Oda a lo que va a suceder

No sería justo descalificar y aún menos demonizar, el modelo vigente en las últimas décadas. La humanidad ha progresado en muchos aspectos. Ha crecido el número de países democráticos; se ha mejorado significativamente el papel y el protagonismo de la mujer aunque solo en los países desarrollados; igual ha sucedido con el índice de salud; la ciudadanía tiene ahora más información y más capacidad crítica y cultural; ha disminuido el nivel de pobreza; la renta media per cápita es diez veces mayor que la de 1960 y el PIB mundial ha pasado de 1,1 billones en 1960 a 78 billones en 2016. Una vez reconocido todo esto hay que afirmar que el modelo cultural, político, económico y social vigente hasta ahora, ya no es viable. Sigue perviviendo por inercia y en algunos aspectos da sensación de normalidad. Pero está caduco, agotado. No es recuperable.

Uno de los signos inequívocos de la necesidad de un modelo distinto se manifiesta en los resultados sorprendentes en todo género de los comicios electorales, entre los que destacan el referéndum colombiano, el referéndum británico sobre el Brexit, y las últimas elecciones generales en Gran Bretaña, la elección de Donald Trump y sin duda el aplastante triunfo de Macron con un partido creado hace menos de tres meses. Estos cambios responden sin duda a unos intensos y profundos cambios sociológicos, que eran hasta ahora difíciles de detectar pero que ya son visibles y están relacionados con los siguientes factores: una reacción visceral contra la emigración y el refugio; el hartazgo ante una crisis económica, sin visos de salida, que debilita a las clases medias y favorece el crecimiento de la desigualdad social; la desaprobación profunda de unas élites incapaces de afrontar con decisión los problemas reales y cada vez más resistentes a los cambios necesarios; y finalmente el atractivo que generan las soluciones simplistas ante la intensificación de la complejidad de los problemas, la aceleración de los tiempos y las incertidumbres de una revolución tecnológica y científica incontrolable.

Las élites en su conjunto –incluidas las empresariales, las financieras y las culturales– aceptan con toda naturalidad que estos son los factores a tener en cuenta, pero es una aceptación poco seria porque no incluye la más leve intención de influir sobre los mismos para corregirlos o modificarlos. Al final acaban dando la espalda a la terca y tozuda realidad con la pobre justificación de que «ad impossibilia nemo tenetur». Esta actitud es la que mueve a muchos ciudadanos, cuando tienen que emitir su voto, a huir de lo tradicional, de lo rutinario, de lo «antiguo», y buscar otras alternativas aun desconociendo a dónde puedan llevarnos y asumiendo, por ello, los riesgos consecuentes, porque deciden que, en cualquier caso, son menores a los que ahora afrontan.

Diseñar un nuevo modelo va a ser una tarea fascinante. Por de pronto vamos a tener que aprender a pensar de forma muy distinta, profundamente distinta, a como pensamos. Pretender que lo que pasa no está pasando o que es un fenómeno pasajero y que las aguas volverán dócilmente a sus cauces naturales, es una actitud muy poco razonable y muy peligrosa. Estamos penetrando irreversiblemente en un mundo cada vez más complejo, más incierto y más inseguro (los ciberataques podían ser el símbolo de la época) en donde como mínimo habrá que aceptar la idea de un acercamiento a los problemas de forma pluridisciplinar y multidimensional que abra nuevas perspectivas, nuevas visiones, nuevas vías de entendimiento. En estos momentos aplicar una sola óptica –por importante que nos parezca– deforma la realidad y nos conduce a simplismos y a dogmatismos mentales verdaderamente torpes, cercanos a la estupidez intelectual.

Estamos en condiciones de construir un pacto social capaz de multiplicar la creación de riqueza en todos los ámbitos y establecer sistemas mucho más vigorosos y eficaces de distribución de esa riqueza, siguiendo así el ejemplo de unos pocos países progresistas que lo han logrado. Canadá y los países nórdicos europeos han hecho posible un sistema de convivencia muy saludable que aún puede y debe mejorarse. No es, desde luego, un reto inalcanzable. Esta es la esencia de una voluntad pública que ya es universal.

La sociedad no reclama, aunque algunos lo pretendan, soluciones revolucionarias pero sí un replanteamiento auténtico, sincero y profundo de los objetivos y de los valores actuales. Hay que devolver ya la esperanza real de un futuro digno –¡y cercano!– a la gran mayoría de la ciudadanía mundial que aún sigue marginada de los beneficios del progreso tecnológico, cultural y económico. Si no lo logramos habrá que renunciar sin remedio a conceptos como estabilidad y sostenibilidad, y vivir una larga y deplorable época de enfrentamientos de todo género.

Una advertencia final: la ciudadanía acabará por derribar las murallas en donde se refugian los líderes políticos para jugar a sus intereses particulares mientras pierden toda credibilidad y respeto. Se producirá, se está produciendo, una renovación masiva de este estamento y surgirán personas dispuestas a dignificar la tarea pública, –renunciando entre otros al «derecho» a mentir y al «derecho» a no dialogar–, y, asumirán el reto de alcanzar los consensos básicos que requiere este decisivo momento histórico.

Vamos hacia una nueva sociedad más abierta, más transparente, más solidaria, más liberal, más culta, más inclusiva, más ética, más longeva e incluso más feliz, en donde la tecnología y la ciencia van a incrementar la capacidad del ser humano para superar problemas y barreras que ahora nos parecen irresolubles o infranqueables. Las generaciones jóvenes –los demás debemos dejar de ser un freno y hacernos a un lado– nos conducirán a un mundo mejor. Eso es exactamente lo que va a suceder.

Antonio Garrigues Walker, jurista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *