‘Oh, Susana; no llores más por mí’

¡Quién me lo iba a decir! Al que toca felicitar precisamente hoy es al PSOE en su conjunto porque, al fin, hay contienda por su liderazgo y, con todas sus imperfecciones, volverá a ser una contienda democrática, como la que le ganó Borrell a Almunia, la que le ganó Zapatero a Bono o la que le ganó Sánchez a Madina. Y sea cual sea el resultado, el ejemplo para los demás partidos de lo que supone una competición abierta, similar a la de las primarias norteamericanas o francesas, vivificará un modelo constitucional como el nuestro, basado en la exigencia de democracia interna.

El derrocado Pedro Sánchez ocupaba ya desde hace meses la romántica posición del outsider, en calidad de una especie de come back kid o hijo pródigo que regresa; y Patxi López había comparecido algo después como un solvente y oportuno ‘tercero en discordia’. Faltaba la ‘hija favorita’, la deseada, la niña de los ojos de tres generaciones de barones del partido; y ya está aquí Santa Susana, la Evita andaluza, la reina de los socialistas que aún se disfrazan de descamisados en el mitin del domingo, pero tienen el chaqué para la toma de posesión a punto de tintorería. Albricias: Hillary contra Obama, Segolene contra Fabius, Martine Aubry contra Hollande, Susana contra Pedro… ¿Hay quién dé más?

Nadie puede negar que la presidenta andaluza ha trenzado los acordes de su relato con la destreza con que se componen las mejores melodías. Durante casi dos años la flor y la nata del partido ha deambulado cariacontecida por el andén de la estación del AVE, musitando su Susana non vien y preguntándose dove sono i bel momento di dolcezza e di piacer, cual Condesa Almaviva que suspira en el aria de Mozart por ese pasado esplendoroso en el que el socialismo andaluz dominaba España.

Pero la casta Susana resistía una y otra vez, relajada y opulenta en su baño autonómico, las incitaciones procaces de los viejos lascivos asomados tras los setos del jardín. Los emisarios cruzaban ansiosos Despeñaperros en pos de una caída de ojos, de una inflexión en la voz, de un volteo en la melena, de una señal en suma que disipara congojas; pero ella se dejaba querer, impávida y serena, porque aún no había llegado su hora.

La gestora de Javier Fernández y Mario Jiménez debía cumplir antes el proceloso papel de todo precursor, aun a costa de ver requeridas sus cabezas para llenar la bandeja de plata del ansia de desquite de las bases por la oprobiosa investidura de Rajoy. La sultana del sur cree ahora que esa epidemia de vergüenza y autoflagelación ya ha pasado. Por eso ha dado la anhelada señal para que el rasgueo del banjo insufle la esperanza en la oscuridad del algodonar.

La banda sonora que escuchamos tiene al principio la dulce premonición de una balada: “I had a dream the other night/ when everything was still/ I thought I saw Susanna/ coming down the hill”. Pero tras ese “sueño de la otra noche, cuando todo estaba en calma y creí ver a Susana, bajando –al fin- de la colina”, se va a desatar el frenesí: “Oh, Susanna!/ Oh, dont you cry for me/ for I come from Alabama/ with a banjo on my knee”.

Todos los buenos sureños baten ya sus palmas, zapatean jubilosos con el banjo sobre la rodilla, abriendo la senda que unirá el palacio de San Telmo de Alabama con la Moncloa de Washington DC. Porque, no nos equivoquemos, Ferraz es sólo una parada y fonda. Lo que ella persigue no es el control del partido sino la conquista del Gobierno. Por eso entonan tan felices sus corifeos el estribillo: “Oh, Susana/ no llores más por mí/ que pronto me darás un cargo/ o alguna cosa así”. Y disfrutan con el crescendo de la primera repetición: “Oh, Susana/ no llores más por mí/ tú me harás subsecretario/ o algo por ahí”. Hasta alcanzar el éxtasis con la segunda: “Oh, Susana/ no llores más por mí/ pues adjudicarás contratos/ a todos los de aquí”.

Permítaseme proponer, por tanto, que el primer gran hit de la música folk, el himno emblemático de la quimera del oro y la expansión hacia el Oeste, sea también el tema oficial de esta campaña de reconquista política que debe extenderse como una mancha de aceite por toda la geografía nacional. Téngase en cuenta que en la historia de esa canción hay un pecado original y un esfuerzo posterior por diluirlo en la corrección política, sin renunciar a la caricatura y al estereotipo, que pueden sernos muy útiles para entender la aventura que emprende la lideresa andaluza hacia la cima.

Oh, Susanna es hoy por hoy una inocente canción escolar cuya letra sólo cuenta la alegría de quien va en busca de su amada, instrumento musical en ristre; pero cuando su autor Stephen Foster la estrenó en 1847, con sólo veintiún años, en una heladería de Pittsburg, era la típica sátira de la música de los negros para que la cantaran blancos con la cara tiznada, conocidos como minstrels. El texto original suponía una cruel burla del patán afroamericano que creía viajar “a bordo de un telégrafo” en un día en el que “el sol calentaba tanto como para quedarse congelado”, mientras a su alrededor morían 500 niggers sin que él se diera cuenta.

