Odios largamente reprimidos

En 1952, el dramaturgo estadounidense Arthur Miller escribió Las brujas de Salem. La dramatización de los juicios de brujas en la ciudad de Salem (1692), cerca de Boston. En síntesis: intolerancia, fanatismo, odio, revancha, manipulación de la conciencia. Y el poder, la pureza y la causa sagrada que todo lo justifica. En las indicaciones que el autor escribe antes de las escenas, habla de «secta de fanáticos» y de la «autocracia por convencimiento» de quienes niegan la libertad «para que su nueva Jerusalén no sea profanada por comportamientos equivocados e ideas engañosas». Y ello, porque «creían que sostenían en sus firmes manos la bujía que iluminaría al mundo». Las brujas de Salem es uno de esos clásicos que «tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos» y sirven «para entender quiénes somos y adónde hemos llegado» (Italo Calvino, Por qué leer a los clásicos, 1981). Más de trescientos años después de los juicios de Salem, el fanatismo persiste. Hoy, como ayer, salvando las distancias, el texto de Arthur Miller alerta de los peligros del extremismo, el sectarismo, el autoritarismo. Un integrismo que, escudándose en supuestos elevados propósitos y supuestas buenas intenciones, invita al desafío, la desobediencia, la deslealtad y el incumplimiento de la ley con el anzuelo de un mundo mejor. En España, por ejemplo. Ahí está el podemismo y el fundamentalismo nacionalista.

El Salem español se caracteriza por su dinámica frentepopulista, neoguerracivilista, populista y chovinista. Un discurso malhumorado y faltón que frecuenta el odio o la rabia y que, instalado en el confort radical que ofrece el marxismo-leninismo-lennonismo con toques anarquizantes, y en la seguridad que otorga el «síndrome de la nación elegida» (John Elliott) que caracteriza al nacionalismo catalán, predica la bondad de unos procesos deconstituyentes para ir más allá –dicen– del artificio del contrato social, de la camisa de fuerza que imponen el gran capital y la Unión Europea, así como de la sumisión a España. La práctica del antagonismo de clase y la desobediencia «nacional» conduciría –aseguran– a la recuperación del yo colectivo y las capacidades expropiadas a cada uno de los ciudadanos y los pueblos de España.

Alguien dirá que esos populismos pierden enteros. Pero, ¿y si se trata –realidad obliga– de un repliegue táctico o tregua estratégica –ahí está la vocación de «pacto» del secesionismo catalán– que espera una ventana de oportunidad? En cualquier caso, el podemismo consolida unas microrrupturas que cuestionan la democracia y el Estado de derecho. El podemismo construye contrapoderes en los municipios y centros de trabajo o estudio contra el poder legalmente constituido, busca un «horizonte constituyente para romper los candados del régimen del 78», impulsa el «conflicto social contra las élites» y una «nueva institucionalidad al servicio de la ciudadanía» en que «el poder emane de las bases y no de los cargos públicos». Por su parte, el secesionismo catalán promueve microrrupturas a través de una legalidad «propia» que ha de conducir a la República catalana. Microrrupturas que buscan la hegemonía discursiva, el choque de legitimidades y la creación de una normalidad deconstituyente.

Ambos se valen de la educación y los medios de comunicación, que devienen aparatos ideológicos al servicio de la rebelión. Una «microfísica del poder» (Michel Foucault) que busca la ruptura antidemocrática. En este sentido, el populismo podemita y el secesionista satisfacen la idea foucaultiana según la cual el poder no se posee, sino que se ejerce capilarmente como si de un rizoma se tratara. Poder que se ejerce en nombre de una pureza –vuelve Salem y la idea de pureza de infausta memoria– que se propone depurar el presente (Podemos) o dar satisfacción al «síndrome de la nación elegida» que padece un secesionismo catalán providencialista, presuntuoso y aficionado al mobbing político e ideológico que busca la construcción «nacional» de Cataluña. La bujía que ilumina al mundo y la nueva Jerusalén a la que se refería Arthur Miller siguen ahí. La causa sagrada que todo lo justificaría.

Las microrrupturas tienen sus consecuencias. Un país difícilmente tiene futuro cuando se pretende hacer tabla rasa de una Transición que nos ha conducido a una democracia perfectamente homologable; cuando se ridiculizan instituciones y símbolos; cuando reaparecen actitudes totalitarias que impiden que unos ciudadanos tomen la palabra en la universidad o en cualquier otro lugar; cuando se inventa una neolengua de matriz orwelliana –«casta», «neofeudalismo», «sustracción de la democracia», «verdadera democracia», «mandato democrático», «derecho a decidir»– que mistifica y tergiversa la realidad, así como el campo y el ámbito del sentido; cuando se usa y abusa de la emoción y el sentimiento, se adoctrina hasta la náusea y se transforma al adversario en enemigo; cuando el Parlamento deviene un circo en donde los promotores del «cambio» y la «emancipación nacional» escenifican una comedia de sal gorda impropia, incluso, de la sociedad del espectáculo en la cual vivimos; cuando unos se victimizan por convocar un referéndum ilegal que busca la confrontación con el Estado con el objetivo de obtener réditos económicos, políticos, electorales y simbólicos; cuando se ocupa la calle para desestabilizar y deslegitimar el sistema democrático rodeando el Congreso con el falaz argumento de una investidura ilegítima; cuando se incumplen las resoluciones de los Altos Tribunales o se incurre en fraude de ley; cuando quienes incumplen la ley son recibidos como héroes o mártires de la causa; cuando reaparecen ideas que desprecian los valores fundamentales de la sociedad abierta y se desdeña y ridiculiza la lealtad constitucional e institucional; cuando se exige una reforma constitucional con el ánimo de incumplir y debilitar la propia Constitución.

El politólogo e historiador Samuel E. Finer, en Los militares en la política mundial (1962), habla de la existencia de un «golpe de Estado tácito» cuando el Estado y los gobernantes –previamente debilitados y desestabilizados– acaban cediendo y acatando las exigencias de algún grupo de presión. Eso es lo que buscan las microrrupturas populista y nacionalista en España. Objetivo: instaurar una «dictadura soberana» que afirmaría su legitimidad en «un tipo de mandato que, por principio, es independiente del consentimiento o la comprensión del destinatario y que no espera su aprobación» (Carl Schmitt, La dictadura, 1921). ¿Legitimidad? ¿Soberanía? ¿Mandato sin aprobación? No se trata –como arguyen– de una revolución democrática. Lo contrario es cierto: bonapartismo e involución antidemocrática.

Señala Arthur Miller en Las brujas de Salem que la intolerancia, el fanatismo y el revanchismo fueron una perversa manifestación del pánico que se había adueñado de la gente en una época en que la libertad individual ganaba la partida. Fue entonces cuando algunos dieron rienda suelta a «viejos odios de vecinos, largamente reprimidos» que «podían expresarse abiertamente, y vengarse». En la España democráticamente consolidada, reaparece la «secta de fanáticos» y la «autocracia por convencimiento» de quienes practican el yudo político, ideológico y moral propio de quienes se creen en posesión de la verdad y buscan imponerla a los demás. Con el odio, la venganza, la desafección y la deslealtad no se construye nada y se destruye mucho. Así se fractura una sociedad. Así se desbarata la Nación. Urge neutralizar la fatal arrogancia del Salem español –infatigable y sectario– así como la «normalidad» y «legitimidad» que pretende instaurar.

Miquel Porta Perales, articulista y escritor.

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