Occidente ante el desafío del islamismo radical: un ensayo de interpretación

Por Juan Avilés, catedrático de Historia Contemporánea de la UNED (REAL INSTITUTO ELCANO, 29/03/07):

Tema: Este ensayo propone una interpretación del auge del islamismo radical y de su choque con Occidente basada en las tensiones que experimentan los países musulmanes como consecuencia de su modernización.

Resumen: Las dificultades en las relaciones entre los mundos occidental e islámico se derivan en buena medida del auge del islamismo radical, que ve a Occidente como una amenaza para el Islam. A su vez, en Occidente se interpreta el auge del islamismo radical sobre la base de distintos paradigmas que conducen a conclusiones políticas contrapuestas. Este ensayo realiza una crítica de dos de los paradigmas más extendidos, el del inevitable choque de civilizaciones y el del islamismo entendido como una respuesta al imperialismo occidental, análoga a la de otros movimientos nacidos en el Tercer Mundo. Por el contrario, defiende el paradigma de la modernización conflictiva, que ve la crisis actual no como un conflicto entre Occidente y el Islam, sino como el resultado de tensiones internas surgidas del proceso de modernización del mundo islámico.

Análisis: La percepción de que las relaciones entre Occidente y el Islam van mal ha arraigado en los ciudadanos de ambos mundos, como lo muestra por ejemplo una encuesta del Pew Research Center del año pasado (The Great Divide: How Westerners and Muslims View Each Other, 2006). La gran mayoría de los encuestados, tanto en países occidentales como en países musulmanes, coincidieron en que las relaciones son malas. Esa es la opinión, por ejemplo, del 61% de los españoles, pero llama la atención que de todos los grupos encuestados en 13 países, el más optimista sea el de los musulmanes residentes en España, pues casi la mitad de ellos piensa que las relaciones son buenas. Según la misma encuesta los principales defectos que los musulmanes perciben en los occidentales son los de ser egoístas, violentos e inmorales, mientras que los principales defectos que los occidentales ven en los musulmanes son los de ser fanáticos y violentos.

Respecto a la contraposición en términos estrictamente religiosos, según otra encuesta del año 2005, realizada por el mismo centro, el 63% de los turcos, el 58% de los marroquíes y el 57% de los indonesios declaran tener una imagen desfavorable de los cristianos, por no mencionar las grandes mayorías que en todos los países musulmanes tienen una imagen desfavorable de los judíos (Islamic Extremism, 2005). La opinión que los occidentales tienen de los musulmanes no es tan mala, pero el 51% de los holandeses, el 41% de los alemanes y el 34% de los españoles declaran en dicha encuesta tener de ellos una imagen desfavorable, un porcentaje que en cambio se reduce mucho en el Reino Unido y EEUU.

Por supuesto, contraponer los valores y las percepciones de los países occidentales y los musulmanes en bloque representa una simplificación, porque ciertos valores son comunes a todos ellos, en otros aspectos hay una gran diversidad entre los propios países occidentales y en otros más esa diversidad se da entre los musulmanes. La democracia, por ejemplo, representa un valor compartido, pues aunque muy pocos países musulmanes gozan de ella, la mayoría de sus ciudadanos coinciden con los occidentales en apreciarla. Según las encuestas del World Values Survey, el porcentaje de quienes tienen una opinión favorable de la democracia suele oscilar entre el 85 y el 98 tanto en el mundo islámico como en el occidental. En el tema religioso las diferencias son mayores, pero si bien los musulmanes destacan por su religiosidad no menos notable es la diferencia que se da entre europeos y americanos. A la pregunta de cual es la importancia de Dios en su vida, con un valor 1 para nula y 10 para máxima, las medias de los países musulmanes se sitúan por encima del 9, pero lo mismo ocurre en México y las de Chile, Argentina y Estados Unidos superan el 8, mientras que la de España queda por debajo del 6 y las de Gran Bretaña, Francia y Suecia caen por debajo del 5 (www.worldvaluessurvey.org). Y si queremos comprobar las diferencias entre los países musulmanes, nada mejor que fijarnos en el número de hijos por mujer: más de seis en Afganistán y Yemen, más de cinco en Palestina y más de cuatro en Irak, Pakistán y Arabia Saudí, pero tan sólo dos en Irán y Túnez y poco más de dos en Indonesia, Argelia y Marruecos. A efectos comparativos conviene recordar que la cifra es de 2 en Estados Unidos, 1,9 en Francia y 1,3 en Alemania, Italia y España (World Population Data Sheet 2006, www.prb.org). Así es que, quien lo diría, en un aspecto tan crucial de la vida privada estadounidenses, franceses e iraníes tienen el mismo comportamiento medio.

