Occidente no puede perder los nervios con Irán

No dejan de crecer las críticas a los dirigentes occidentales, entre ellos, al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, así como a los más destacados jefes de Gobierno europeos, por los modos, excesivamente complacientes hasta el momento, con que han expresado su reprobación del régimen iraní por la violencia que ha desencadenado contra su propio pueblo tras las controvertidas elecciones presidenciales.

Sin embargo, estas críticas no tienen en cuenta hasta qué punto una política de Estados Unidos y Europa que fuera diferente, exigente e intervencionista -aun encaminada a apoyar al movimiento prodemocrático iraní-, podría terminar resultando contraproducente en Oriente Próximo y en todo el sur de Asia, situando a sectores críticos del mundo musulmán en una nueva posición de enfrentamiento abierto con Occidente.

Después de ocho años de políticas fracasadas y de intentos de cambios de régimen por la fuerza en el mundo musulmán impulsadas por el tándem Bush-Cheney -incluida financiación de la CIA para desestabilizar a los ayatolás de Irán-, lo último que quiere la población de cualquier país musulmán es otra intentona de cambio de régimen en Irán patrocinada por la Casa Blanca, por más que a una parte considerable de musulmanes, como a la inmensa mayoría del resto del mundo, le gustaría ver que la democracia florece en la antigua Persia.

Hasta el momento, el presidente Barack Obama y los dirigentes europeos han hecho exactamente lo que deben: censurar a Irán con mesura y sin caer en las amenazas. Y ello aunque esté claro que, instintivamente, los gobiernos occidentales, junto con los del resto del mundo, estén consternados ante el encubrimiento del fraude electoral y la brutal violencia que el régimen iraní está ejerciendo.

Pero la moderación con Irán es esencial si se pretende mantener los puntos fundamentales de la política exterior de Obama en esta parte del mundo; es decir, el acercamiento al mundo musulmán en general, la iniciativa de paz entre israelíes y palestinos, la retirada de los soldados estadounidenses de Irak y la eliminación de la amenaza que los talibán representan para Afganistán y Pakistán. Asimismo, resulta de capital importancia no tensar la cuerda hasta romperla para aquellos dirigentes europeos que todavía tienen alguna posibilidad de negociar con el régimen iraní sobre su empeño de hacerse con armas nucleares.

Una respuesta amenazante de Estados Unidos a Irán no haría sino dar al traste con muchas de esas iniciativas, dificultar mucho más las relaciones de los regímenes musulmanes con Washington y Europa, reforzar la opinión contraria de muchos musulmanes a Occidente y amenazar con convertir a Obama prematuramente en un cero a la izquierda a los ojos del mundo islámico, justo en el inicio de su mandato presidencial.

Pero hay muchos otros factores que obligan a mantener la calma. Irán es un país mayoritariamente chií -una de las dos ramas más importantes del islam- y todos los estados musulmanes, desde el Líbano hasta la India, cuentan con minorías chiíes políticamente influyentes. Un país tan inestable como Pakistán, que ya se enfrenta a una sublevación extremista de tendencia suní por parte de los talibán, tiene entre un 15 y un 20% de población chií.

Una gran parte de estas minorías chiíes se alinearía de manera instintiva en torno a los actuales dirigentes de Irán si vieran el país amenazado por la política de Estados Unidos. Y algo así podría acarrear la desestabilización de regímenes de todo Oriente Próximo y del sur de Asia al exacerbar el sectarismo entre suníes y chiíes. No hay que olvidar que en la mente de muchos chiíes, el presidente iraní Ahmadineyad no es ni mucho menos el Gran Satán que en cambio sí es Estados Unidos.

Es más, muchas de esas minorías chiíes y muchos de sus dirigentes han recibido financiación de los Guardianes de la Revolución de Irán, y gracias a su ayuda se han movilizado como fuerza de choque para ofrecer resistencia a los intentos del ex presidente de EEUU George Bush de desestabilizar Irán.

El plan de los ayatolás, que cabe suponer que sigue estando vigente, presupone que, si Estados Unidos o Israel se dispusieran a amenazar o a atacar a Irán, estos grupos dispersos por todo el mundo musulmán y que cuentan con financiación de Teherán tomarían represalias y dirigirían sus ataques contra toda clase de objetivos estadounidenses y occidentales en general allí donde tuvieran la posibilidad de hacerlo. Como parte de esta estrategia, Irán ha facilitado además armas y financiación a algunos grupos de activistas suníes como, por ejemplo, ciertos sectores de los talibán.

Todo el territorio que rodea Irán es especialmente inestable y proclive a caer en una desestabilización inmediata si Washington o Europa incurren en cualquier decisión equivocada.

Dos de los vecinos de Irán, Irak y Afganistán, se encuentran bajo la ocupación del ejército estadounidense. Otros de sus vecinos, como Pakistán y los países árabes del Golfo, facilitan bases militares a los norteamericanos bajo una modalidad u otra. Irán tiene todas las razones del mundo para temer una maniobra de Estados Unidos y las amenazas del anterior Gobierno de Bush no han contribuido precisamente a disipar la paranoia que siempre ha agarrotado al régimen iraní.

Todos los gobiernos vecinos de Irán son frágiles, razón por la que se han apresurado a felicitar al presidente Ahmadineyad por su victoria electoral, con independencia de lo que puedan pensar acerca de la validez de esos comicios. La realidad es que ni Pakistán ni Afganistán al este, ni Azerbaiyán al norte, ni Irak ni los países árabes del Golfo al oeste pueden permitirse el lujo de que un Irán herido, humillado y encolerizado les acuse de plegarse a los deseos de los estadounidenses.

Irán está en condiciones de desestabilizar a todos sus vecinos. Teherán sigue teniendo capacidad para dificultar gravemente la retirada de EEUU de Irak con sólo fomentar una nueva racha de violencia contra sus soldados. Por otra parte, si los norteamericanos se ven obligados a doblar la cerviz en Irak, estará en peligro la intención de Obama y de la OTAN de centrarse en la estabilización de Afganistán.

Tanto el presidente afgano, Hamid Karzai, como el de Pakistán, Asif Zardari, se han desvivido durante los últimos meses por complacer a Irán, para lo que no les han faltado buenas razones como, por ejemplo, el suministro de petróleo y gas que están recibiendo en buenas condiciones económicas. Pero, por encima de todo, porque no pueden permitirse el lujo de tener a sus puertas un Irán hostil que en el interior de ambos países respalde a una minoría chií en contra.

Cualquiera que sea el resultado final de la crisis actual de Irán, el país va a quedar fuertemente polarizado y en un profundo estado de inestabilidad durante algún tiempo. Y los vecinos de Irán, muchos de ellos aliados de Estados Unidos, van a ser los primeros en notar esos vientos de inestabilidad. Por lo tanto, se necesita más que nunca a unos dirigentes juiciosos y prudentes en Estados Unidos y en Europa que no los lancen de cabeza a una confrontación con Irán.

Es imprescindible que los dirigentes occidentales, sin distinción de color político, comprendan a qué grado de enmarañamiento e interrelación han llegado Irán y los países de la zona y que, de común acuerdo, pongan en práctica una política de moderación y prudencia a la hora de afrontar la crisis actual.

Ahmed Rashid, periodista y escritor paquistaní. Es autor de la célebre obra Talibán. Su libro más reciente es Caída en el caos: los Estados Unidos y el fracaso de la consolidación de naciones en Pakistán, Afganistán y Asia Central.