Oficio de Tinieblas

Cualquiera que rebobine aquella patética irrupción en la tertulia de la COPE -enero de 2014- en la que Ignacio González entró en un bucle de catorce minutos para reprocharme la falta de pruebas que avalaran la “basura” de las informaciones sobre su ático, comprobará que, aun antes de ser apartado de la presidencia de la Comunidad, era ya un auténtico zombie. Cual condenado en el corredor de la muerte, ha pasado estos tres años instalado en la rutina de quien se levanta cada mañana con la ansiedad de saber si estará amaneciendo el día de la inyección letal. Y el genio compulsivo de su Lady Macbeth, con quien también mantuve por entonces un tenso y desagradable coloquio, no ha debido precisamente de ayudarle a conciliar el sueño.

Era la manía persecutoria de un hombre y su “circunstancia”, a quienes la justicia tenía motivos más que sobrados para perseguir. Toda la saga-fuga del apartamento marbellí, del que ella se encaprichó tras visitarlo, para que luego lo adquiriera el testaferro profesional que se lo alquiló, antes de terminar comprándolo formalmente, cuando vieron el riesgo de perderlo, denota el nerviosismo chapucero de quien, al tratar de borrar pruebas, va dejando un rastro cada vez mayor.

Todos los demás indicios se acumulaban luego: una primera residencia muy por encima del sueldo y posibilidades de un político sin otro oficio ni beneficio; una red más que sospechosa de conexiones con el mundo de las constructoras y las empresas de seguridad; el control férreo y caprichoso de un instrumento de compra de voluntades mediáticas como el Canal de Isabel II; la descabellada expansión sudamericana de una empresa que teóricamente debería estar centrada en el suministro de agua limpia y barata a los madrileños; el episodio del espionaje en torno al trasiego de bolsas de plástico durante el viaje del propio González a Colombia; las denuncias con detalle y números, al parecer incompletos, de la cuenta suiza entregada a Rajoy… Si andaba como un pato, nadaba como un pato y hablaba como un pato, lo normal era que fuera un pato.

Veremos si al final ha caído por el saqueo del Canal, las comisiones del campo de golf, las del tren de Navalcarnero pagadas por López Madrid, la financiación ilegal del PP, el blanqueo en connivencia con su esposa y otros familiares o por una mezcla de todo ello, tal y como vienen diseccionando con precisión quirúrgica en EL ESPAÑOL Carlota Guindal, Dani Montero y Alex Requeijo. Pero la detención, puesta a disposición judicial y prisión incondicional, camino del banquillo, de Ignacio González era un itinerario tan predecible como los inexorables ciclos de la luna. Sólo faltaba saber el cuándo y si arrastraría -como finalmente ha ocurrido- al compi-yogui de la Reina, especialista en chapotear en todos los charcos.

La corrupción del expresidente madrileño, como la de su enemigo y émulo Francisco Granados, responde al tópico del hombre sin más atributos que la ambición y la codicia, a quien la política catapulta hasta un escaparate de suculentas tentaciones. El verdadero misterio es cómo uno y otro pudieron mantener la confianza de alguien como Esperanza Aguirre, que no era como ellos y cuya trayectoria, en muchos aspectos brillante, queda empañada para siempre por esta asociación con forajidos.

¿Por qué desoyó Aguirre todas las advertencias, algunas difusas, otras bien concretas, de quienes repetimos hasta la saciedad que el Nacho de sus entretelas era, como decimos en La Rioja, un mangarrán de tomo y lomo? Probablemente por soberbia, frivolidad y sentido utilitario a partes iguales. González era el hijo de puta de Aguirre, como Haldeman fue “el hijo de puta de Nixon”. Todo le estaba permitido con tal de que sirviera perrunamente a su mentora. Estremece pensar que lo de Blesa y Rato hubiera sido una broma, si Aguirre hubiera logrado su desquiciado propósito de encaramarle a la presidencia de Cajamadrid: en vez de tarjetas black, habría repartido directamente ganzúas y antifaces.

Hasta aquí podríamos decir que esta película ya nos la sabemos. Las recientes declaraciones judiciales de Bárcenas y Correa, o no digamos de Maciá Alavedra y Prenafeta, han servido para corroborar que en España el robo de altos vuelos no es sino una derivada de la política. En otras democracias hubieran bastado un par de casos de esta índole para desarrollar una anafilaxis colectiva frente a la corrupción que obligaría a abandonar el escenario a cualquiera remotamente asociado a ella. Aguirre no hubiera podido sobrevivir a la podredumbre de sus alfiles; pero tampoco Rajoy a la elocuencia de unos SMS que regurgitan ahora en la decisión del tribunal de citarle como testigo del trasiego de maletines con que se financiaban, desde el piso de abajo, las campañas que él dirigía desde el de arriba.

Pero en España la corrupción se salda no ya con la pena de telediario que, en definitiva, implica guardar unas formas, sino con la mucho más zafia pena de tertulia televisiva. O sea, lanzando a las fauces de los chacales de turno a todos los juguetes rotos que el núcleo duro del poder necesita ir sacrificando, en función de la marcha de las pesquisas judiciales o del nivel de sed de los diosecillos que disfrutan con estos linchamientos rituales.

