¿Occidente calculó mal en Siria?

Después de la suspensión de la semana pasada de la ayuda de tipo no letal al Ejército Libre de Siria por parte de Estados Unidos y el Reino Unido, la estrategia occidental hacia este país devastado por la guerra está hecha jirones. Washington y Londres se vieron obligados a actuar después de que rebeldes islamistas radicales, incluido el Estado Islámico y el Levante (en inglés, ISIL), se apoderara de la sede central y almacenes del Ejército Libre de Siria (en inglés, FSA) respaldado por Occidente y según se ha informado se incautara de misiles antiaéreos y antitanque (se dice que parte de ellos son suministrados por Estados Unidos).

Esta derrota humillante pone abiertamente al descubierto el práctico desmoronamiento del FSA y el auge de los rebeldes islamistas, la mayoría de los cuales se oponen a cualquier tipo de diálogo político con el régimen del presidente El Asad y apelan a la fundación de un Estado basado en el Corán.

Lejos de unificar las filas de los rebeldes, como las potencias occidentales esperaban, el FSA se ha convertido en una estructura cuya mayoría de brigadas combatientes desertan de él para pasarse a facciones islamistas e intentan quedarse con sus bienes y marginarlo todavía más.

La debilidad militar de la FSA es un importante contratiempo para las potencias occidentales, que esperaban que lideraría la campaña para derrocar a El Asad para, a continuación, ocupar el papel de Al Qaeda. Además, la oposición política con apoyo occidental, la Coalición Nacional Siria (en inglés, SNC), no ha logrado adentrarse de modo significativo en el interior del país o crear una base social importante. Buena parte de los grupos armados, entre ellos el poderoso Frente Islámico, dicen que no reconocen la Coalición Nacional Siria como representante legítimo y le advierten contra su participación en la conferencia de paz propuesta para el mes próximo en una localidad suiza a la orilla de un lago.

Funcionarios occidentales se hallan inquietos por la excesiva debilidad y división de la Coalición ante el reto de negociar eficazmente con El Asad y obligarle a dimitir (o, en lenguaje diplomático formar una autoridad de transición dotada de pleno poder ejecutivo). El año pasado, la guerra intestina entre los rebeldes armados ha eclipsado el combate principal contra El Asad, permitiendo que sus fuerzas obtuvieran ventaja e hicieran grandes progresos tácticos en Homs, Damasco e incluso el bastión rebelde de Alepo.

Envalentonado, El Asad y sus secuaces han recordado en varias ocasiones a la oposición que no van a ir a Ginebra a ceder el poder a un gobierno de transición. De hecho, cualquier acuerdo político debería plausiblemente reflejar el equilibrio de poder sobre el terreno, un hecho que pone de manifiesto el grado en que Occidente infravaloró la resistencia tenaz de El Asad y la fuerza del apoyo con que cuenta de parte de Irán y Rusia.

El secretario de Defensa, Chuck Hagel, ha reconocido que el enfoque de Estados Unidos sobre Siria sufre los efectos del desconcierto: “se percibe claramente lo complicado y peligroso de esta situación y su carácter impredecible… Seguimos apoyando al comandante del Ejército Libre Sirio, el general Idris, y a la oposición moderada… Pero no deja de ser un problema”.

Incluso el ministro ruso de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov, ha apelado a los rebeldes a “evitar la discordia y a unirse”, reflejando así la preocupación en el sentido de que la fragmentación de la oposición no es un factor de buen agüero ante la conferencia de paz.

Después de tres años de guerra urbana devastadora, la revuelta siria se ha transformado y ha provocado consecuencias no deseadas. Ha sido secuestrada por elementos religiosos partidarios de la línea dura, señores de la guerra criminales y rivalidades de signo regional. Las esperanzas y sueños iniciales de millones de sirios depositados en un gobierno abierto, amplio y pluralista después de El Asad se hallan ahora enterrados en los campos de combate.

Desde el principio, las posibilidades existentes jugaban contra la oposición nacionalista. Siempre había mostrado una dependencia abrumadora de las potencias regionales en el plano del apoyo militar y financiero de modo que quedaba en situación vulnerable frente a manejos externos. Se ha encontrado en una situación de tira y afloja en distintas direcciones por sus patronos en la región y pierde, por tanto, independencia y perspectiva en medio de disputas que se ahondan de modo creciente.

Junto a tal panorama, la demagogia inicial de la Administración Obama –insistiendo en que El Asad ha de dimitir y en que sus días están contados– no se ha correspondido con ninguna planificación estratégica digna de crédito o por una adecuada valoración de la situación sobre el terreno. El Reino Unido y Francia han reiterado la postura estadounidense sin tomar en consideración los peligros de un error de cálculo y la posibilidad de que Siria pudiera implosionar además de desencadenar una crisis humanitaria desastrosa –situación abiertamente demostrada por la nieve y las glaciales temperaturas del pasado fin de semana– y una guerra de alcance regional. De hecho, Siria es ahora, sobre todo, un campo de batalla donde Arabia Saudí e Irán libran una guerra por delegación de repercusiones sectarias devastadoras.

Se precisa urgentemente un acuerdo entre Arabia Saudí e Irán; es dudoso que la propuesta conferencia de paz pueda reunirse, por no hablar de producir resultados, sin un entendimiento explícito entre las dos potencias del Golfo en lucha. Aunque Arabia ejerce una influencia considerable sobre los rebeldes islamistas, sobre todo el Frente Islámico, Irán es un factor fundamental para la supervivencia de El Asad.

Bajo el mandato de su nuevo presidente, Irán puede mostrarse dispuesto a cortar el cordón umbilical con El Asad, que se ha convertido en una carga importante para Teherán en el mundo árabe. De modo similar, los militantes islamistas rebeldes en Siria podrían representar un motivo de obsesión para sus vecinos, inclusive Arabia Saudí, durante los próximos años. Ambas potencias del Golfo tienen mucho que ganar en el caso de salvar a Siria. No es una cuestión fácil, pero sea como fuere en el caso de las potencias occidentales y de Rusia es mucho lo que se halla en juego.

Fawaz A. Gerges, consejero del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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