Objetivos del Milenio ¿Avance o retroceso?

Por Paula San Pedro, Investigadora Junior, Programa de Acción Humanitaria y Desarrollo, FRIDE (FRIDE, ENE/06):

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) son el fruto de los compromisos adquiridos en Cumbres y Conferencias internacionales pasadas que han sido formalmente recogidos en la Declaración del Milenio firmada por 189 países. Se presentan como metas mundiales cuantificadas y cronológicas para luchar contra la pobreza extrema en sus múltiples dimensiones (pobreza de ingreso, hambre, enfermedad, falta de vivienda adecuada y exclusión) al mismo tiempo que promueven la igualdad de género, la educación y la sostenibilidad medio ambiental. Todo este conglomerado se concreta en ocho grandes objetivos, divididos en 18 metas y acompañadas por 48 indicadores que permiten hacer un seguimiento sobre su consecución.

Tal y como están concebidos, los Objetivos del Milenio son las metas específicas de reducción de la pobreza más completas y que más amplio apoyo han obtenido. Por ello su importancia tiene diversas facetas. Para el sistema político internacional, representan la base de su política de desarrollo. Para más de mil millones de personas que viven en condiciones de pobreza, representan los medios necesarios para poder llevar una vida digna y productiva. Para todos los habitantes del mundo, son la piedra angular para la búsqueda de un mundo más seguro y más pacífico.

Pero a pesar de que los ODM han marcado un hito en la historia del desarrollo, no han recibido la misma aceptación en todos los ámbitos y una vez pasada la euforia inicial comienzan a analizarse los potenciales peligros que subyacen en estas metas, llegando incluso a plantearse si los Objetivos son realmente un avance o un retroceso para el desarrollo mundial.

Las críticas proceden tanto de los que dicen que los Objetivos son excesivamente ambiciosos, y por ello difícilmente alcanzables como de los que dicen que los Objetivos son sólo un compromiso de mínimos que diluyen los acuerdos internacionales previos. Para empezar, el objetivo general de “reducir la extrema pobreza a la mitad” incurre en la pregunta de qué pasa con la otra mitad, y por tanto, qué pasará después del 2015. Hasta la fecha no se ha contemplado una estrategia para hacer frente a la otra mitad de la pobreza y es posible que en el 2015 la frustración y la fatiga que reinen en la comunidad internacional sean un reverso para ambas mitades. En particular, el Objetivo 3 (promover la igualdad de género y la autonomía de la mujer) ha sido especialmente criticado por tener una medición muy restrictiva. El Objetivo 6 hace referencia al HIV/Sida de forma vaga y con medidas poco concretas siendo un retroceso frente a todo el trabajo que se ha realizado en las últimas décadas. El Objetivo 8 (fomentar una asociación mundial para el desarrollo) es el único que hace referencia a los países desarrollados y es también el único que no incluye un objetivo específico ni un plazo para su consecución. Otros expertos denuncian que este conjunto de metas no incluye cuestiones específicas como los derechos humanos, la situación de los países en conflicto, post conflicto, o los estados frágiles. En resumen, a pesar de lo ambiciosos que son los ODM no logran incluir todos los espacios y dimensiones sobre los que el desarrollo tiene un impacto.

Más allá de las cuestiones específicas, los Objetivos del Milenio han sido criticados por estar dirigidos por los donantes y por tener un enfoque de “arriba-abajo” que excluye los conocimientos locales y los procesos participativos. Con ello se corre el riesgo de que los ODM se conviertan en una nueva forma de condicionalidad. Así pues, a los países receptores se les amenaza con no proporcionarles ayuda si no cumplen con los requisitos que los donantes imponen. El temor es que esta condicionalidad sea una copia del criticado programa de ajuste estructural a través del cual el FMI ofrece créditos blandos a cambio de una mayor liberalización del mercado, una estabilización de los precios y una privatización de los sectores (incluidos los sectores sociales).

El diseño de los ODM marca ya un desequilibrio difícil de salvar porque no exige que la rendición de cuentas sea igual para todos los países. Los siete primeros Objetivos son constantemente revisados para analizar el alcance de su progreso, y como consecuencia los países en desarrollo se ven sujetos a reformular sus políticas y condicionados a la obtención de resultados. En cambio el octavo Objetivo, que concierne a los países desarrollados, está sujeto a su buena voluntad sin incluir obligaciones ni condiciones.