De ahí que la gran novedad de la Operación Lezo no esté en su dimensión más obvia -la corrupción de otro político y sus compinches- sino en la infamante implicación, con el pleonasmo de la buena justicia poética, del principal muñidor de ese guiñol compensatorio que sirve de válvula de escape a la frustración del vulgo. Me refiero a Mauricio Casals, presidente de La Razón, consejero de Atresmedia y faro que guía, por delegación de la familia Lara, la línea editorial de Antena 3, La Sexta y Onda Cero. O sea, la persona que decide quién sale y quién no sale en esos medios, incluido por supuesto el programa de Ferreras.

He ahí la clave de que punzantes investigadores se vuelvan romos ante esta parte de la red de corrupción y opinadores de gatillo tan rápido con los demás, parezcan tenerlo encasquillado cuando toca hablar de este trujimán. No vaya a ser que unos y otros se queden sin cortar el cupón de las tertulias y terminen vetados como EL ESPAÑOL, que en dos años de vida no ha sido invitado ni a un solo programa de ese grupo. Por algo será.

Aunque Podemos añada la efigie de este segundo González a su galería rodante de iconos de “la trama” corrupta o corruptora, ese autobús seguirá siendo un ‘bromabús’ mientras no incorpore también la de Mauricio Casals. Porque para “trama”, esta en la que un “soldado” de Casals -el tal Edmundo Rodríguez- simultaneaba los puestos de alto directivo del Canal y consejero delegado de La Razón, facilitando así el vigorizante trasvase hídrico de un bolsillo al otro; y en la que la necesidad de proteger a “uno de los nuestros” llevó al gran capo a movilizar al director Marhuenda, bajo amenaza de destitución, para que “diera de leches” a Cristina Cifuentes con noticias verdaderas o “inventadas”, hasta que dejara de colaborar con la justicia; y, no contento con eso, le hizo transmitir la amenaza de que la presidenta de Madrid se las vería también con Antena 3, La Sexta y Onda Cero.

Teniendo en cuenta que el dinero del Canal es público y las lucrativas concesiones de esos medios audiovisuales también, ahí tiene Pablo Iglesias la cadena de montaje completa de cómo se manipula el interés general en beneficio propio, con un saldo favorable de más de 120 millones anuales. Si los líderes de Podemos no han puesto ni pondrán el énfasis en ese aspecto de la investigación judicial es porque ellos son los grandes favorecidos en un teatro de marionetas que, para legitimar al PP como refugio de sensatez, les encumbra cada día a la condición de alternativa, o más bien de espantajo, en detrimento del PSOE y Ciudadanos.

Casals mantiene en definitiva un circo con tres pistas: en la de Antena 3 da satisfacción y respetabilidad a la España conservadora, en la de La Sexta otorga proyección a quienes aspiran a destruirla y en la de La Razón pasa la factura por no permitir que esto suceda, aplicando técnicas similares a las del presidente de Ausbanc y sus secuaces.

Hay una única gran diferencia entre el recorrido de Pineda y el de Casals: el nivel de protección obtenido tanto en el ámbito político como en el judicial por este confidente de Rajoy, inmortalizado por Alberto Lardíes como El hombre que susurraba a las vicepresidentas. Sólo faltaba la expresión “amiga de la casa”, empleada por Casals para explicar a González cómo una magistrada de la Audiencia Nacional les dio el soplo en noviembre de que tenían los teléfonos pinchados, para que todo adquiera los contornos de la peor mafia siciliana.

Algo que ya percibimos cuando Casals apareció como intermediario entre la jefa de gabinete de Soraya y Bárcenas para manipular un informe policial en favor del tesorero y cuando este le visitó “una docena de veces”, según reconoció Marhuenda, para tratar del asunto en la sede del periódico, transformada en lonja de todos los ludibrios.

Son estas maniobras orquestales en la oscuridad las que han merecido a Casals el sobrenombre de Príncipe de las Tinieblas, sin que nadie haya reparado hasta ahora en que, a mayor abundamiento, nada describe mejor la actividad de este individuo, encaramado al altar del duopolio, como la propia liturgia del Oficio de Tinieblas, en el que el celebrante va encendiendo y apagando las velas del candelabro de quince brazos o tenebrario, hasta dejar solo una viva.

Cristina Cifuentes tuvo el jueves en sus manos la oportunidad de contribuir decisivamente a la regeneración de este país. Si hubiera ratificado ante el juez su versión de los hechos, reiterada en privado, la fiscalía habría pedido -y obtenido- medidas cautelares fulminantes contra los coaccionadores. Pero su propensión a nadar entre dos aguas, o tal vez una indicación desde lo alto, le aconsejaron ponerse de perfil, vaciando así de parte de su contenido penal las éticamente inapelables grabaciones de la UCO.

No se lamente pues la presidenta madrileña si, más pronto que tarde, siente una mañana el mismo soplo helado en la nuca que apagó cirios tan altos como los de la incombustible Rita Barberá, el engreído José Manuel Soria o su ingenuo homólogo murciano. Porque el único margen de duda que alberga este Oficio de Tinieblas es si esa última vela que iluminará el templo electoral desde el tenebrario candente volverá a salir con barba, como San Antón, o sin ella, como la Purísima Concepción de Santa María.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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