Obstáculos a la ambición de crecer

De pequeña tienda en el Eixample de Barcelona a empresa global. La semana pasada Mariano Puig explicó en el Círculo de Economía esta trayectoria de éxito de una empresa familiar catalana en los últimos cien años. Cada una de las tres generaciones ha protagonizado sendas etapas de crecimiento. La primera construyó una empresa española; la segunda, a la que pertenece Mariano Puig y sus tres hermanos, la convirtió en una empresa internacional; y la tercera, la que ahora está al frente, en una empresa global de moda, perfumería y cosmética. Un ejemplo de la ambición de crecer.

Crecer es una necesidad y una garantía de resultados. Todos los atributos que se pueda desear de una empresa están relacionados con su tamaño. Y, por extensión, todas las virtudes de una economía al tamaño medio de sus empresas.

En este sentido, esta dura y larga crisis deja dos lecciones importantes.

La primera es que el tamaño es relevante para sobrevivir en tiempos de crisis. La mayor parte de las empresas que no han podido con los rigores de la recesión y la sequía de crédito eran de tamaño pequeño. Mal que bien, las medianas han salido adelante.

La segunda es que no depender sólo del mercado interno es necesario para capear los vientos de una crisis. No tener todos los huevos en una misma cesta reduce los riesgos. La exportación y la implantación exterior ayuda, y mucho, a sobrellevar los malas épocas del mercado interno.

De hecho, la crisis ha traído una sorpresa inesperada. En los últimos quince años, incluida la etapa de crisis, la española ha sido la economía de la OCDE que mejor capacidad relativa ha mostrado para mantener su cuota de exportación en los mercados internacionales y para diversificar sus destinos. Una verdadera revolución de las exportaciones.

Esta revolución dice algo bueno, que frecuentemente no valoramos, sobre la capacidad competitiva de nuestra economía. No todo fue una fiesta durante los años de bonanza del crédito, como dije en mi anterior artículo. Muchas empresas hicieron los deberes. De lo contrario, esta revolución de las exportaciones no tendría explicación.

¿Quiénes han sido los protagonistas de esta revolución? Fundamentalmente, las empresas grandes y medianas, además de algunas pequeñas con ambición global.

Entonces, ¿cuál es el problema? Que el tamaño medio de nuestro tejido empresarial es muy pequeño. Es decir, tenemos un porcentaje de empresas pequeñas o muy pequeñas desproporcionadamente alto en comparación con el que deberíamos tener si nos comparamos con países similares.

Cuando preguntamos por la causa, la respuesta acostumbra a ser que es propio de nuestra idiosincrasia ser pequeño. Al parecer hay algo en nuestra cultura y nuestro ADN empresarial que nos lleva al enanismo. A preferir ser cabeza de ratón que cola de león.

Vale. Pero entonces tenemos que explicar un dato sorprendente. Muchas empresas pierden la ambición de crecer y prefieren seguir siendo pequeñas cuando llegan a los seis millones de euros de facturación. Exactamente esa cantidad. Extraño, ¿no?

¿Por qué la providencia habría fijado en nuestro caso este volumen y no, por ejemplo, cinco millones o nueve millones de euros? Posiblemente la providencia no tiene nada que ver en esto. Un umbral tan preciso a partir del cual muchos prefieren quedarse pequeños sugiere que hay obstáculos de naturaleza más humana y prosaica. La evidencia empírica de que disponemos, así como la evidencia anecdótica –las historias que cuentan empresarios que deciden no crecer–, dice claramente que tiene que ver con dos aspectos. El primero, el hecho de que la regulación pública relativa al régimen fiscal, financiero, laboral y administrativo cambia cuando dejas de ser pequeño. Este cambio lleva a muchos a abandonar la ambición de crecer. El segundo, que la mayor parte de las políticas públicas de apoyo a las pymes son ayudas para no crecer. Si se sobrepasa ese umbral, se pierde el derecho a ayudas.

Es decir, el liliputismo empresarial es en buena parte provocado por las regulaciones y las políticas públicas. Esto no tiene sentido. Es necesario un giro en el enfoque. El criterio prioritario debe ser eliminar esos obstáculos a la ambición de crecer e internacionalizarse.

El momento es propicio. Aunque parezca paradójico, las crisis son momentos de oportunidad. Desde su privilegiada atalaya de presidente de la Fira de Barcelona, Josep Lluís Bonet ha comentado que las empresas que exportan más del 50% lo comenzaron a hacer en la crisis de 1992; las que exportan más de 25% lo hicieron en la crisis de las puntocom; y, las que exportan alrededor de un 7% son las que han comenzado a hacerlo en esta crisis.

Para ello necesitamos poner en marcha una colaboración público-privada de múltiples dimensiones orientada, por un lado, a favorecer el crecimiento y, por otro, a la internacionalización. De esa manera, la siguiente crisis nos cogerá mejor preparados.

Antón Costas, catedrático de Economía de la Universitat de Barcelona.

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