Ocasión perdida

Por Joseba Arregi ex diputado del PNV y autor de numerosos ensayos sobre el País Vasco, como Ser nacionalista y La nación vasca posible (EL MUNDO, 08/01/07):

La palabra crisis ha hecho su aparición en no pocos comentarios y análisis periodísticos. Crisis significa que algo va mal. Pero crisis puede significar también la oportunidad para transformar la situación a mejor. Con la aparición de esta palabra, también han aparecido los augurios de que tampoco esta vez va a ser posible.

¿Qué es lo que no va a ser posible? La unidad de todos los partidos políticos democráticos en la lucha contra ETA. Una mayoría de comentaristas hablaron al inicio de la última tregua de la necesidad de la unidad entre Gobierno y PP para que las cosas pudieran ir bien. Muchos de los comentaristas han asumido durante el tiempo que ha durado el proceso que, aunque no existiera dicha unidad, se podía seguir adelante.

Ahora volvemos todos con la esperanza y la exigencia de que se busque de nuevo la unidad. Una unidad impensable sin el eje del acuerdo entre el PSOE y el PP, entre el Gobierno y el principal partido de la oposición. Pero a ser posible con posibilidades de incluir al resto de partidos democráticos. Y de vez en cuando la política tiene la obligación de hacer posible lo necesario.

La base debe ser el acuerdo entre el Ejecutivo y el Partido Popular. Y la base de ese acuerdo puede ser el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Desde Moncloa se afirma que sus artículos siguen vigentes. Pero con el preámbulo actual es inaceptable para los nacionalistas vascos. El PP puede exigir al Gobierno no volver, pero sí reactivar el pacto, al tiempo que éste puede pedir al PP una reformulación del preámbulo para que no sea la excusa para su rechazo por parte del PNV. Pero a éste se le puede pedir que proclame -cosa que ya ha hecho Josu Jon Imaz- su disposición al aislamiento político de Batasuna, que es la forma de despedirse formalmente del Pacto de Estella/Lizarra, motivo de la redacción actual del preámbulo.

A lo largo de estos meses de tregua muchas cosas se han hecho mal. Pero conviene indicar primero las que se están haciendo mal ahora. Por encima de todas, se sitúa la disputa partidista más allá de las críticas políticas oportunas. Está en la naturaleza de la política de democracia de partidos que unos traten de minimizar el desgaste propio, y otros de aprovechar al máximo la debilidad del contrario. Pero cuando se trata de derrotar al terrorismo de ETA, los ciudadanos pueden y deben exigir a los partidos políticos que, sin renunciar a nada de todo ello, sean capaces de mirar algo más lejos.

Los ciudadanos son los que no están apropiados en su juicio político por ninguno de los partidos, los que son capaces de criticarles a todos por distintos motivos al mismo tiempo, y de encontrar motivos de acuerdo, también por razones diversas, en todos ellos. Y son los ciudadanos quienes hacen ganar o perder elecciones. De manera que, hasta por motivos electorales, debieran, pues, estar interesados los partidos políticos -sobre todo los que pueden aspirar a formar las mayorías suficientes para gobernar: el PSOE y el PP- en mirar más allá de la estricta táctica partidista a corto plazo.

Pero aunque, al final, la actual sea otra gran ocasión perdida para proseguir con la lucha contra ETA desde la unidad democrática, aunque no se visualice por dificultades partidistas el acuerdo en un gran pacto, la exigencia de que en los temas fundamentales exista una coincidencia de posiciones sigue vigente.

¿Cuáles son los temas fundamentales? El diagnóstico de que ETA está madura para poder hablar con ella de las condiciones técnicas de su desaparición debe ser compartido. Quien suscribe estas líneas sigue creyendo que Zapatero estaba legitimado para creer que era el momento de iniciar contactos con ETA. Pero también cree que no hizo los esfuerzos debidos para convencer de ello al PP, y que estaba obligado a hacerlo, pues suponía un cambio en los supuestos en los que se basaba el Pacto antiterrorista.

Es más que probable que el PP no se hubiera dejado convencer de ninguna manera. Y es evidente que esta formación podía haber formulado sus críticas de otra manera: decir que el Gobierno se ha rendido a ETA es acusarle de un crimen de lesa traición. Y de ello se deben extraer consecuencias. Si no se quieren extraer, no se puede hacer la crítica en esos términos. Lo mejor hubiera sido un acompañamiento crítico, muy crítico si se quiere.

El segundo tema fundamental en el que puede haber coincidencia aunque no se escenifique ningún pacto es que la incorporación de Batasuna a la política -no olvidemos que actualmente está ilegalizada, aunque por su presencia pública permitida más parece que es el más legal de todos los partidos políticos- no es un fin en sí mismo, sino la garantía, o la consecuencia, de la disposición de ETA a desaparecer de verdad, y no a la inversa: la condición de que ETA se pueda plantear su desaparición.

No haber tenido esto claro ha llevado a lo que debe ser el eje del tercer punto fundamental de coincidencia: las condiciones técnicas de la desaparición de ETA no pueden ser otras que el futuro de sus presos. Nada más. El Gobierno -pero no sólo- se ha dejado marear por el discurso de las dos mesas incluido en la propuesta de Anoeta. La mesa de partidos políticos era el camino para la incorporación definitiva de Batasuna a la política democrática. Por eso se llegó incluso a admitir el paralelismo en el funcionamiento de ambas mesas, porque esa incorporación se veía como el camino para que ETA aceptara su desaparición.

Pero debe ser a la inversa: la desaparición de ETA ha de ser la garantía de que Batasuna se pueda incorporar a la política. Por eso, en el futuro el método de las dos mesas tiene que quedar desterrado. Sólo hay una mesa posible: la que pueda acoger al Gobierno y a ETA para precisar las condiciones técnicas del fin del terrorismo vasco. Todo lo que tenga que ver con la reforma del Estatuto de Guernica debe ser considerado de forma separada e independiente de la desaparición de ETA.

A más de uno la actuación de ETA en esta tregua nos ha recordado la fábula del pastor y el lobo: un pastor, queriendo gastar una broma a sus compañeros pastores, se puso a gritar que venía el lobo, cuando era mentira. La primera vez los demás le hicieron caso, y guardaron sus ovejas. La segunda vez también. A la tercera, ya no le creyeron más. Pero en esta ocasión el lobo vino de verdad y se comió las ovejas de todos.

ETA ha jugado a la inversa: gritó una vez que no es el lobo, sino una oveja -en 1998-, y le creímos. Ha gritado por segunda vez que es una oveja y no el lobo -2006-. Y también le hemos creído. Las dos veces nos ha engañado. ¿Quién le va a creer en la próxima? Ya no bastará con que grite que es una oveja y no un lobo. Será necesario mucho más. ETA se lo ha puesto muy difícil a sí misma. Incluso si viene ahora con un comunicado diciendo que no ha roto el alto el fuego, que éste sigue exitiendo y que es permanente. Nadie le puede creer.

No pocas veces hemos escuchado, por ejemplo al ministro Pérez Rubalcaba, decir que para poder sentarse con ETA hace falta que demuestre inequívocamente que renuncia a la violencia. Esta afirmación, que comparto, me ha provocado siempre una pregunta: ¿y entonces de qué hay que hablar con ETA? Si sabemos inequívocamente que han renunciado a la violencia, todo está resuelto. Lo único que cabe es transmitirles a sus miembros que entonces el Estado, dentro de la ley, puede analizar con generosidad la situación de los presos. Nada más. Quizá lo habíamos olvidado.