O’Donnell, el espadón del centro

Hace unos días tuvo lugar el acto de presentación en Madrid de O’Donnell en busca del centro político, del historiador Antonio Manuel Moral, publicado por FAES. En él intervino José María Aznar. Reivindicar a O’Donnell, vino a decir, es “reivindicar el pensamiento político liberal”. Su biografía nos muestra “la importancia del liderazgo” para conducir a las sociedades hacia el éxito o el fracaso e impulsar las reformas cuando eso sea necesario y deseable. Por eso, “hablar de ello hoy es oportuno y relevante”. O’Donnell fue un político liberal «de centro», ejerció su capacidad de liderazgo y buscó acuerdos y transacciones. Algunos interpretaron que en sus palabras había un claro mensaje a Rajoy.

Pero esta visión encomiástica del personaje se desvanece cuando se analiza su trayectoria de espadón sedicentemente centrista. La carrera militar de nuestro personaje de origen irlandés fue espectacular. Al inicio de la I Guerra Carlista (1833), mientras su padre y tres hermanos lucharon por Don Carlos, el capitán Leopoldo O’Donnell se mantuvo leal a la reina regente María Cristina, madre de Isabel II. Al finalizar la guerra (1840), por méritos de guerra, era teniente general con sólo 30 años y había recibido el título de conde de Lucena.

O´Donnell, el espadón del centroAcabada la guerra, el duque de la Victoria, el general progresista Baldomero Espartero, dio un golpe revolucionario y derrocó a María Cristina. Las Cortes le proclamaron Regente. En octubre de 1841, un grupo de generales moderados organizaron un golpe para reponer a la reina. O’Donnell intentó en Pamplona hacerse con el mando del ejército del Norte. Fracasó pero al menos no acabó ante un pelotón de fusilamiento pues salvó el pellejo refugiándose en Francia. Pero antes de huir, durante seis días, bombardeó salvajemente la ciudad desde la ciudadela. Un tercio de los pamploneses tuvo que abandonar la ciudad.

Cambiaron las tornas en 1843. En esta ocasión fue el general moderado Narváez quien se sublevó contra Espartero. Gran indignación había producido en muchos el feroz bombardeo ordenado por el duque de la Victoria el 3 de diciembre de 1842 contra la Ciudad Condal, y más aún al conocer su justificación: “A Barcelona hay que bombardearla al menos una vez cada 50 años”. Los generales moderados Serrano y Narváez se unieron con el general progresista Prim para enviar al exilio a Espartero. Su caída en 1843 permitió a O’Donnell regresar a España. Narváez, el nuevo dueño de la situación, le envió de gobernador a Cuba. En 1848 sería nombrado por la reina Isabel senador vitalicio.

O’Donnell decidió pasar a la política activa en 1853. No se conformaba con calentar su escaño de senador. Picaba mucho más alto. En el Partido Moderado lo tenía difícil porque Narváez ejercía el poder como líder indiscutible. En la oposición estaba el Partido Progresista de Espartero. El conde de Lucena decidió entonces aliarse con el duque de la Victoria, su antiguo enemigo, y organizar un pronunciamiento militar para llevarle al poder. Pero pasar del moderantismo al progresismo era un salto demasiado grande. En la reivindicación del centrismo encontró O’Donnell la solución. A tal fin constituyó la Unión Liberal, con los más progresistas de los moderados y los más moderados de los progresistas. Y para demostrar su espíritu dialogante y conciliador -permítaseme la ironía-, O’Donnell protagoniza un nuevo pronunciamiento militar. El 28 de junio de 1854 da el pistoletazo de salida y el 2 de julio hace público en Manzanares el Manifiesto fundacional de su nueva formación política. En Madrid el populacho levanta barricadas. La reina se rinde ante los revolucionarios y ordena llamar a Espartero. El 18 de julio lo nombra presidente. O’Donnell será el ministro de la Guerra.

