Obama: promesas incumplidas

Hace un año, el nuevo presidente estadounidense, Barack Obama, pronunció un discurso histórico en El Cairo para “restaurar” las relaciones de Estados Unidos con el mundo musulmán. Abordó los desafíos cruciales a que hace frente Estados Unidos en el mundo musulmán y ofreció en tono retórico un nuevo paradigma, un nuevo principio que rigiera las relaciones entre las dos civilizaciones. Envió un mensaje claro: “He venido para buscar una nueva relación entre Estados Unidos y los musulmanes del mundo, basada en el interés y respeto mutuos; basada en la verdad de que América y el islam no se excluyen y no necesitan mantener una rivalidad. Coinciden y comparten, en cambio, principios comunes de justicia, progreso, tolerancia y dignidad de las personas”.

Un año después del discurso histórico árabe-israelí, la realidad de su política con relación a Oriente Medio contrasta visiblemente con la halagüeña retórica y las expectativas que suscitó. El discurso de Obama, junto a su estrategia de apertura, causó gran impresión entre árabes y musulmanes. Muchos esperaban que el joven presidente afroamericano respondiera abiertamente a los desafíos planteados en la región e instaurara una nueva relación con el mundo islámico.

Del conflicto árabe-israelí a Irán y al papel de Estados Unidos en el Gran Oriente Medio, una sensación de optimismo y de verdadero cambio – moderada por un escepticismo instintivo-impregnaba el ambiente. También, en términos generales, muchos árabes y musulmanes creían que una personalidad de nombre Barack Hussein Obama (“bendito sea”) comprendería nuestra mentalidad mejor que sus predecesores y nos trataría como socios y no subordinados, y rectificaría errores y abusos de poder de la potencia estadounidense.

En su discurso de El Cairo, dirigido al mundo musulmán, Obama promovió expectativas sobre la adopción de iniciativas concretas que irían en este caso más allá de las palabras. Incluso fuerzas y grupos radicales como Hizbulah, Hamas y los Hermanos Musulmanes reconocieron que las palabras de Obama representaban una bocanada de aire fresco en el marco de la política exterior de Estados Unidos, para subrayar a continuación que valorarían en su momento sus políticas e iniciativas y no únicamente sus palabras.

Al cabo de un año, crece el convencimiento entre árabes y musulmanes de que Obama no ha estado a la altura de sus zalameras palabras. La terminología de la guerra contra el terrorismo ha caído en desuso, pero la prisión de Guantánamo sigue abierta y el presidente Obama ha hecho una escalada bélica en Afganistán, Pakistán, Somalia, Yemen y otros sitios. Su campaña por la paz árabe-israelí está en punto muerto y perdió el primer asalto contra el primer ministro Netanyahu.

El nuevo presidente ha echado asimismo el freno en la cuestión del fomento de la democracia y ha suscrito la política de buenas relaciones con los tradicionales aliados de Estados Unidos en Oriente Medio

– Arabia Saudí, Egipto, Jordania, Pakistán e Israel-,prescindiendo de su política interna y actitud hacia su propia ciudadanía. Obama manifestó claramente que las relaciones de Estados Unidos con la región se basarían en mutuos intereses de seguridad y que no se dedicaría a sermonear a otros estados, clave de un nuevo realismo por parte de Estados Unidos en las relaciones internacionales.

Un creciente número de árabes y musulmanes dice que el joven presidente, de hecho, no predica con el ejemplo, de forma que sus políticas son una prolongación de su predecesor neoconservador, un caramelo envenenado. A su juicio, la retórica de Obama suena hueca. Palabras vacías. Los sondeos de opinión no dan cuenta cabal de la profundidad de la decepción respecto a Obama. Ha arraigado, además, entre los musulmanes la idea de que Estados Unidos no es sincero en su compromiso y simula más que comparte sus esperanzas, temores y aspiraciones.

