Obtener el sí con Putin

En el enfrentamiento de Europa con Rusia por Ucrania, las debilidades y divisiones en la política europea han sido tan alentadoras para el presidente ruso, Vladimir Putin, como lo fue el abordaje vacilante de Estados Unidos en cuanto a Siria. Si Europa va a actuar de forma responsable, tres conceptos claves deben definir su política con relación a Rusia: firmeza, claridad, y voluntad para encontrar un consenso aceptable.

Sin firmeza, nada es posible. Sin duda, Europa y EE.UU. cometieron errores tras el colapso de la Unión Soviética. En particular, se puede acusar a EE.UU. de actuar con arrogancia y de humillar innecesariamente a Rusia. Sin embargo, la desaparición de la Unión Soviética fue el resultado de una larga serie de pasos en falso, empezando por la incapacidad de la Rusia pre-soviética para reconciliarse con la modernidad. Los líderes de la Rusia post-soviética aún tienen que enfrentar dichos fracasos.

Mediante la adopción de una postura revisionista agresiva, Putin ha cometido un error histórico y estratégico. El modelo que Putin debería haber adoptado es aquel legado por Pedro el Grande. Su ambición debería haber sido atar el futuro de Rusia al de Europa. En cambio, Putin buscó inspiración en Nicolás I, el más reaccionario de los zares de Rusia del siglo XIX.

Se puede visualizar el fracaso de la política de Putin al comparar a Rusia con China. La brecha entre los dos países – en términos de los comportamientos y logros de cada país –nunca ha sido mayor. En la Cumbre del G-20 en Brisbane este mes, China jugó sus cartas con maestría, destacando su buena voluntad, sobre todo en el tema del cambio climático. Rusia, por su parte, se mostró auto aislado – tan patéticamente aislado, si se tiene en cuenta el impacto que su reclusión tiene sobre su economía.

La bolsa de valores de Rusia está colapsando. Su moneda ha perdido el 30% de su valor. Los precios del petróleo y el gas – que se constituyen en el pilar del presupuesto del Kremlin – han caído en más de un 25%. A diferencia de China, la economía de Rusia depende en gran medida de sus recursos energéticos, tornándose en vulnerable cuando los mercados energéticos mundiales se dirigen a la baja.

La única fortaleza que tiene Putin radica en la debilidad e indecisión de Europa. Por lo tanto, el objetivo de Europa debe ser establecer límites claros a las ambiciones de Putin. Ya sea que Putin trate de debilitar a Ucrania o de agrandar el territorio de Rusia, la respuesta de Europa debe ser firme. Se debe convencer a Putin de que él no puede llevar a cabo ninguna de las dos acciones antes mencionadas sin tener que pagar un costo que los rusos no van a solventar de manera voluntaria.

Considerando el comportamiento ambiguo del Kremlin – y aún más, si se tiene en cuenta su política deliberada de engaño – parece ser obvio que Francia no debería entregar el buque de asalto anfibio de clase Mistral, que anteriormente acordó vender a Rusia. Es mucho más conveniente que se perciba a Francia como un vendedor de armas poco fiable que como un actor estratégico irresponsable, quien solamente cuida de sus intereses mercantiles.

La firmeza debe ir acompañada de la claridad. Putin ya no es el mismo líder que llegó al poder en el año 2000, ni siquiera es el líder que fue en el 2008, cuando agarró pedazos de Georgia mediante el uso de la fuerza. Bajo su gobierno cada vez más centralizado y autoritario, Putin ha combinado el nacionalismo ultra-religioso con las tácticas y prácticas de la era soviética. Es una mezcla peligrosa y volátil, que se basa en los principios y métodos que llevaron a los imperios de Rusia – tanto al zarista como al soviético – al fracaso y la ruina.

La firmeza y la claridad son indispensables. Pero no son suficientes para formular una política europea coherente. El objetivo no puede ser simplemente contener a Rusia. Se debe llegar a un consenso. Es cierto que Rusia carece de medios para lograr los objetivos de Putin. Sin embargo, el resto del mundo, a pesar de dicha carencia, necesita de la cooperación y la buena voluntad del Kremlin en sus esfuerzos de contención de las ambiciones nucleares de Irán y de lucha contra el Estado Islámico.

Mientras Rusia continúe con sus intenciones de lograr resultados inaceptables, y acompañe dichas intenciones con indicios de ruidos de sables nucleares, llegar a un consenso va a ser difícil. Putin está lejos de ser un socio ideal con quien se puede tratar de reconciliar los dos principios fundamentales del derecho internacional: el derecho que tiene un pueblo a la libre determinación y la inviolabilidad de las fronteras nacionales. Sin embargo, lograr dicho consenso no es imposible.

Cualquier consenso deberá abordar el futuro de Crimea, región que ahora se encuentra bajo el dominio ruso, y también deberá mantener la independencia de Ucrania. Se debe convencer a Putin de que al obtener Crimea él ha perdido a Ucrania. Por su parte, los líderes ucranianos tendrán que comprometerse a no unirse a la OTAN, a cambio de que Rusia acepte el derecho que tiene Ucrania a entrar en la Unión Europea. La eliminación progresiva de las sanciones debería venir a continuación de esto, lo que a su vez permitiría que todas las partes concentren sus energías en otras prioridades, ya sean económicas o estratégicas.

En sus negociaciones con Rusia, Europa tiene las cartas más fuertes. Sin embargo, mientras se continúe jugándolas de forma deficiente, tal como ha ocurrido hasta ahora, Putin seguirá ganando todas las manos.

Dominique Moisi, a professor at L’Institut d’études politiques de Paris (Sciences Po), is Senior Adviser at the French Institute for International Affairs (IFRI) and a visiting professor at King’s College London. He is the author of The Geopolitics of Emotion: How Cultures of Fear, Humiliation, and Hope are Reshaping the World.Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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