Occidente en el nuevo orden

Los estados ganan más cooperando entre sí, pero tienden a confrontarse debido a la naturaleza anárquica de las relaciones internacionales. El apetito del hombre por el poder es insaciable, y parece que Putin tiene hambre. No vuelve la Guerra Fría; no hay dos modelos ideológicos confrontados. Pero nos adentramos en aguas pantanosas, donde Rusia ha pasado de ser vista como cooperadora necesaria para la paz mundial, a una amenaza para la misma. Enfrente tendrá a Occidente, relanzado por Obama en su tour europeo de esta semana.

Vivimos la resaca del verano de 2008 y la sepultura definitiva del orden mundial que comenzó la noche del 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el muro de Berlín. Desde entonces, Rusia, con altibajos, caminó progresivamente hacia la incorporación en el sistema mundial. Su debilidad ha dado paso a la nostalgia de lo que fue como imperio zarista y de lo que significó en términos de poder, temor y respeto la Unión Soviética. El oso sólo estaba deprimido y adormecido. Se está despertando.

El 11S fue un acontecimiento de indudables consecuencias –sobre todo para la mentalidad de los propios norteamericanos– pero no cambió el sistema internacional. Los fracasos de Afganistán e Iraq confirmaron los límites del poder norteamericano, además de ensanchar el Atlántico. El verano de 2008 apuntó hacia dónde nos encaminamos ahora: Rusia invadió Georgia –país candidato a entrar en la OTAN–, China enseñó su poder con la exhibición de los juegos olímpicos y el 15 de septiembre cayó el gigante Lehman Brothers. La era posamericana atraviesa estos días en Ucrania su adolescencia.

Occidente atraviesa una grave crisis de pérdida de influencia. Los europeos, hastiados de Bush, sintieron la llegada de Obama como si le hubieran votado ellos mismos, pero tardaron poco tiempo en descubrir su pragmatismo y su falta de sentimentalismo hacia Occidente. El despacho Oval es una habitación cautiva; sus inquilinos no pueden realizar sus deseos ni sus promesas. La emergencia de China desplazó el foco de atención de Estados Unidos del Atlántico hacia el Pacífico. Ahora Estados Unidos volverá a poner el pie sobre Europa central antes de haberlo levantado del todo. En casa, la política exterior de Obama está cuestionada desde que no respetó sus líneas rojas tras el uso de armas químicas por parte de Assad, que continúa su carnicería en Siria.

Los europeos comprueban ahora que la consecuencia más importante de las ampliaciones de la UE no son tanto los nuevos miembros como sus nuevos vecinos. Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania hacen frontera con Rusia, mientras que Eslovaquia, Hungría y Rumania lindan con Ucrania. Polonia hace frontera con ambos. De nuevo, como en la Guerra Fría y las guerras de Yugoslavia, Europa tiene un conflicto expansivo dando cabezazos en sus puertas.

La Unión Europea, ensimismada para salvar el euro y dividida entre el norte y el sur en dicho empeño, no ha impulsado suficientemente dos asuntos clave en este conflicto: una política energética común que diversifique la importación de gas (1/4 del consumido en Europa viene de Rusia y éste representa el 100% para algunos países) y garantice el suministro. Y una política de defensa común que ponga remedio al diminutismo reticente de los ejércitos nacionales. Europa depende de Rusia para lo primero y de Estados Unidos para lo segundo. Sobre ambas debilidades Obama les ha tirado de las orejas a sus socios europeos: ¡La libertad tiene un precio!

Crimea ya es rusa pero esta primera partida se juega en Ucrania, pieza clave en el proyecto euroasiático del Kremlin. Las sanciones y el aislamiento de Rusia son importantes, pero lo fundamental para Occidente es ayudar al gobierno ucranio a consolidar un sistema democrático estable sin el que la penetración rusa será pan comido. Los siguientes test serán Georgia y Moldavia, donde la UE piensa firmar acuerdos de asociación.

Ahora Occidente tiene poderosas razones para volver a entonar los valores fundamentales que otros poderes no comparten: la libertad, los derechos humanos, la democracia y el estado de derecho. Aunque no debe olvidar que la mejor forma de patrocinarlos es respetarlos íntegramente. El episodio de Iraq, con su vapuleo para la ley internacional y el multilateralismo, daña a Estados Unidos para dar ejemplo. ¿Cómo hacerlo y arrimar a China en esta partida? No parece fácil, aunque el principio de soberanía e integridad territorial es sagrado en Pekín.

Es verdad: el poder blando no sirve para frenar tanques, pero será clave en la partida a largo plazo. El irresistible poder de atracción, si Occidente es fiel a sus principios, es la mejor forma de combatir el nacionalismo rancio expansivo de Putin, cuyo mayor temor es el nacimiento de un movimiento euromaidan en la Plaza Roja de Moscú.

Carlos Carnicero Urabayen, politólogo. Master Relaciones Internacionales de la UE, London School of Economics.

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