Pero con todas las matizaciones que exige esta diversidad interna de ambos mundos, hay que reconocer que el desencuentro actual entre Occidente y el Islam representa un problema grave, porque las relaciones entre ambos son cruciales para nuestro futuro. Desde la perspectiva específicamente europea, las relaciones con el Islam tienen una importancia fundamental por al menos cuatro motivos: la conflictividad del mundo islámico, la dependencia energética de Europa, los flujos migratorios y el terrorismo yihadísta.

De todos ellos, el que ha llevado a que el tema de las relaciones entre el Islam y Occidente se convierta en un asunto de máxima relevancia, ha sido el de la internacionalización del terrorismo yihadista, que se ha traducido en atentados indiscriminados contra civiles occidentales. Este factor incide además en los otros tres citados anteriormente. El recurso al terrorismo ha hecho mucho más sangrientos los conflictos palestino-israelí, libanés y argelino y, en estos días, lo mismo ocurre en Irak. La amenaza terrorista representa un peligro potencial para las instalaciones petrolíferas de Oriente Medio. Y la participación de musulmanes europeos en atentados cometidos en Europa y fuera de ella es el elemento más inquietante en relación con las comunidades musulmanas europeas. El terrorismo que llamamos yihadista, es decir, el que pretende actuar en cumplimiento del mandato divino de defender al Islam, representa la manifestación más violenta de un movimiento más amplio, que se suele denominar de distintas maneras: islamismo, fundamentalismo islámico e islamismo radical. Su objetivo es la sumisión de las sociedades musulmanas a la literalidad de los principios proclamados en los textos primigenios del Islam y esta pretensión de retorno a los orígenes implica un rechazo frontal de buena parte de los valores esenciales de la modernidad, que los islamistas radicales presentan como innovaciones venidas de Occidente e incompatibles con el Islam.

Para evaluar la amenaza que para Occidente suponen el islamismo radical, y en especial el terrorismo yihadista, resulta crucial establecer cuál es el paradigma interpretativo que mejor puede explicar el fenómeno. Simplificando un poco se puede decir que se han propuesto tres, que yo denominaría “paradigma del choque de civilizaciones”, “paradigma de la respuesta del Tercer Mundo” y “paradigma de la modernización conflictiva”.

El choque de civilizaciones

Este paradigma interpreta el terrorismo yihadista contra Occidente como una continuación, por otros medios, del expansionismo islámico que comenzó en tiempos de Mahoma. Al-Qaeda reemprendería contra Occidente el combate que en su día protagonizaron omeyas, almorávides, almohades y otomanos. Este paradigma enfatiza que la ideología de Bin Laden tiene sus raíces en el propio Corán, el cual contiene explícitas llamadas a la guerra contra los infieles. Los defensores de este paradigma tienden a considerar que todos los islamistas tienen el mismo objetivo y a ver en los musulmanes de Europa una quinta columna potencial. Estaríamos pues ante un choque entre Occidente y el Islam equiparable al choque que antaño protagonizaron Occidente y el bloque soviético.