Foster, considerado el padre de la música folk, desapareció muy joven al ahogarse, borracho, en un lavabo. Había compuesto casi doscientas canciones pero Oh, Susanna –por su jovialidad y ritmo trepidante- abanderaría siempre a las demás. Cuando tras la guerra de Secesión cambió la actitud hacia los negros, también lo hizo el significado de Oh, Susanna. Ya no trataba de animales inferiores sino de ingenuos grandullones, merecedores al modo del tío Tom, de un benevolente paternalismo protector. La confusión del barco con el telégrafo desapareció de la letra, los “500 niggers” se convirtieron en 500 chiggers -pulgas- y Susana subió de categoría al esperar a su amado con “una rosa roja entre las manos y una lágrima en la mejilla”.

El show de los carapintadas adquirió sofisticación y dignidad sobre los escenarios de Broadway y el hijo de un rabino de origen lituano, apodado Al Jolson, el célebre protagonista de El cantor de jazz, nos dejó una Oh Susanna canónica e impecable, interpretada con lentejuelas y lazo de raso ante una gran banda en la que los integrantes del conjunto de banjos parecían profesores de orquesta sinfónica.

Así veo yo a ese espectacular mariachi susanista en el que se integran los ancianos de la tribu como González y Guerra, sus sucesores Zapatero y Rubalcaba y la nueva camada de los Madina Chacón, Page, Puig o Vara. El susanismo enhebra generaciones, reajunta a los enemistados, moviliza a los apáticos y sana a los enfermos.

Todos han administrado y gestionado desde hace cuarenta años una caricatura del socialismo como terreno de confrontación entre ricos y pobres, obreros y patronos, capitalistas y proletarios tan estereotipada y extemporánea como la que los carapintadas hacían de las relaciones raciales. Pero todos han modulado también la letra cuantas veces ha hecho falta, adaptándola con eficacia posibilista a las exigencias del momento.

Veremos a partir de hoy con qué versión de esa película maniquea concurre a la arena nacional la presidenta andaluza. Toda competencia en un partido de izquierdas es en principio un concurso de exageraciones. Errejón no lo entendió y por eso quedó pulverizado. La claridad del mensaje de Pablo Iglesias, dirigido siempre a la yugular de las derechas, condiciona y explica la radicalización no exenta de trampa de Pedro Sánchez: todo lo focaliza en echar a Rajoy pero cuando tuvo la oportunidad de hacerlo, exigiendo en comandita con Rivera un nuevo candidato al PP, prefirió echarse al Aventino.

El posicionamiento de Pedro Sánchez en el ala izquierda del partido puede homologarse al de Largo Caballero que también dimitió como líder del PSOE cuando el grupo parlamentario no secundó su línea de confrontación sin tregua ni cuartel en las Cortes de la República. Pero aunque la figura de Susana Díaz tenga los contornos esféricos de la de Indalecio Prieto y en el rostro de Patxi López se dibuje a veces la misma melancolía ascética que aparecía en el de Julián Besteiro, las comparaciones entre aquella otra competición a tres, en la que la línea moderada de este último quedó relegada a posiciones archiminoritarias, se agotan en la superficie.

La sociedad española se parece tan poco a la de la Segunda República como la norteamericana a la del esclavismo y la quimera del oro. De aquí a las primarias oiremos muchas consignas demagógicas y la confrontación se hará cada vez más áspera, pero ninguno de los aspirantes tendrá que abrirse paso a tiros como le pasó a don Inda, flanqueado pistola en ristre por Negrin, para no ser linchado en Ecija por caballeristas furibundos.

Desde el inicio de la transición el PSOE ha llegado dos veces democráticamente al poder y otras dos lo ha abandonado de igual modo. Ahora prepara su tercer asalto, seleccionando al líder según el impecable principio de un militante, un voto. Susana Díaz es como Rajoy una profesional de la política que nunca ha trabajado en otra cosa y ha ido labrando su carrera entre un surco de cadáveres de antiguos aliados, pero no será un dedazo el que la encumbre al liderazgo nacional y eso es mérito de la cultura política del socialismo español.

Hoy 26 de marzo comienza la primera gran porfía de una mujer hacia la presidencia del Gobierno de España. Ella llega tendiendo su rosa roja a todo el mundo pero puesto que en el primer tramo la gran mayoría de los ciudadanos, no afiliados al PSOE, seremos meros espectadores, relajémonos escuchando la vieja canción remaquetada que suena desde los vagones de su tren en marcha:”Oh Susana/ no llores más por mí/ que pronto me darás un cargo/ o alguna cosa así/ Oh, Susana, no llores más por mí/ tú me harás subsecretario/ o algo por ahí/ Oh, Susana, no llores más por mí/ pues adjudicarás contratos/ a todos los de aquí”.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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