Obama se aferra al ‘Sí, podemos’

¿Seré yo el único viejo que sea tan viejo para recordar a Conchita Piquer? La cantante pícara del franquismo ensalzaba los vicios, tanto como las virtudes, de la heroína de una de sus canciones más populares, ‘Trini la Parrala’, la maja trágica y mujer fatal por quien se peleaban y se inmolaban sus amantes, sin que ella se diera cuenta, y para quien el ‘sí’ y el ‘no’ eran indiferenciables. “Que sí, que sí, que sí, que sí”, reza textualmente un cuarteto. “Que si no bebe no puede cantar. / Que no, que no, que no, que ella sólo bebe para olvidar”. Que sí, que no; chato, amante; agonía, indiferencia. La ‘Parrala’ sentía todo y todo le era igual.

En los Estados Unidos del día de hoy, pocos comprenderían a la ‘Parrala’. Las mujeres, que no, pero algunos políticos, tal vez, que sí. En dos contextos -el sexo y la política- el ‘sí’ y el ‘no’ están perdiendo sus sentidos simples e inteligibles y vienen a adquirir matices bastante engañosos.

Empezamos con el sexo. Históricamente, en los encuentros sexuales, se interpretaban ambas palabras con cierta licencia. Charles-Maurice de Talleyrand, la gran esfinge de la política francesa del siglo XIX, conocía profundamente el maquiavelismo tanto de amante como de hombre de Estado. Un diplomático, contaba Talleyrand, cuando dice “que sí”, quiere decir “tal vez”. Cuando dice “tal vez”, quiere decir “que no”. Y cuando dice que no, ya ha dejado de ser un diplomático. Con las mujeres, según la misma autoridad, pasaba al revés. Cuando una dama dice que no, quiere decir que tal vez. Cuando dice tal vez equivale a que sí. Cuando dice que sí, ha dejado de ser una dama. En el mundo que Talleyrand perfilaba, ‘sí’ es una palabra cargada de erotismo, pero el ‘no’ también, por ser el indicio de que se empieza un juego de sexo.

Para bien o para mal, el chiste de Talleyrand ya es tan políticamente incorrecto que ni se podría citar en plan de broma en EEUU. El coqueteo es tabú. No se permite el galanteo. El sexo está privado de romance. Para enfrentar los acosos sexuales se ha intentado, por campañas informativas oficiales o institucionales, insistir en que “no significa que no”. Pero esa fórmula permitió que se interpretara el “tal vez” como consentimiento. Y luego había casos de supuesto consentimiento implícito: el de una de esas mujeres, por ejemplo, que se vestía de provocadora, o que acompañó a un posible amante a su cuarto, o que parecía invitarle a intimidades privilegiadas, pero sin pensar en cumplir con el timo. Para restaurar a la mujer genuinamente indecisa su libertad de rechazar a un importuno, se inició otra campaña: la del que “sí significa que sí”.

Yo lamentaba ese eslogan por imponer a una mujer la crudeza de tener que consentir explícitamente a un acto que convenía, a sensibilidades delicadas, dejar en la oscuridad de una ambigüedad decente. Resulta, de todas formas, que ni exigir la precondición del ‘sí’ explícito es suficiente para garantizar la protección de las mujeres contra agresiones sexuales. Algunas parece que dicen que sí por estar borrachas o drogadas, o confusas, o al punto de cambiar de opinión. Y explotar tales grados de inocencia, según la doctrina predominante entre el público estadounidense, no es permisible.

El año pasado, por ejemplo, en una fiesta en la universidad de Massachusetts, una niña invitó a un chico a su cuarto, pidiéndole que llevara contraceptivos, lo cual no impidió que al amante infeliz se le expulsara luego de la universidad por presunta agresión. En un caso reciente en la Academia de la Marina, una joven salió de un baile de disfraces, acompañada de tres compañeros de clase, tan borracha que ni pudo acordarse de lo que había sucedido luego, pero denunció a los tres hombres por violación. En cambio, en otro caso notorio de agresión contra una mujer borracha, en la universidad de Vanderbilt, era evidente, por un video que sacó uno de los violadores, que la víctima no quiso en absoluto invitar a los excesos que sufrió. Hace unos días, en Brown University, una de las instituciones más prestigiosas del país, resultó que los anfitriones de una fiesta en un dormitorio de chicos habían añadido estupefacientes al ponche que ofrecían a las chicas invitadas con un motivo poco caballeresco. Así que ahora hay que suponer que el “que no” quiere decir que no y el “que sí”, también.