La respuesta ante la amenaza debería, por tanto, centrarse en el rearme, en el triple sentido de rearme militar, con fuerzas de intervención apropiadas a las nuevas exigencias, de rearme legal, con nuevas leyes para combatir la nueva amenaza terrorista, y de rearme moral, en el sentido de una reafirmación de los valores de la tradición judeocristiana. Este último punto es importante, porque los defensores de este paradigma suelen a menudo defender también la tesis del declive europeo. Sostienen que una Europa que da la espalda a los valores judeocristianos, que se halla en plena decadencia demográfica, que está perdiendo competitividad económica y que carece de la convicción moral necesaria para defenderse, será vulnerable a la amenaza islamista. Incluso se evoca el espectro de “Eurabia”, es decir, de una Europa sometida al Islam.

La respuesta del Tercer Mundo

Este segundo paradigma refleja la frecuente tendencia de sectores relevantes de la cultura occidental a culpar al propio Occidente de todos los males del mundo. Desde este punto de vista, el islamismo no sería tanto un fenómeno religioso, ni mucho menos una continuación por otros medios del tradicional expansionismo islámico, sino una respuesta al imperialismo occidental. El pecado original estaría en el colonialismo europeo, y el problema se habría agravado con la creación del Estado de Israel, con las intervenciones occidentales en el mundo musulmán y con el apoyo que Occidente presta tanto a Israel como a unos gobiernos árabes reaccionarios y corruptos que impiden el progreso de sus pueblos. En resumen, el islamismo representaría, bajo un discurso religioso, una nueva manifestación de la lucha antiimperialista, y por tanto respondería en último término a la injusticia del orden mundial impuesto por Occidente. Y puesto que este paradigma tiende a asociarse al relativismo cultural, a menudo va asociado a una crítica de la pretensión de que los valores universales defendidos por Occidente sean superiores a los de la tradición islámica.

Los paradigmas que acabo de resumir apuntan a elementos reales del problema. No hay duda de que los islamistas radicales e incluso los terroristas yihadistas basan su doctrina en los textos sagrados del Islam y que las llamadas a la yihad que se hallan en estos son llamadas a la guerra contra los infieles. Por otra parte, también es cierto que las simpatías que despiertan en amplios sectores musulmanes tanto el islamismo radical como incluso el terrorismo antioccidental se explican en parte por un sentimiento de agravio frente a Occidente que no es del todo infundado. Creo, sin embargo, que tales paradigmas son fundamentalmente erróneos y llevarían a resultados perniciosos si se convirtieran en la base de la política occidental. El primero llevaría a inventarse un enemigo y el segundo a una parálisis derivada del sentimiento de culpa.

El paradigma del choque de civilizaciones lleva a convertir en una confrontación irresoluble lo que no son sino un conjunto de dificultades en las relaciones mutuas. No hay de hecho un choque global. Los conflictos que padece el mundo islámico no son en su mayoría resultado de un choque entre el Islam y Occidente, sino conflictos civiles en el seno de las sociedades musulmanas. El actual conflicto de Irak, por ejemplo, se inició sin duda por la desafortunada decisión de intervenir que tomaron el presidente Bush y sus aliados, pero a día de hoy es básicamente un conflicto sectario entre suníes y chíies: basta fijarse en las víctimas de los atentados para comprobarlo. Las comunidades musulmanas de Europa tampoco representan quintas columnas hostiles, aunque en su seno se producen sin duda procesos de radicalización minoritarios. Y, sobre todo, para combatir el terrorismo yihadista, no conviene darle la razón al afirmar que Islam y Occidente son incompatibles. Resulta por el contrario muy útil la cooperación policial con los gobiernos musulmanes.

