Obama, los Castro y la libertad

De igual manera que la situación de los refugiados sirios me trae a la cabeza la guerra civil y los campos de concentración franceses, donde los catalanes que huían de los franquistas tuvieron que vivir como animales, la visita de Obama a Cuba me traslada automáticamente a una película. Se trata de Thirteen Days (Trece días), dirigida por Roger Donaldson y con Kevin Costner en el papel de consejero del presidente Kennedy (Bruce Greenwood).

El filme recrea los hechos que sucedieron en octubre de 1962, en plena guerra fría, cuando un avión espía de EEUU descubrió que la Unión Soviética estaba instalando misiles en Cuba. El argumento pone el foco sobre la dificultad de tomar decisiones con información parcial y a menudo contradictoria. Al mismo tiempo, Thirteen Days narra las tensiones entre la cúpula militar, partidaria de una respuesta dura, y el presidente y su hermano Bobby (fiscal general).

Según cual hubiera sido la actitud de Kennedy, aquellos 13 días habrían podido desencadenar una guerra nuclear entre EEUU y la URSS. Una de las claves para que esto no ocurriera radica en la capacidad de Kennedy y sus colaboradores de confianza para la empatía, es decir, para ponerse, como dicen los americanos, en los zapatos del otro. Intentar comprender, tratar de imaginar, por qué el enemigo (o quien sea en cada caso) hace lo que está haciendo y no algo diferente.

Creo que Obama -es solo una intuición- es una persona especialmente dotada para la empatía. Para ponerse en el lugar del otro. Y que esta virtud ha hecho posible un acontecimiento histórico como el que hemos vivido en los últimos días, con un presidente estadounidense regresando, después de 88 años, a la isla del Caribe.

Una de las sensaciones más intensas entre los que hemos tenido la suerte de visitar Cuba es la de estar ante un mundo detenido en el tiempo. Detenido físicamente: los coches antiguos, los edificios desconchados… La otra es la de la pobreza de la gente -una gente, por otra parte, encantadora- y la necesidad de todos, o prácticamente todos, de sobrevivir como pueden, bordeando las normas del sistema o saltándoselas, algo no exento de riesgo.

Cuba es un lugar donde la impresión de estar vigilado por los miembros del Partido es absoluta, por lo que el miedo lo empapa prácticamente todo. No hace falta ser un disidente para acabar preso. Uno puede ir a parar a la cárcel, por ejemplo -le pasó al padre de un conocido mío-, por vender carne a un particular.

No fue Cuba un escenario más de la guerra fría. La revolución castrista suscitó en su momento las simpatías de una parte de la intelectualidad internacional. Un atractivo que, incomprensiblemente, se prolongó mucho después, cuando ya todo el mundo sabía que el régimen de los Castro no era más que una dictadura represora, además de un experimento económico fracasado y causante del sufrimiento de la población. Hablo -es el caso más paradigmático y vergonzoso- de García Márquez, pero hay otros. El autor de Cien años de soledad, mimado por la dictadura cubana, se dedicó a lavar la cara del régimen, sin preguntarse, por ejemplo, por qué tantos cubanos estaban dispuestos a jugarse la vida a bordo de barquitas de construcción casera para huir de aquel paraíso. Fue el Jean-Paul Sartre de los Castro, aquel Sartre que negaba los crímenes del estalinismo no desde la ignorancia sino desde el ideologismo cínicamente cómplice.

Hasta hace poco -o tal vez todavía pase entre nosotros- eran bastantes los que minimizaban la maldad del régimen cubano alabando su sistema sanitario o educativo. No era verdad: la sanidad y la educación son un desastre, pero servía para disculpar, para atenuar los horrores de la dictadura. Ahora hay quien, de manera similar, admira a Chávez y a Maduro, y hasta se enorgullece de haber colaborado con la dictadura venezolana.

Decíamos que Cuba parece detenida en el tiempo. Lo está también políticamente. Es un anacronismo, un vestigio de la guerra fría. Obama lo sabe y ha tendido la mano al régimen como nadie lo había hecho antes. Pero Obama no podrá levantar el embargo comercial contra la isla, porque está supeditado a los cambios en Cuba en el terreno de las libertades. Y no parece que los Castro tengan diseñado un plan de transición, de reforma democrática. Por si fuera poco, el presidente Obama ha realizado su movimiento demasiado tarde, cuando solo le quedan unos meses de mandato. La ventana de oportunidad es demasiado corta. Del todo insuficiente.

¿Y después de Obama? Dependerá de quién sea el próximo presidente de EEUU. Si es Hillary Clinton puede haber esperanza. Seguirán probablemente los pasos adelante, pero -así al menos lo veo yo- la democracia y las libertades tardarán aún bastante tiempo en llegar a Cuba. Desgraciadamente.

Marçal Sintes, periodista. Profesor de Blanquerna-Comunicación (URL).

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