«Ocupaciones parisienses en Mayo del 68»

Durante aquel inolvidable mes lo que realmente pasó en mayo del 68 ha entrado en la categoría de leyenda o de «gesta». Y por si fuera poco, sin gastos. Queríamos soñar tanto que nos despertábamos después.

Pero toda pasión ¿no supone un juego con la muerte? Por lo que en Moscú repitieron (como auténticos especialistas; ¡a lo bestia!) «mayo del 68 no es revolucionario: porque no hubo muertos».

Casi increiblemente «Mayo del 68» comenzó el 22 de Marzo de 1968. Por eso sus mandos se alzaron como el «Mouvement du 22 mars». Pero más finamente también se llamaron los «enragés», palabra que acarreó muchos problemas para encontrar su traducción hispánica e incluso pánica. En realidad el origen de les enragés fue el recuerdo del pionero «Coro de rabiosos» (que suplantó el título original de coro de doctores) de la zarzuela «El rey que rabió». Por cierto obra maestra desconocida en Francia. Como su jocoso autor. Que no quiso llamarse, como todo el mundo, Roberto. Ni ser metrosexual. Puesto que se ocultó una decena de años antes de la inauguración el 17 de octubre de 1919, por Alfonso XIII, de la primera línea del metro entre la Puerta del Sol y Cuatro Caminos. Y la tercera de Europa.

Ocupaciones parisienses en Mayo del 68Era una época en tiempos de Celia Gámez donde el otoño caía en primavera. Cualquiera podía decir que era mayoritario con los abstencionistas. Entre otras guapezas y hazañas un par de amigos (nunca fuimos más de tres), actuando pluscuamperfectamente por libres, ocupamos, por ejemplo, alegremente, el Colegio de España de la Ciudad Universitaria de París. Que permaneció ocupado sin que los ocupantes nos enterarámos durante un cuarto de siglo. Pero que paralelamente también permaneció tristemente desocupado para inquina de los universitarios que deambulaban por la Cité sin cuarto donde dormir (ante un colegio lleno, pero vacío).

Con ayuda del dibujante y dramaturgo Copi (exangüe como casi siempre pero exacto) ocupamos también, por ejemplo, el Teatro de la Cité Universitaire. Temerariamente, sin dejarnos asustar por los tiestos que se alzaron amenazantes a nuestro paso, que hubiera debido ser marcial.

Al ocupar el teatro sin oposición ninguna nos miramos sorprendidos Copi y yo. Era tan fácil jugar un papel en la Historia. No en balde a Copi se le conocía por humorista más que como dramaturgo. Sin proponérnoslo, de chiripa, por pura coincidencia ocupamos el Colegio de España o el de Argentina o el Odeón o la «Maison du Brésil» y tutti quanti. Era fácil: todos estaban de acuerdo o, mejor dicho, nadie se atrevía a no estar de acuerdo.

Los más consecuentes fueron los universitarios de la suntuosa «Maison du Brésil». Nos acogieron revolucionaria y maravillosamente ¡a lo Lenin! Proclamaron que «desde siempre» habían deseado que su mansión fuera ocupada. Y uno añadió «y que nuestros cocodrilos sean rojos». Colocaron toda clase de pasquines, hoces, banderas y martillos. Inmediatamente, al irnos, los descolgaron y continuaron sus quehaceres universitarios felices y desocupados.

En el Colegio de España, tras muy generosas y altruistas promesas, los colegiales, cambiando de parecer querían, nada menos, acto seguido, votar en asamblea general. En el mismísimo Salón de Actos del colegio. El «Mouvement» («les enragés») nos exigió por teléfono que, sin demora, se pospusiera dicho microscópico preámbulo y plebiscito hasta que llegaran las masas laboriosas hispánicas.

En efecto a la mañana siguiente llegó una multitud de obreros de las fábricas de coches con familias y niños. Los más decididos vinieron con una jofaina llena de ácido sulfúrico que instalaron en una buhardilla para acoger al «enemigo».

–Que obviamente iba a atacarnos. Pero desde allí arriba, bien armados, lo mantendremos a raya.

A la mañana siguiente estaba invitado por la Universidad de Viena. Al llegar me encontré con la sorpresa de que se me acogía, (a mí que, como Topor, ni hice el servicio militar) como a un «gran revolucionario pánico». Y precisamente cuando entré en uno de los más hermosos anfiteatros de la universidad, sonó un himno para mí desconocido pero precioso. Se me explicó que era el himno nacional austríaco. Inmediatamente uno de mis anfitriones se subió al pupitre. Se bajó los pantalones. Y con una precisión pasmosa se puso a defecar como ayudado, en sintonía, por el himno. Terminadas la música y la acción el público aplaudió a rabiar.

Cuando todo el mundo salió quedamos solos en el anfiteatro mi anfitrión y yo. Con dexteridad admirable (y una bolsa de plástico) retiró el producto de su acción y, por fin, a gatas, frotó el suelo hasta que desapareció la mancha. Tras una semanita en Viena volví a París. Y a mi gran sorpresa no quedaba en el Colegio ninguna jofaina, ningún ácido sulfúrico, ni ninguna masa laboriosa, ni ningún ocupante. El Colegio estaba cerrado y cercado por una valla.

Para mayor sorpresa un cuarto de siglo después de esta desgraciada y frustrada ocupación recibí (excepcionalmente) una llamada de la Embajada de España en París. Una empleada me preguntó, en nombre del Señor embajador, si de nuevo iba a ocupar el Colegio de España. Pero cómo ¿sigue cerrado? En los albores del siglo XXI gracias a mi autorización (tan innecesaria como abracadabrante) pudo ser reabierto con todos los honores y la plana mayor.

¡Qué pena que Copi (Raúl Damonte Taborda) se ocultara a finales de 1987! Le echo de menos siempre ¿Qué hubiera pensado este dramaturgo tan discreto (sobre todo en sus últimos hospitales) del novísimo anuncio en las «redes sociales»: «Copi: cuando morir de sida puede ser tu gran obra de arte»?

En ninguna de las ditirámbicas apologías de los excombatientes de mayo 68 figura Copi. No se lo hubiera merecido.

Fernando Arrabal, dramaturgo.

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