La cooperación policial con los gobiernos musulmanes resulta, sin embargo, el típico ejemplo de lo que no se debe hacer si se adopta el paradigma tercermundista, pues equivaldría a cooperar en la represión ejercida por unos gobiernos autoritarios y corruptos. El problema es que, de acuerdo con este paradigma, los gobiernos occidentales no podrían hacer casi nada. Fomentar las relaciones económicas con el mundo islámico sería potenciar una globalización que se considera dañina. Intervenir en misiones de paz en lugares en conflicto, Afganistán por ejemplo, sería una forma de imperialismo. Apoyar a los gobiernos musulmanes existentes sería hacerse cómplice de ellos. Y criticar la carga reaccionaria del islamismo radical sería una muestra de etnocentrismo occidental. De ahí que este paradigma se preste más a la crítica intelectual que a la acción de gobierno. El problema es que, en la medida en que alcanza una influencia cultural y mediática, puede deslegitimar cualquier política efectiva.

La modernización conflictiva

En mi opinión, para comprender el problema hay que recurrir al tercer paradigma, según el cual el islamismo radical y el terrorismo yihadista surgen a partir de tensiones internas de las sociedades musulmanas, pero pueden entenderse en el marco de un proceso planetario, el de la modernización. En los dos o tres últimos siglos la humanidad está experimentando un cambio radical en las estructuras básicas que condicionan su vida, lo que lleva necesariamente a una readaptación de los sistemas de valores y las pautas de comportamiento tradicionales. Y, a su vez, esa crisis puede facilitar el éxito de ideologías omnicomprensivas, que pretenden restablecer las certidumbres tradicionales o imponer otras nuevas, mediante el recurso a la violencia y el autoritarismo. En España, el primer franquismo representó un intento de reimponer a una sociedad plural los valores de la España imperial y del catolicismo tridentino. Y en la Europa del siglo XX las utopías que pretendían crear un mundo nuevo en ruptura con la tradición humanista de Occidente condujeron a las aberraciones del estalinismo y el nazismo. Ni en el caso de Europa, ni en el de Asia oriental ha sido el proceso de modernización un camino de progreso pacífico e ininterrumpido, sino que a lo largo del siglo XX fue acompañado de conflictos que se caracterizaron por un extraordinario grado de violencia.

Desde esta perspectiva histórica no resulta sorprendente que también en el caso de muchos países musulmanes, no necesariamente de todos, el proceso de modernización, que sólo ha cobrado ímpetu bien entrado el siglo XX, vaya acompañado de una proliferación de conflictos y del auge de ideologías extremistas. Es cierto que, a diferencia del nazismo, el estalinismo y el maoísmo, el islamismo radical se basa en los principios religiosos tradicionales y su utopía no se emplaza en el futuro sino en un pasado idealizado. Pero conviene recordar que en la Europa de los siglos XVI y XVII fueron los conflictos religiosos los que ensangrentaron el continente, preparando quizá con ello el auge de la secularización que comenzó en el siglo XVIII. En particular, la Ginebra de Calvino representó una experiencia teocrática que, en su afán de controlar la moral privada de los ciudadanos no estaba demasiado lejos de los actuales propósitos islamistas más radicales.

¿Por qué ocurre todo esto? Son muchos los motivos que los estudiosos han aducido para explicar el auge del islamismo y no resulta sencillo evaluar la importancia relativa de cada uno. Son, sin duda, factores importantes el sentimiento de fracaso y la nostalgia de un pasado glorioso, la impopularidad de los gobernantes, el temor a algunas consecuencias de la modernización, la reacción identitaria frente a la hegemonía occidental, la falta de perspectivas de las generaciones jóvenes, la utilización de las nuevas tecnologías de la información y, en el caso de los musulmanes europeos, los sentimientos de desarraigo respecto a la sociedad en la que viven.

