Obama y el cambio climático

Por Mark Hertgaard, periodista y ensayista norteamericano, autor de un libro sobre el calentamiento global. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 09/06/08):

La cuestión se ha hecho de rogar, pero Estados Unidos va a tener por fin un presidente que se tome el cambio climático con suficiente seriedad como para adoptar alguna medida. La víspera de que el senador Barack Obama se afianzara en la senda de la nominación del Partido Demócrata a la presidencia, sus colegas del Senado estadounidense empezaron a prepararse para la votación más trascendente sobre el cambio climático de la historia de Washington. El proyecto de ley sobre la seguridad del clima iba a imponer amplias y obligatorias reducciones sobre las emisiones de gases de efecto invernadero en Estados Unidos. No se esperaba que el texto pudiera convertirse en ley – aunque sólo fuera por el prometido veto del presidente Bush- y hacia el final de la semana las tácticas dilatorias de los senadores republicanos bloquearon el trámite del proyecto, de forma que ni siquiera llegó a votarse. Sin embargo, el debate del Senado fue un momento decisivo en el clima político estadounidense, no digamos ya por lo que reveló sobre el modo en que el próximo presidente, ya sea Obama o el senador John McCain, afrontará la cuestión del clima cuando acceda al cargo en el 2009.

A diferencia de Bush, McCain y Obama han manifestado desde hace mucho tiempo que el cambio climático es una amenaza que debe abordarse de manera preferente y exige una acción eficaz inmediata. En la cuestión medioambiental, las propuestas de Obama son más firmes y enérgicas. Los demócratas defienden lo que la ciencia manifiesta que es necesario: un recorte del 80% de las emisiones de gases para el 2050. Obama, como presidente, lo lograría mediante el sistema de venta de los permisos para contaminar que pagarían las empresas y cuyos ingresos dedicaría al fomento de la energía verde y a ofrecer descuentos a los afectados por el aumento de los precios de la energía.

McCain, sin embargo, puede señalar con razón que ha estado hablando acerca del cambio climático durante más tiempo que muchos demócratas; los republicanos copatrocinaron el último proyecto de ley importante sobre el cambio climático en el Senado en el 2005. Sin embargo, resulta dudoso que el enfoque que propone Mc-Cain revierta efectivamente en reducciones de gases tan notables, ya que en su caso negociaría los permisos de forma gratuita, método que los medioambientalistas atacan por considerarlo un “regalo de empresa”. Obama vendería todos los permisos de emisiones al mejor postor. Y Obama es mucho menos entusiasta que McCain a propósito de la energía nuclear como respuesta al cambio climático.

El objetivo de la ley sobre seguridad del clima era reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de Estados Unidos en un 19% para el año 2020 y el 71% por ciento para el 2050, igualmente según el sistema de venta de permisos. Por tanto, el proyecto de ley iba más lejos que el enfoque de McCain pero menos que el de Obama. Además, abocaba de hecho a ambos candidatos a un terreno minado en el plano político. Con la gasolina a casi 4 dólares por galón en Estados Unidos, los políticos desconfiaban de cualquier medida susceptible de subir aún más los precios. También complicó las cosas un estudio científico que advertía que invertir el rumbo del cambio climático exigiría acabar con rapidez en el empleo del carbón. Probablemente, ninguno de los candidatos iba a suscribir tal idea (aunque la web de Obama dijo que él la consideraría), ya que casi con seguridad disminuiría las oportunidades del candidato en los montes Apalaches y otras regiones carboníferas en las presidenciales de noviembre.

La recomendación de prohibir el carbón provino de James Hansen, de la NASA, decano de los científicos del clima estadounidenses. En abril, Hansen fue el coautor de un estudio que concluía que las emisiones de gases de efecto invernadero deben reducirse mucho más de lo que nadie ha llegado nunca a proponer si realmente la humanidad desea evitar los peores panoramas de cambio climático, incluida una fusión de los hielos polares que en último término elevaría el nivel de los océanos 25 metros y sumergiría a la mayoría de las civilizaciones. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre en el 2007 fue de 385 partes por millón (ppm) y aumenta al ritmo de dos al año. De modo alarmante, Hansen llegó a la conclusión de que 350 ppm es el nivel máximo compatible con un planeta habitable. En otras palabras, la humanidad ya está en la zona de peligro y debe invertir el rumbo rápidamente.

“Necesitamos una moratoria de la construcción de centrales eléctricas clásicas alimentadas con carbón hasta el año 2010, y su eliminación progresiva respecto al horizonte del año 2030”, dijo Hansen en una entrevista. Este adiós al carbón ha de ser “mundial”, añadió Hansen. Ello significa que debe incluirse a China e India, lo que no será fácil; ambos países insisten en que el empleo de carbón es esencial para sacar a sus pueblos de la pobreza. De todos modos, la eliminación de la combustión de carbón no es tan inconcebible como parecía hace poco. Ya se han clausurado unas 60 plantas de las 150 proyectadas en Estados Unidos y otras 50 son cuestionadas. Y, según Hansen, un estudio reciente publicado en Scientific American ha señalado que la electricidad de origen termosolar podría suministrar toda la electricidad de Estados Unidos. Autocalificado de conservador en política, Hansen ha acusado a los “intereses especiales” de bloquear estas y otras soluciones basadas en la energía verde: “No hay ninguna razón por la que no podamos introducir los cambios necesarios, si se exceptúa que las industrias que funcionan con combustibles fósiles están decidiendo las políticas de los gobiernos”.

Amigos de la Tierra y Greenpeace han declarado que la citada ley es un ejemplo de ello. Contra el objetivo del proyecto de reducir las emisiones un 71% para el año 2050, la agencia medioambiental estadounidense calcula que tal objetivo se quedaría en sólo un 25%. En buena parte porque el proyecto de ley dio gratis un 49% de los permisos de emisión, con menor incentivo para cambiar a fuentes de energía verde. Ni siquiera este enfoque amistoso para la empresa satisfizo a los senadores republicanos, cuya mayoría niega que el cambio climático sea real.

La auténtica batalla por una nueva política estadounidense sobre el asunto llegará en el año 2009, cuando un nuevo Congreso y un nuevo presidente aborden la cuestión. Pese a las insuficiencias del proyecto de ley, el hecho de haber llegado al Senado ha señalado un avance; el compromiso retórico de llegar a reducir las emisiones un 70% va mucho más allá de lo que se consideraba realista en el Capitolio hace un año. Pero la Tierra no hace componendas. Si Hansen y otros científicos tienen razón, Estados Unidos habrá de adoptar medidas mucho más ambiciosas si quiere realmente ayudar a salvar un planeta habitable.