Oriente Medio no se tragará la retórica que emana de la Casa Blanca a menos que se vea acompañada de un cambio concreto de las políticas estadounidenses hacia la región. De hecho, la iniciativa de Obama con relación al mundo musulmán corre peligro por la extendida sensación de queono quiere decir lo que dice o no puede cumplir sus elevadas promesas.

Es evidente que Barack Obama calculó mal el complejo carácter de la región y los desmesurados costes asociados a una política de verdadero cambio. Sus promesas sobre un auténtico compromiso y una nueva relación con los 1.300 millones de personas que componen el islam ya no se toman con tanta seriedad, circunstancia que socava la credibilidad y eficacia de su política exterior en el Gran Oriente Medio, incluidas las guerras contra Al Qaeda, los talibanes en Afganistán y sus secuaces en Pakistán y la contrainsurgencia.

Aunque aún hay tiempo para que Obama salve la distancia entre retórica y acción, resulta lamentable que no haya adoptado iniciativas francas y abiertas para propiciar un gran avance en las relaciones de Estados Unidos con el mundo musulmán. Su política exterior es más amante del mantenimiento del statu quo y la reducción de los efectos negativos que de un auténtico cambio. Y el mundo musulmán, igual que su homólogo estadounidense, añora un auténtico cambio en la medida en que quiere creer en él…

A menos que el presidente Obama se arriesgue en Oriente Medio, podría acabar dejando una herencia de promesas incumplidas y expectativas hechas trizas en la región. A menos que haga frente a los desafíos planteados, Obama se arriesga a quebrar en mayor medida las relaciones de Estados Unidos con el Oriente Medio musulmán.

Si Obama desea reparar el daño causado por su predecesor y construir una nueva relación basada en el respeto, ha de tener voluntad y visión política para trazar un nuevo rumbo de actuación e invertir buena parte de su capital político en solucionar enconados conflictos regionales. En particular, atender a la creación de un Estado palestino viable e independiente, dotado de las correspondientes instituciones.

Árabesy musulmanes, por su parte, deben comprender que Obama no posee una varita mágica y no se le puede achacar toda la responsabilidad de la falta de avance político en la región. Por desgracia, pusieron elevadas y excesivas expectativas en un nuevo presidente, sin reparar en la complejidad de los procesos de decisión de la política exterior estadounidense ni tampoco en la realidad de su política interior.

La presidencia imperial es poderosa, pero las manos del presidente suelen estar condicionadas por el Congreso, el establishment de la política exterior, la política interna y las fuerzas mediáticas y sociales, aparte del grupo de presión israelí, que ejerce notable influencia en la política exterior en Oriente Medio.

Al principio del segundo año de su presidencia, Obama reconoció implícitamente que su discurso de El Cairo se extralimitó desde el punto de vista retórico. En una entrevista publicada en la revista Time,Obama sorprendió a su interlocutor al llegar a la cuestión palestino-israelí: “Es una cuestión verdaderamente muy difícil (…) Si hubiéramos previsto diversos problemas políticos implicados en el asunto por ambas partes, no habríamos desplegado expectativas tan elevadas”.

El porvenir de la relación entre Estados Unidos y el mundo árabe parece incierto. Cabe esperar que el reconocimiento de la complejidad de la región por parte de Obama favorezca en su caso una política más acertada y que los musulmanes echen una mano para que la política exterior estadounidense navegue en la buena dirección.

En pocas palabras, árabes y musulmanes deben dejar de lloriquear y de echar la culpa al joven presidente; por el contrario, deben desempeñar un papel activo para influir en la política exterior estadounidense a fin de propiciar un cambio auténtico y duradero.

Fawaz A. Gerges, cátedra Christian A. Johnson sobre Oriente Medio, Sarah Lawrence College, Nueva York. Autor de El viaje del yihadista: dentro de la militancia musulmana, Ed. Libros de Vanguardia. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.