Sentimiento de fracaso y nostalgia del pasado

El mundo islámico en general y el mundo árabe en particular tienen pocos motivos, aparte del maná petrolero, para sentirse satisfechos de sus logros en las últimas décadas. El nivel de vida de la mayoría de su población es mediocre, pues los únicos países musulmanes con un índice de desarrollo humano alto son un puñado de pequeños Estados ricos en petróleo (Informe sobre el desarrollo humano, 2005). Sus tasas de crecimiento económico han sido modestas, en contraste con el espectacular desarrollo que se está produciendo en Asia oriental. Además, el mundo islámico carece de potencias que cuenten en el escenario internacional y su relevancia en los campos de la ciencia, la tecnología, la cultura y el deporte es escasa. Por último, el sentimiento de fracaso se acentúa, sobre todo en el caso de los países árabes, por haber sufrido la humillación de que Israel, un pequeño Estado poblado por una comunidad religiosa antaño despreciada en las sociedades árabes, haya logrado consolidarse a expensas de la población palestina. Todo esto genera un sentimiento de frustración colectiva, sobre todo al incidir en una comunidad que se siente depositaria de la verdad religiosa universal y tiene el recuerdo de un pasado glorioso. A ello se une que los grandes triunfadores del mundo de hoy son los herederos de la tradición religiosa rival, el cristianismo.

Impopularidad de los gobernantes y descrédito de las ideologías rivales

Los gobernantes han tratado siempre de canalizar en su provecho estos sentimientos populares, ya sea por la vía del nacionalismo, como en el Egipto de Nasser, o del integrismo religioso, como en Arabia Saudí. Sin embargo, el atractivo de estas opciones se ha devaluado. Es lógico que, tras décadas en el poder, los regímenes existentes tiendan a verse culpados de todas las dificultades. Los regímenes nacionalistas como el egipcio han cosechado pocos éxitos, mientras que la pureza religiosa de los saudíes se ve comprometida por su alianza con EEUU. Al mismo tiempo, las posibilidades de que se consoliden opciones políticas alternativas es muy limitada, debido al autoritarismo dominante. Según el índice elaborado por Freedom House, el único país musulmán que puede considerarse plenamente libre es Indonesia, mientras que Libia, Arabia Saudí y Siria se hallan entre los países menos libres del mundo (Freedom in the World, 2007). En tales circunstancias, los islamistas, que pueden verse perseguidos o tolerados pero en todo caso cuentan con el respaldo de la legitimidad religiosa, aparecen como una opción de cambio.

Temor a las consecuencias de la modernización

Como en todas partes, la modernización pone en cuestión en los países árabes y musulmanes muchas certidumbres tradicionales. La libertad de costumbres de tipo occidental, por ejemplo, es vista por muchos como contraria no sólo a los principios religiosos, sino a los fundamentos de la vida social. En particular, la emancipación femenina es vista con hostilidad desde una tradición basada en un patriarcado indiscutido. En la medida en que todas estas novedades pueden ser atribuidas a Occidente resulta además más fácil condenarlas en bloque.

Reacción identitaria frente a la hegemonía occidental

Occidente es visto por muchos musulmanes como una doble amenaza. Por un lado, por su poderío económico y militar, sobre todo en el caso de EEUU. Pero también por su influencia cultural, que es vista como un foco de corrupción moral. Es significativo que, de acuerdo con una encuesta del Pew Center, en torno al 60% de los jordanos, los egipcios, los indonesios, los turcos y los musulmanes británicos consideren inmorales a los occidentales, proporción que se reduce al 30% en el caso de los musulmanes españoles, franceses y alemanes (The Great Divide, 2006).

Falta de perspectivas para las nuevas generaciones

El atractivo del islamismo radical e incluso del terrorismo yihadista se incrementa debido a la falta de perspectivas para las nuevas generaciones, que encuentran graves dificultades para acceder a un puesto de trabajo acorde con sus aspiraciones. Esto es consecuencia del mediocre ritmo de desarrollo económico y también de la transición demográfica. Esta se ha producido en los países islámicos, como en el conjunto del Tercer Mundo, de manera mucho más brusca de lo que antaño ocurrió en Occidente. Las tasas de mortalidad han caído muy deprisa y aunque las tasas de fertilidad han empezado a caer a su vez, la situación actual es de sobredimensionamiento de la población joven. Dicho de otra manera, las promociones que cada año se incorporan al mercado laboral son demasiado numerosas en relación a la capacidad del sistema económico para generar empleo. Ahora bien, de acuerdo con un estudio llevado a cabo a nivel mundial, esta sobreabundancia de población joven es el factor que presenta una correlación estadística más fuerte con la aparición de conflictos armados (The Security Demography, 2003).