Hay otras cuestiones que son preocupantes. A pesar de que los ODM se consideran un esfuerzo muy loable de la comunidad internacional, hay argumentos con peso para afirmar que no son realistas. Tal y como están definidos los Objetivos, muchos países deberán proceder según los mejores resultados de su historia y, en algunos casos, incluso lo deberán hacer por encima de sus propias marcas nacionales. En concreto, para lograr reducir la extrema pobreza a la mitad, los países africanos deben crecer a un ritmo del 7 por ciento anual hasta el 2015. Difícil meta dado que solo dos países africanos, Botswana y Guinea Ecuatorial, lo han conseguido en los 15 años precedentes. Si los ODM se miden según los resultados, se está abocando al fracaso y se está impregnando a la comunidad internacional de una frustración sin precedentes. En cambio, si el éxito o el fracaso en la consecución de los ODM se mide por el progreso de los indicadores sociales, el panorama no resultará tan desolador(1).

La importancia de escoger el enfoque correcto se hace más patente teniendo en cuenta que a pesar de que muchos países han alcanzado importantes logros, la mayor parte del mundo está lejos de conseguir los ODM para la fecha fijada, especialmente los países de África Subshariana. Si la situación no cambia radicalmente, el número de africanos viviendo en situación de pobreza puede aumentar. Las medidas para prevenirlo son varias pero Jeffrey Sachs en el informe Invirtiendo en el Desarrollo(2) ha puesto especial énfasis en la ayuda internacional. Si bien en determinados casos los recursos económicos son básicos para salir de la trampa de la pobreza, la AOD no es la panacea del desarrollo. Numerosos estudios(4) han demostrado que no existen vínculos en la cadena de causalidad entre los aumentos de los flujos de ayuda y la consecución de los ODM, sobre todo en sectores como la educación o la sanidad donde son más determinantes factores por el lado de la demanda. A pesar de ello, la retórica se centra en dar excesiva importancia a aumentar la cantidad de ayuda sin considerar otras cuestiones(3) que pueden ser más determinantes en la consecución de los ODM. Es, por tanto, necesario encontrar un equilibrio entre el aumento de la ayuda, la capacidad nacional de absorción y su uso productivo. Si no, es muy probable que en virtud de la AOD ofrecida se exija a los países receptores alcanzar los Objetivos aunque éstos sean de por sí inalcanzables. Además, permitirá reforzar a los escépticos que consideran que la ayuda es un desperdicio y añadir a la fatiga de los donantes. Por otra parte, si finalmente los incrementos de AOD no se materializan, los países en desarrollo tendrán como argumento que los países ricos no han cumplido con los ODM y no asumirán su responsabilidad.

Por tanto, que los Objetivos sean considerados un avance o un retroceso en la historia del desarrollo depende en gran medida si se definen como un fin o como un medio. Si son un fin, los ODM se pueden convertir en un fracaso estrepitoso para el desarrollo dada la alta probabilidad de que no se cumplan. Si son un medio, los Objetivos del Milenio son la herramienta más útil para generar debate, recaudar y canalizar fondos de los donantes, centrar la atención hacia un objetivo común, incluir el desarrollo en la agenda y tener un instrumento que facilite la rendición de cuentas. Bajo esta perspectiva, los ODM son un esfuerzo sin precedentes para erradicar la pobreza y favorecer el desarrollo.


1. Muestra de ello son éxitos universales que se han alcanzado en el aumento de la esperanza de vida o en la tasa de alfabetización.
2. Informe realizado a petición de Kofi Annan para hacer un seguimiento mundial de los ODM.
3. Véase W. Easterly, D. Filmer, M. Kremer, E. Miguel, G. Ranis o F.Stewart.
4. Así por ejemplo, se considera que factores que como la alfabetización o la distribución de riqueza tienen un mayor impacto sobre la esperanza de vida que mayores recursos económicos. En términos de educación primaria, objetivo 2, cuestiones como la educación de los padres o su poder adquisitivo condicionan más que el gasto público por niño.