Obras que podrían ser maestras

Puesto que a muchos adolescentes les gustan los cómics, se podría deducir que este seria un buen medio para comunicar con los alumnos de esas edades. Ello convertiría al cómic en una eficaz y amena herramienta educativa, siempre y cuando se empleara con buen criterio. Lo subrayo porque creo que el buen criterio ha brillado por su ausencia en los planes de educación que se han aplicado en Catalunya y en otras comunidades autónomas españolas. Muchos profesores son profesionales admirables a quienes se obliga a aplicar unos planes de estudio en algunos casos trágicamente equivocados. Ojalá – en mi opinión-se atrevieran a desobedecerlos un poco más.

En Catalunya, por ejemplo, y hasta este curso, el valioso tiempo que los alumnos de diez años empleaban en aprender sutilezas comarcales como la diferencia de climas entre la alta y la baja Garrotxa, o detalles de política autonómica (¡a los diez años!), es el que luego ha faltado para otras materias, como el inglés, en una edad ideal para aprender fácilmente (después es mucho más difícil) idiomas propios y ajenos, esenciales en este siglo XXI que vivimos. Y para aprender música, materia que en otros países sirve para mejorar la disciplina, la memoria, la capacidad de aprendizaje y la relación entre cuerpo y espíritu y entre razón y sentimiento. Tampoco ayudan unos libros de texto a menudo redactados sin gracia y sin claridad, ni un sistema de apuntes iluso y caótico, ni esa reciente fe absoluta en internet, donde abundan los errores irresponsables.

Lo que el cómic ofrece con ventaja respecto a otros medios es la inmediatez. Más rápido que la novela y más independiente que el cine, trata los temas sociales y políticos cuando están vigentes y es útil hacerlo. La cuestión es qué valores puede ofrecer y en qué asignaturas puede ser empleado con provecho.

Puesto que en los cursos de primaria no existen asignaturas llamadas imaginación y sentido del humor (donde Las aventuras de Tintín y El nido del marsupilami serían lecturas tan recomendables como Kásperle en Kasperlandia),el empleo del cómic se orientaría hacia finales de la educación secundaria obligatoria (ESO), el bachillerato y la universidad, y se centraría en estas materias: historia, ética, cultura y sociedad (o la alternativa de la religión), sociología, expresión plástica, historia del arte, literatura, filosofía, psicología y comunicación. El cómic sería un medio complementario a la literatura (cuento corto, buen periodismo) y el cine (de Los siete samuráis y Barbarroja,de Akira Kurosawa, a Gran Torino,de Clint Eastwood, abundan las obras maestras del cine con alto contenido moral).

Hay tres cómics biográficos y autobiográficos imprescindibles para comprender la historia contemporánea, que servirían además en otras asignaturas. Son Maus,de Art Spiegelman (sobrevivir al genocidio nazi), Jonas Fink,de Vittorio Giardino (la vida cotidiana en los países sometidos a la tiranía soviética) y el reciente El arte de volar,de Antonio Altarriba y Kim (una dura travesía de la historia española desde antes de la Guerra Civil hasta ahora). La edición en catalán de Maus cuenta además con una guía didáctica bien planteada por Lluís Ballester: una experiencia pionera.

Son también recomendables Los Papalagi,divertida visión crítica de nuestra civilización con los ojos de un salvaje sabio de Samoa; Historia del universo en cómic,de Larry Gonick, y – para estudiantes de artes narrativas-99 ejercicios de estilo,de Matt Madden, donde una misma acción se explica de 99 modos distintos.

Abundan las obras de interés histórico y social. La posguerra franquista en Paracuellos,de Carlos Giménez. La Primera Guerra Mundial en La guerra de las trincheras y la Comuna de París en El grito del pueblo,de Tardi. La ascensión del nazismo en Berlín,de Jason Lutes. Las falacias del antisemitismo en La conspiración,de Will Eisner. La dictadura machista iraní en Persépolis,de Marjane Satrapi. Otras guerras y conflictos en Palestina,de Joe Sacco, y en El fotógrafo,de Guibert, Lefèvre y Lemercier. El autismo en María y yo,de María y Miguel Gallardo. El consumismo en toda la obra de Miguel Brieva. Y, con buen humor, el terrorismo en El archivo corso y el multiculturalismo en El caso del velo,de Pétillon.

El cómic cuenta con obras maestras que deberían ser leídas e incluidas en las historias de las artes y las letras. Algunas son para todos los públicos, como Tintín en el Tíbet,de Hergé, o Little Nemo,de Winsor McCay. Otras tienen una poética vanguardista, como Fuegos;de Mattotti, Artfòbia II,de Guillem Cifré, o las de Micharmut.

Mientras que otras también excelentes adolecen de contenidos siniestros (Charles Burns, Martí Riera), rijosos (Crumb) o deprimentes (Chris Ware).

Juan Bufill, crítico de arte, autor de cine experimental y fotógrafo.