El desarrollo de los medios de comunicación y en especial de Internet

Por último, hay que destacar que el islamismo radical no rechaza los componentes tecnológicos de la modernidad, sino que por el contrario sabe servirse de ellos, particularmente de las nuevas tecnologías de la información. Internet constituye un medio ideal para llegar a los jóvenes musulmanes que en todo el mundo tratan de dar un sentido a sus vidas.

El caso de los musulmanes europeos

Particularmente preocupante resulta para nosotros el fenómeno, sin duda minoritario, de que musulmanes residentes en Europa y en algunos casos nacidos en Europa, se sumen a las filas del terrorismo yihadista, como continuamente estamos viendo. En este caso, el caldo de cultivo para esta radicalización ha de buscarse en el sentimiento de no pertenecer a la sociedad europea. El 37% de los musulmanes franceses, el 28% de los británicos, el 25% de los españoles y el 19% de los alemanes declararon en la encuesta Pew del año 2006 que habían tenido experiencias personales de hostilidad hacia su condición de musulmanes. Por otra parte, la gran mayoría de ellos se sienten musulmanes antes que ciudadanos de su país, salvo en el caso de Francia, donde el 46% se sienten antes que nada musulmanes, pero el 42% se sienten antes que nada franceses (Muslims in Europe, 2006). A esto contribuye el hecho de que los musulmanes europeos, que mayoritariamente proceden de sucesivos flujos de inmigrantes poco cualificados, tienen un nivel económico medio inferior al de sus conciudadanos. De acuerdo con un reciente informe del Observatorio Europeo del Racismo y la Xenofobia, los musulmanes abundan en los barrios con malas condiciones de alojamiento, tienen un nivel escolar más bajo, se concentran en los empleos menos pagados y tienen una tasa de desempleo más alta (Muslims in the European Union, 2006).

El futuro de las relaciones entre el mundo islámico y el occidental depende en gran medida de si el auge del islamismo radical y del terrorismo yihadista se va a mantener o no. Esto, a su vez, depende de muchos otros factores, entre los que cabe destacar las tendencias que se vayan a manifestar respecto al desarrollo económico, la transición demográfica, la democratización, los conflictos armados, la eficacia de la lucha antiterrorista y la integración de los musulmanes europeos.

Desarrollo económico

El desempeño económico de los países musulmanes ha sido en los últimos años decepcionante. Entre 1990 y 2003, la tasa de crecimiento del PIB ha sido del 1,0% anual en el conjunto de los países árabes, del 1,1 en Pakistán, del 1,3% en Turquía, del 2,0% en Indonesia, y del 2,1% en Irán, cifras muy por debajo de las alcanzadas en el conjunto de Asia meridional y oriental (Informe sobre el desarrollo humano, 2005). La explicación es en principio simple: los países islámicos, a diferencia de China, India y los pequeños dragones asiáticos, no se han integrado en la economía global, salvo por la exportación de petróleo y gas. Es, por ejemplo, notable que los países del Magreb no comercien entre ellos. Si no realizan un esfuerzo de apertura, su futuro no es pues nada halagüeño, y a este respecto los factores ideológicos cuentan, porque ese rechazo de la modernidad occidental que hemos mencionado no representa la actitud más adecuada para abrirse a la economía global. Y, a su vez, el estancamiento económico sería un factor de radicalización.

