Obama y la ambigüedad estadounidense

“Señor, protégeme de mis amigos, que yo me ocuparé de mis enemigos”. El presidente Obama ha lamentado no hablar francés con fluidez, algo que, para muchos estadounidenses, es un pensamiento antipatriótico. En cualquier caso, sí parece conocer la agudeza de Voltaire.

Además de las reprimendas que nos ha hecho China, nuestro principal acreedor, por nuestro despilfarro, y de las críticas vertidas por todos los demás sobre la gestión económica de Estados Unidos, Obama ha heredado múltiples crisis, todas ellas potencialmente dañinas para su presidencia. El nuevo Gobierno israelí es intransigente y autodestructivo. Los norcoreanos se muestran imprudentemente provocadores. El régimen iraní no se inmuta ante quienes le invitan a debatir. Rusia se niega a quedar en un segundo plano. En Irak, el Ejército estadounidense está en peligro, y el país al borde de la guerra civil. La misión en Afganistán es insostenible, digan lo que digan nuestros teólogos político-militares. Pakistán, respondiendo a las presiones estadounidenses para reprimir a sus islamistas, está cada vez más en peligro de desintegración. En América Central se enviaron fuerzas estadounidenses para enseñar al Ejército hondureño a obedecer a la autoridad civil, con un éxito bastante escaso.

Nada entorpece más a Obama que las obsesiones narcisistas de la ideología imperial, que se acentúan al tiempo que disminuye el poder de EE UU. Durante una conferencia de prensa, se le preguntó qué medidas tomaría si Irán se negaba a anular las elecciones presidenciales. De su respuesta, en el sentido de que él no se atenía a las noticias de las últimas 24 horas, sino que debía ocuparse del largo plazo, prácticamente se hizo caso omiso.

Obama ha recabado el apoyo de militares y funcionarios que rechazan la guerra permanente contra el islam, que no piensan que los intereses de Israel y EE UU sean inseparables, y que han llegado a la conclusión de que el uso de la fuerza suele tener consecuencias imprevisibles. Escucha a veteranos (Baker, Brzezinski, Carter, Powell, Scowcroft) que han sufrido los límites del poder estadounidense. El presidente ha apartado de su núcleo íntimo a los más progresistas y reflexivos defensores de Israel, al tiempo que ha declarado que los unilateralistas republicanos son tan ruidosos como ignorantes.

Sin embargo, Obama ha aceptado la doctrina de Bush en lo tocante al poder prácticamente ilimitado del presidente en cuestiones de seguridad nacional, algo que implica la aceptación de un continuo estado de emergencia. Es ésta una concesión a los servicios de seguridad, y el reconocimiento de que sus adversarios pueden convencer al país de que el presidente no está lo suficientemente entregado a la defensa de la ciudadanía.

La ambigüedad de Obama tiene su fundamento. Los que insisten en que acabe de una vez con la búsqueda de la hegemonía mundial no han convencido a sectores considerables de la población estadounidense, y ni mucho menos a una mayoría, del coste creciente de dicha hegemonía y de su carácter inalcanzable. La opinión pública piensa que la guerra de Irak es un fracaso y ve dudosa la de Afganistán, pero (dejando de lado a una locuaz minoría) apenas es consciente de las fuerzas institucionales e ideológicas que hacen inevitables esos desastres. La reducción de los gastos militares, el cierre de las bases en el exterior y la redefinición de nuestras responsabilidades no suscitan un gran clamor.

Resulta notable que la renuencia del presidente en materia de política económica corra paralela al gran incremento del poder del Estado sobre el mercado. Hay una vanguardia que busca el reequilibrio, pero la opinión pública, que teme por su seguridad económica y recela de los bancos, no cree posible un sistema alternativo, mostrándose especialmente receptiva a argumentos manidos sobre los peligros del gasto público y el déficit del Estado.

Ante la inmensidad de los problemas internacionales, el presidente decidió que tenía que recurrir a los gestores imperiales más racionales (Gates y los militares más veteranos). A la vista de la crisis económica, no pensó que pudiera poner en marcha otro New Deal. Franklin Roosevelt aprovechó tres décadas de experimentos económicos y sociales iniciadas con los proyectos de su primo Theodore Roosevelt. Dudando de su propio pasado reciente, un dividido Partido Demócrata prefirió al actual presidente antes que a Hillary Clinton, pero los proyectos, los movimientos sociales y las mayorías en el Congreso que podrían librar al presidente de la necesidad de apoyarse en los banqueros brillan por su ausencia.

¿Tendrá tiempo y espacio político suficientes para desarrollar alternativas coherentes? Obama tiene que mejorar la calidad de la educación y de la atención sanitaria, y recuperar el empleo y la renta. La Unión Europea podría ayudar, desarrollando proyectos propios que refrendaran el mensaje del presidente en política exterior: EE UU es una nación entre muchas. Sin embargo, lo crucial es que la mayoría de los estadounidenses que invirtieron su esperanza en la candidatura de Obama tendrán que experimentar, por sí mismos, con nuevas formas de participación política. Después de todo, la ambigüedad del presidente es fruto de la caída en la pasividad de la ciudadanía.

Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.