Obama y Castro sellan una apuesta arriesgada pero inevitable

En una estudiada puesta en escena, el pasado 17 de diciembre de 2014 el presidente de Cuba, Raúl Castro, y el de Estados Unidos, Barack Obama, anunciaron solemnemente un cambio radical en las tensas relaciones entre ambos países mediante una comparecencia pública en paralelo. El anuncio del restablecimiento de las relaciones diplomáticas rotas desde 1961 supone un giro en la estrategia norteamericana en relación al régimen comunista que han liderado los hermanos Castro desde hace 55 años. La ceremonia de intercambio de prisioneros que acompañó la noticia y el uniforme que lució Castro en la comparecencia denotaban un resabio de Guerra Fría que contrastaba con el mensaje de pasar página en la historia reciente. Llegar a este momento no ha sido fruto de la improvisación; Obama ya se mostró favorable a un cambio de política hacia Cuba en su primera campaña presidencial, pero no se han dado las condiciones hasta el final del segundo mandato. ¿Por qué ahora?

La voluntad política de ambos líderes y las iniciativas de actores de la región como Canadá o extra-regionales como el Vaticano dadas a conocer por ambos mandatarios fue determinante, pero más aún los cambios en el contexto internacional, en la región y en el interior de ambos países que hacían insostenible mantener el statu quo. Nada es igual al año 1960 cuando el Congreso autorizó a Eisenhower a establecer un embargo total sobre el comercio con Cuba que ha permanecido hasta hoy y se ha convertido en el principal argumento del régimen castrista para justificar las penurias económicas del país. Tras el shock del derrumbe de la Unión Soviética y la pérdida de su ayuda, Cuba se vio abocada al penoso “periodo especial” que supuso un deterioro de la calidad de vida solo paliado en los últimos años por la ayuda de Venezuela. Este balón de oxígeno está hoy en peligro por la bajada el precio del petróleo que amenaza con el colapso financiero de su aliado estratégico.

Los críticos con el acuerdo en Estados Unidos aducen que Obama ha hecho concesiones sin contrapartidas, aunque lo cierto es que durante la presidencia de Raúl Castro ha habido cambios, sobre todo reformas económicas para la eufemísticamente llamada “actualización” del modelo socialista incluyendo: la autorización del trabajo por cuenta propia que ocupa a más de medio millón de cubanos, la descentralización de la administración, la introducción del cooperativismo, una nueva ley de inversiones extranjeras o el proceso de eliminación de la doble moneda. Todo ello va dirigido a dinamizar la economía y generar ingresos para aliviar las carencias materiales de los cubanos y alimentar las exhaustas arcas públicas. Son menos evidentes, aunque no totalmente ausentes, medidas políticas como la liberación de algunos presos o la reforma migratoria, que hoy permite salir del país incluso a miembros de la oposición e incluye la posibilidad de retorno de exiliados. Pero no hay cambios en el régimen político, algo que Raúl Castro se ha encargado de recalcar en su discurso al pueblo cubano.

Sí ha habido una transformación en el escenario político de la región que ha fortalecido a Cuba. El impulso de la agenda bolivariana con el liderazgo del fallecido presidente venezolano Hugo Chávez consiguió crear un grupo de presión de gobiernos del socialismo del siglo XXI alrededor de la Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA) que cierra filas en la defensa del régimen cubano y denuncia las intromisiones norteamericanas. Este grupo ejerce una considerable influencia en instituciones regionales como UNASUR o la Comunidad de Estados de América Latina y Caribe (CELAC) un organismo que dicho grupo considera una alternativa a la Organización de Estados Americanos (OEA) y en la que Cuba ha ejercido la presidencia durante el 2013 y tuvo su última Cumbre en La Habana. Dicho emplazamiento ha sido además el elegido para las Conversaciones de Paz del gobierno de Colombia con la Guerrilla de las FARC. Brasil, China y Rusia invierten crecientemente en Cuba. La UE abrió este año negociaciones con el gobierno de la isla para la firma de un acuerdo de cooperación.

En este escenario Estados Unidos no podía permanecer inmóvil, máxime con la experiencia de las dos cumbres de las Américas durante los mandatos de Obama. En su primera cumbre con el conjunto de mandatarios del hemisferio de 2010 en Trinidad Tobago Obama fue recibido con cortesía tras su reciente elección y las demandas sobre el embargo a Cuba se suavizaron por la decisión unilateral de apertura de los viajes de familiares y el posible envió de cantidades reducidas de remesas a Cuba. Pero a la VI Cumbre de las Américas en Colombia de 2013 no acudieron la mayoría de los presidentes de los países del ALBA y acabó con una advertencia de que sería la última sin la asistencia de Cuba. Fue el detonante para el lanzamiento de una ofensiva diplomática destinada a desbloquear la situación. No es casual, que el anuncio se haya producido a cuatro meses de la VII Cumbre de las Américas que se celebra en Panamá en abril de 2015 y a la que ambos líderes han confirmado que asistirán.

Tampoco lo es que la declaración se conociera después de las elecciones al Congreso y al Senado en Estados Unidos del pasado 4 de noviembre de 2014 en las que los demócratas recibieron un duro castigo y los republicanos pasaron a dominar las dos cámaras. Muchos dieron a Obama por amortizado, pero lejos de ello el presidente parece decidido a forzar una agenda de iniciativas políticas que fueron postergadas por cálculo electoral. Ocurrió con la regularización migratoria anunciada el 20 de noviembre, ha seguido con Cuba y probablemente veremos iniciativas sobre Guantánamo. Obama no solo quiere recuperar el halo de esperanza que llevó a concederle un prematuro Nobel de la Paz en 2009, sino también allanar la campaña del futuro candidato a la presidencia y colocar la carga de decisiones regresivas en el tejado de los republicanos que deberán valorar los costes de tal decisión en el electorado. Una de las afirmaciones de Obama en su declaración más criticada por los republicanos y por parte del exilio cubano más radical fue reconocer que el embargo ha sido ineficaz, lo que implícitamente cuestionaba la legitimidad de una política con efectos tan dañinos sobre la población. Es una apuesta arriesgada, pero las encuestas parecen dar la razón a Obama y el matrimonio Clinton se ha pronunciado en favor de las medidas.

Son un primer paso que permitirá más viajes, la multiplicación de la llegada de remesas, el uso de tarjetas bancarias, al acceso a cuentas norteamericanas o el comercio a través de filiales de empresas americanas en el extranjero. Pero como dijo Castro “lo principal no está resuelto”; del lado norteamericano el embargo seguirá vigente hasta que lo elimine el Congreso, Obama solo puede aliviarlo. Del lado cubano, la apertura de la sociedad pondrá a prueba la capacidad del régimen de dar respuestas a las nuevas demandas que surgirán de la sociedad civil. La sociedad cubana ha recibido la noticia con alegría y esperanza y será difícil dar marcha atrás. En este sentido la apuesta de Castro es también arriesgada y abre muchas incógnitas para el régimen. La Cumbre de Panamá en abril, con el tema central de Democracia y Derechos Humanos, volverá a reunir a todos los países americanos y trazará la pauta de hacia dónde camina la región tras el anunciado fin de la Doctrina Monroe.

Anna Ayuso, Investigadora sénior, CIDOB

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