Transición demográfica

Un motivo de optimismo a medio plazo es que la presión demográfica sobre el mercado de trabajo y la consiguiente falta de perspectivas de las jóvenes generaciones están en camino de reducirse. Un hecho importantísimo, al que no se concede habitualmente la atención que merece, es la drástica disminución de la tasa de fertilidad en los países musulmanes. Si hace treinta años las media de hijos por mujer en estos países era de seis o siete, a comienzos del siglo XXI la situación es totalmente distinta, como ya hemos visto, por lo cual cabe esperar que en no muchos años bastantes países musulmanes se encuentren en una situación demográfica mucho más favorable.

Democratización

No es halagüeño en cambio el panorama de la democratización. Con algunas excepciones, las más importantes de las cuales son las de Indonesia y Turquía, el mundo islámico permaneció al margen de la gran oleada democratizadora del último cuarto del siglo XX. El nivel de derechos políticos y de libertades civiles es en general bajo o muy bajo y no parece haber perspectivas próximas de un avance de la democracia. La celebración de elecciones libres podría conducir a la paradoja de un triunfo de los islamistas radicales, doctrinalmente enemigos a la democracia, pero la ausencia de democratización seguirá contribuyendo a que el descontento se canalice por vías no democráticas y hostiles a Occidente.

Conflictos armados

La resolución pacífica de los conflictos es, por supuesto, un factor importante de progreso y es también crucial para la reducción de la hostilidad musulmana hacia Occidente. A corto plazo, sin embargo, es difícil ser optimista. Cabe temer que el conflicto palestino-israelí se prolongue, que Irak tarde en alcanzar un entendimiento que ponga fin al estado de guerra civil que padece y que el programa nuclear iraní genere graves tensiones. Todo ello planteará difíciles decisiones a las potencias occidentales.

Lucha antiterrorista

La eliminación del terrorismo yihadista representa un objetivo de interés común para los países musulmanes y los occidentales y, aunque la cooperación en esta materia no siempre es fácil, resulta muy deseable. Nuevos atentados antioccidentales como los de años pasados hundirían la imagen del Islam en Occidente y provocarían quizá una oleada de islamofobia que dificultaría la deseable integración de los musulmanes europeos. Se trata de un tema en que es difícil hacer valoraciones prospectivas, porque mucho depende de la habilidad policial para abortar un determinado atentado. Con todo, cabe ser cautamente optimista, por dos motivos. En primer lugar, ya sea porque lo intenten menos o porque los intentos se frustran, lo cierto es que la frecuencia de los atentados terroristas antioccidentales parece tender a reducirse. Y, en segundo lugar, porque el apoyo popular al terrorismo yihadista parece estar descendiendo.

Integración de los musulmanes europeos

Los musulmanes europeos, que se encuentran a caballo de ambos mundos, pueden contribuir a tender puentes, pero también existe el peligro de una radicalización minoritaria que dificulte la integración y sirva de caldo de cultivo al terrorismo. Se impone por tanto un esfuerzo que, a mi juicio, debe combinar tres elementos. En primer lugar, la defensa de los valores de la libertad, incluida por supuesto la libertad de las mujeres musulmanas para decidir por si mismas, sin ningún tipo de opresión masculina, y también la plena libertad de expresión, defendida con poco entusiasmo por algunos durante la crisis de las viñetas danesas. En segundo lugar, la promoción educativa, laboral y mediática de los musulmanes europeos, para evitar que la adscripción religiosa se convierta en una rémora para el ascenso social. Y, en tercer lugar, un esfuerzo judicial y policial para cortar de raíz cualquier iniciativa terrorista, como de hecho ya se está haciendo.

Conclusión: Si el diagnóstico expuesto en este ensayo es correcto, cabe afirmar que en el futuro las relaciones entre el mundo islámico y el occidental serán menos conflictivas en la medida en que los países musulmanes logren avanzar en el camino de la modernización. Las dificultades de hoy nacen en buena medida de los sentimientos de frustración de las poblaciones musulmanas, que con demasiada frecuencia tienden a culpar a Occidente de sus problemas. Potenciar el entendimiento y la cooperación entre ambos mundos resulta por tanto de interés mutuo.