Si en EEUU la política fuera como el sexo y el sí perdiese su resonancia positiva, las consecuencias para el Partido Demócrata serían graves. El eslogan que llevó al presidente Obama a la Casa Blanca era “Sí, podemos”. A diferencia de las del Podemos español, sus promesas parecían factibles: acabar, por ejemplo, con las negociaciones secretas entre los partidos políticos; recaudar impuestos punitivos en los beneficios excesivos de la industria petrolera; abolir los privilegios fiscales más escandalosos de los ricos; aumentar hasta el 10% el nivel de consumo nacional de energía procedente de renovables; cerrar la cárcel de Guantánamo y acabar con la tortura; sacar las fuerzas armadas de Irak y Afganistán; permitir a los sindicatos organizarse libremente; y crear un sistema universal de salud pública, costeado por el Estado. Desgraciadamente -y en eso sí se parece a Podemos, si lograra alguna vez formar parte del gobierno- no ha sido capaz de implementar ninguno de estos programas. De ser la gran promesa del país, Obama se convirtió en su mayor desilusión. No volvió a repetir el eslogan desdichado en la campaña electoral de 2012.

El presidente mantiene, empero, un aire positivo, a pesar del abandono de todas sus iniciativas más deseadas, gracias al contraste del extremo negativismo del Partido Republicano. Están en contra de todo: contra cualquiera reforma política o social; contra el presupuesto, siempre, sea alto o bajo; contra el Estado de bienestar; contra el suministro gratuito de servicios médicos; contra los impuestos progresivos; contra el control de armas de fuego; contra intervenciones gubernamentales en la economía; contra la modernización de las leyes sobre comportamiento sexual; contra la mejora de las condiciones de inmigrantes imperfectamente documentados; contra política medioambiental; contra los intentos de colaboración económica hemisférica; contra el comercio libre; contra los sindicatos; contra la reforma de las cárceles; contra el control del presupuesto militar; contra las medidas para reformar la vigilancia electrónica oficial. Su política de inercia es sorprendentemente popular. Parece que según el electorado estadounidense los gobiernos están tan equivocados y son tan ineficientes y tan corruptos, que cuanto menos hacen, mejor.

Pero el esclerotismo e inactividad de la legislatura condicionada por el dominio republicano ha dado lugar a que el presidente, cuyo comportamiento no ha sido muy enérgico, exhiba, al lado de aquellos aún más inmóviles, un dinamismo admirable. Lo normal en EEUU es que en el último par de años de su mandato, un presidente no logre hacer nada, sobre todo si el partido contrario domina el Congreso. En cambio, el presidente puede aprovecharse de las negativas incesantes de los republicanos a todas sus propuestas. Ha reaccionado prescindiendo del sistema normal que establece la constitución, evitando al poder legislativo y promulgando reformas por mandato directo. Obama está tentando al Congreso, proponiéndole medidas populares pero poco gratas a los republicanos, tales como el aumento del presupuesto para universidades y la defensa de libertades amenazadas por la vigilancia electrónica. Si las rechazan los diputados -según la estrategia del presidente- los votantes les castigarán luego. De repente, el “Sí, podemos” está de nuevo en vigor.

El ejemplo clave es la reforma del sistema migratorio, que permite la reunificación de familias, y el acceso a la ciudadanía de inmigrantes injustamente tachados de ilegales. Para los republicanos la reforma constituye un reto. La denuncian por ilegal, pero no lo es: al margen de la práctica tradicional, eso sí, pero dentro de lo que cabe constitucionalmente. Tienen el derecho de abrogarla si ganan las elecciones presidenciales de 2016, pero si se comprometen a tal fin, ¿no es probable que los votantes hispanos se solidaricen con sus compadres ‘ilegales’ y voten al candidato demócrata, sea quien sea? ¿Que sí? ¿Que no? En la política, a diferencia del mundo de Concha Piquer, y de los encuentros sexuales norteamericanos, esas palabras siguen prometiendo futuros distintos.

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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