Apenas dos años duró la alianza de los dos espadones. En este tiempo Espartero perdió su prestigio y la confianza de Isabel II. No así O’Donnell, que el 14 de julio de 1856 fue nombrado presidente del Consejo. Era vox pópuli que entre la reina y su general había surgido un amor platónico, aunque sin pasar a mayores. Su primer gobierno fue efímero pues el 12 de octubre de 1857, en un baile palaciego y ante toda la corte, la reina desairó a su primer ministro, empujándolo a la dimisión. Isabel había decidido apostar de nuevo por Narváez. Pero en junio de 1858, vuelve a llamar a O’Donnell. Da así comienzo el llamado Gobierno largo, pues duró cinco años, todo un récord en aquella época turbulenta, gracias al gigantesco pucherazo electoral organizado por la Unión Liberal en las elecciones de noviembre de aquel año.

El centro unionista carecía de una ideología concreta. El Manifiesto fundacional no pasaba de ser una benéfica o bien intencionada declaración de intenciones como la conservación del trono, pero sin su camarilla; la mejora de la ley electoral y de imprenta; una rebaja de impuestos; arrancar a los pueblos de la centralización que los devora; respetar en los empleos militares y civiles la antigüedad y el mérito; y reformar la milicia nacional.

Es cierto que, durante el mandato de O’Donnell, España disfrutó de un periodo de bonanza económica gracias a la construcción de importantes infraestructuras tales como la extensión de los ferrocarriles o el Canal de Isabel II. Continuó la obra de modernización del Estado que había emprendido Bravo Murillo, un político moderado de talento excepcional en medio de la medianía liberal. Por el contrario, la oligarquía se movió a sus anchas. La corrupción endémica del sistema, por la confusión entre política y negocios, se incrementó. Se ha destacado la política internacional de O’Donnell para situar a España en el tablero de las grandes potencias. Pero fueron fuegos de artificio por lo menguado de sus resultados, salvo para el general que volvió de la guerra de Marruecos (1860) con el título de duque de Tetuán bajo el brazo.

El declive de la Unión Liberal se acentuó a partir de 1863. Los moderados se habían recuperado y Narváez volvió a la presidencia en septiembre de 1864. Pero al espadón de Loja se le fue la mano al reprimir con gran dureza una revuelta estudiantil. La reina volvió a confiar en O’Donnell y en junio de 1865 le devolvió a la presidencia, donde permaneció dos años más. Durante este tiempo, el hombre al que se valora ahora como muñidor de transacciones, se centró en la anulación del Partido Moderado pero fue incapaz de hacer frente a la efervescencia revolucionaria del Partido Progresista que había acordado poner fin al reinado de Isabel II con el Partido Demócrata liderado por Emilio Castelar (“soberanía nacional”, “derechos del hombre” y “un hombre un voto”). Los demócratas entendían que los progresistas se habían anquilosado. Los graves brotes revolucionarios, dirigidos por el espadón progresista Prim, provocaron la inquietud de la reina. O’Donnell dimitió al comprobar que la reina Isabel ya no confiaba en él. El llamado a sustituirle, en junio de 1867, sería Narváez, su eterno rival.

Despechado con la reina -del amor al odio- el flamante duque de Tetuán se olvida del centrismo y se suma a la conspiración de Prim. Ambos consiguen limar sus diferencias y acuerdan que si triunfa la revolución convocarán cortes constituyentes. Quizás esta fuera la principal transacción del centrismo de O’Donnell: permitir la caída de la Monarquía, aunque la reina hubiera hecho méritos más que suficientes para ello a lo largo de su reinado. Este sería su último servicio a la patria, pues el 5 de noviembre de 1867 muere en Biarritz.

Para desgracia de la soberana, en abril de 1868, el presidente Narváez fallece al frente del cañón y el trono se tambalea. Cuatro meses después estalla la Revolución de Septiembre, también llamada la Gloriosa. Isabel intenta resistir. En la batalla de Alcolea el general Serrano batió a las tropas de la reina, pero la soberana ya no tiene a quién llamar. Al conocer la derrota de su ejército, Isabel II y su familia, que se hallaban en San Sebastián, se refugia en Francia. Era el 30 de septiembre de 1868. De la Unión Liberal no quedó ni rastro.

Pretender que O’Donnell sea un referente para la España actual es todo un desatino. Ni Rajoy es Narváez, ni Rivera es O’Donnell, ni Sánchez es Prim, ni Iglesias es Castelar. Ni tampoco en el Palacio Real ordena y manda una reina ignorante y libertina.

Jaime Ignacio del Burgo es académico correspondiente de las Reales Academias de la Historia, de Ciencias Morales y Políticas, y de Jurisprudencia y Legislación.

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