Obama y el Islam: palabras… ¿y hechos?

Sin ánimo alguno de aguar la fiesta a quien se enfrenta a la ingente tarea de borrar las huellas de un Gobierno tan nefasto como el de George W. Bush hijo y de enderezar el rumbo para defender mejor los intereses de su país, parece necesario atemperar el entusiasmo que pueda provocar lo que, en definitiva, no es más que un discurso. En su incesante actividad internacional, Barack H. Obama ha decidido que ya es hora de decir algo sobre una región en la que se concentra el mayor nivel de antipatía contra Estados Unidos y el mayor reto a su seguridad (y a la del resto del mundo).

Tras el prolegómeno de Turquía, el pasado mes de abril, llega ahora el turno de Arabia Saudí y Egipto, los dos líderes (simbólico y político) del mundo árabe suní. La visita es un ejercicio de diplomacia multidimensional, que pretende cubrir varios objetivos a un tiempo. Con una magnífica práctica de marketing político ha logrado generar una inusitada expectación en la ‘calle árabe’, dispuesta a aplaudir cualquier signo de empatía y a creer que toda palabra del líder mundial se traducirá inmediatamente en hechos positivos.

Con el discurso en El Cairo ha rematado una política de gestos simbólicos que, aunque sólo sea por su novedad, puede calificarse como exitosa y como una señal de su inteligencia para generar un cambio en las percepciones mutuas, que sirva de base para encarar la resolución de asuntos tan espinosos como el árabe-israelí y los que afectan a Irak, Afganistán/Pakistán o Irán. Con su alocución en Egipto, Obama ha culminado ya su ofensiva simbólica, empleando a fondo sus propias capacidades diplomáticas y rentabilizando con sabiduría la oleada de simpatía que despertó su victoria electoral. Pero en el mismo instante en el que abandonó la Universidad de El Cairo debió de ser consciente de que acababa de agotar su capital mediático si no lograba añadir, ya desde ahora mismo, hechos que estén a la altura de sus anunciados deseos.

No va a tener tiempo de recrearse en su innegable atractivo para unas masas que hoy le rinden pleitesía, porque esas mismas masas seguramente lo valorarán no por lo dicho, sino por lo hecho en la mejora de sus vidas. Un simple vistazo a la realidad de los países que se extienden desde Mauritania a Afganistán/Pakistán -en un arco de subdesarrollo, inseguridad y ausencia de derechos generalizado- transmite directamente la enormidad del empeño. El juego es viejo, pero sigue vigente: la zona está controlada por regímenes manifiestamente mejorables en todos los órdenes, escasamente interesados en modificar unos sistemas que les garantizan privilegios insultantes y aferrados al poder gracias a su control de aparatos represivos muy desarrollados y al apoyo de unos países occidentales más interesados por el mantenimiento del ‘statu quo’ que por la suerte de la mayoría de la población; el islamismo radical (a cuya sombra han florecido también grupos violentos y hasta terroristas) se ha convertido en el actor político más atractivo para amplios colectivos de una población que ya no espera nada de sus gobernantes; el islamismo político ha renacido a partir de ese caldo de cultivo y ante su auge se prefiere (tanto los regímenes locales como los occidentales) cerrar puertas al cambio, aunque eso signifique más subdesarrollo y más inestabilidad. ¿Está dispuesto Obama a romper esas reglas de juego?

A la luz de su actuación es inevitable que las dudas surjan de inmediato. La visita a Arabia Saudí no es ni casual ni inocente. En el plano simbólico cabe interpretarla como el cierre de la brecha abierta el 11-S, dando por bueno el comportamiento saudí desde entonces al dejar de apoyar el extremismo y a Al-Qaida. En el más operativo, la escala en Riad muestra la necesidad de Washington de incorporar a sus socios saudíes a la estrategia de control de un Irán que está a punto de convertirse en el líder de Oriente Medio. Obama necesita apoyos y no parece claro que les vaya a exigir credenciales democráticas o de respeto de derechos humanos, si eso le resta fuerza en su empeño.

Del mismo modo cabe interpretar su visita al incombustible Hosni Mubarak. No es previsible que EE UU vaya a presionar realmente al rais egipcio para que reforme su imperfecto sistema político. Insistir en esa línea solo supondría perder a un aliado en el intento de hacer las paces entre israelíes y palestinos (algo absolutamente impensable hoy) y acelerar aún más el auge de los imparables Hermanos Musulmanes en su oposición a quien nunca ha mostrado auténticos deseos de reforma.

En definitiva, Obama se ha movido hasta ahora con bastante agilidad por el terreno de los valores y los principios -apelando otra vez a la necesidad de apostar por la educación, la promoción de las mujeres en la vida pública, el diálogo-, pero ese tren ha llegado probablemente a su última estación. Sin embargo, no parece que le esté resultando tan sencillo convertir en hechos sus proclamas -incluso en casos en los que depende menos de otros actores externos, como los del cierre de Guantánamo o la reapertura de relaciones con Cuba-. En un contexto tan delicado como el del Magreb, Oriente Próximo y Oriente Medio -que sólo es una parte menor del mundo islámico al que potencialmente se ha dirigido ahora- las dificultades son aún mayores.

Por una parte, se enfrenta a las limitaciones derivadas de los condicionamientos geoestratrégicos heredados. Baste, para hacerlas evidentes, con imaginar, por ejemplo, qué tendría que ocurrir para que Washington opte alguna vez por no utilizar su derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU en defensa de su molesto aliado israelí. Por otra, interesa no caer en el error de pensar que un cambio en la actitud de EE UU, por muy sincero que pueda ser, irá inevitablemente acompañado de otro similar por parte de todos los actores que hoy viven no sólo en oposición directa a los dictados del hegemón mundial, sino que responden, además, a sus propios intereses y agendas. Dicho de otro modo, harían falta otros diez ‘Obamas’ en la región, igualmente convencidos de lo equivocado del rumbo de represión y confrontación seguido hasta aquí, para poner en marcha un proceso basado en el respeto y los intereses mutuos. Y no parece que esa especie abunde en la zona.

Jesús Núñez Villaverde, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria, IECAH.