de Dale Carnegie sobre el maravilloso poder del pensamiento positivo.

La fe que preconiza Jesús no es demasiado exigente. Basta con que tenga el mínimo tamaño de un grano de mostaza.

Obama da la impresión de saber lo que dice al respecto. Aunque no es exactamente el arquetípico self-made- man norteamericano, que empieza casi sin nada, tampoco se lo dieron todo hecho, ni mucho menos. Me imagino que estaría de acuerdo con el refranero español, con su "a Dios rogando y con el mazo dando" o su "a quien madruga, Dios le ayuda". En la crisis en que nos encontramos, un lider mundial así, encarnación él mismo de una fe capaz de mover montañas, puede cambiar o ayudar a cambiar muchas actitudes, muchas estructuras mentales.

Entre ellas la homofobia o, como prefiero llamarla, la homoaversión (una aversión puede incluir un factor fóbico, es decir, de miedo neurótico, pero no necesariamente). Ningún presidente de EEUU --de los recientes y, desde luego, de los anteriores-- había demostrado, que yo sepa, su respeto a la comunidad gay y, por extensión, el entendimiento de sus problemas. Obama lo ha hecho. Y lo ha hecho justo en el momento en que la película de Gus van Sant, Mi nombre es Harvey Milk, con el fantástico Sean Penn en el papel del protagonista, está conmocionando a los públicos europeos, entre ellos, el español. El guión de Dustin Lance Black se basa en una rigurosa investigación de la vida y el asesinato, en 1978, del primer luchador por los derechos de los gais en Nortea- mérica que logró conquistar un puesto político (el de concejal del Ayuntamiento de San Francisco).

Fueron tiempos muy duros para ellos, con una feroz oposición no solo desde las filas de la ultraderecha cristiana, tanto católica como protestante, ambas enarbolando el Viejo Testamento, sino de sindicatos y empresarios. Estaba prohibido tener una relación homosexual, bailar con otro hombre o frecuentar ambientes explícitamente gais. Y con la amenaza añadida del sida, que ya causaba estragos. Es imposible ver este admirable filme en España sin recordar que aquí, a los 30 años del asesinato de Milk por un rival político homoaversivo, y pese a una legislación avanzada, pululan los inquisidores de siempre.

Pululan y porfían, sí. Y no se amilanan o achantan ante el reciente fallo del Tribunal Supremo a favor de la asignatura obligatoria de Educación para la Ciudadanía, jurando por su Dios y por su Iglesia que lo recurrirán ante el Constitucional y luego, si hace falta, en Europa. Y ello porque la asignatura promueve la aceptación de los sexualmente "diferentes", no su exclusión o su condena. Tal resolución confirma los resultados de estudios recientes, que demuestran que la homoaversión sigue siendo endémica en España y fuente de constantes agresiones, tanto físicas como psíquicas, sobre todo en las escuelas. Hay un momento en Mi nombre es Harvey Milk en el que este trata de consolar por teléfono a un joven gay al borde del suicidio, de convencerle de que su condición es normal. Ahí está el problema: los inquisidores siguen con el dogma de que un homosexual o bien es un degenerado o un enfermo, o ambas cosas al mismo tiempo, y se niegan a ver que los enfermos a lo mejor son ellos, y que la diversidad afectivo-sexual, lejos de ser una abominación, es natural. ¡Qué gentes! ¡Y a estas alturas!

Ian Gibson, escritor.