¡Oigan ustedes, políticos!

La desafección hacia los políticos y sus modales era ya tema habitual de conversación antes de que los chicos aparcasen las videoconsolas y las chicas se despreocuparan por la talla del sujetador para salir a la calle y luchar por su futuro, que es el de todos. Pero la clase política desoye las críticas y no ha reaccionado hasta que las pancartas se han plantado frente a los parlamentos. Mal para la política y peor para la democracia. La realidad es que los gobernantes pierden credibilidad, los partidos militancia y las urnas votantes. ¿Por qué? Sin ánimo de ser exhaustivo, he aquí algunas de las (mis) razones.

1. El síndrome de la primera fila. La ciudadanía opina que los privilegios que otorga a los políticos no se ven correspondidos por el servicio que deberían prestar y no prestan a la comunidad, como, por ejemplo, velar por el Estado del bienestar o controlar la especulación financiera. Es la primera fila gratis reservada a las autoridades en cualquier recepción, tribuna deportiva o acto público. O los coches oficiales, o los sueldos y dietas desproporcionados, o el saltarse las listas de espera y un largo etcétera que concierne desde el político o gerente local con tarjeta de crédito hasta consejeros, eurodiputados, ministros y el anacrónico cuerpo diplomático.

2. Marrones con dirección única. El ciudadano no entiende que los políticos no asuman sus responsabilidades y busquen siempre algún chivo expiatorio a quien responsabilizar del trabajo sucio, el cual a su vez descarga sus agobios en los subordinados y, al fin, los marrones recaen sobre el pueblo llano. Cuanto mayor sea la capacidad de las bases para deglutir sapos y menor la cantidad de problemas que se transmitan hacia arriba, más méritos dentro del partido y más posibilidades de figurar en las listas. Mal. Mal, porque de este modo la distancia entre Gobierno y gobernados solo hace que crecer.

3. El juego de la silla, pero al revés. Como los mandos intermedios son los que más contacto tienen con la realidad y más marrones acumulan a sus espaldas, se queman rápidamente. Por ejemplo, la supervivencia media de un gerente hospitalario no alcanza los tres años. En consecuencia, se genera una rotación de cargos sobre las sillas disponibles, pero, al revés de lo que ocurre en el juego, el número de asientos en vez de disminuir aumenta con cada movimiento. No hay justificación para la expansión inexorable del empleo en las administraciones, que con cada legislatura adopta formas más imaginativas y siempre más onerosas para el erario.

4. Cinismo del malo. Admiro a Diógenes y siempre me he preguntado por qué su escuela se asocia con la desvergüenza en el mentir o en la defensa de prácticas reprochables. Echamos de menos en nuestros políticos un poco más de la modestia y la indigencia ilustrada del gran filósofo moral y lamentamos el mal cinismo con el que cambian de chaqueta, mienten o menosprecian a un adversario mientras degustan canapés con cava. ¿Cómo es posible que el president Mas y su entorno mediático equipararan los incidentes del Parlament a la kale borroka? Decididamente, nos toman por estúpidos.

5. Mediocracia. Hoy, alguien que aspire a trabajar de administrativa/o en una universidad pública sabe que para competir ha de ser licenciado y saber idiomas. Nuestra clase media estudiosa o trabajadora no acepta que tantos políticos logren sus escaños con un currículo con el que jamás podrían competir no ya en la empresa privada, sino en los primeros escalones de la propia Administración. El resultado es un discurso político huero, cobarde, culturalmente pobre y técnicamente incompetente. ¡Si al menos no despreciaran cuanto ignoran, como escribiera Machado!

6. Apropiación de lo público. Los motivos de desafecto expuestos más arriba han conducido al deterioro de la relación entre clase política y sociedad civil. Los partidos en el poder utilizan las instituciones con fines electorales y para ello han extendido sus tentáculos hasta la médula de la justicia, la enseñanza o la sanidad. Así, lo público desaparece en favor de lo político como tan bien nos lo ha contado Alejandro Nieto en su Desgobierno de lo público. De ahí a la prepotencia y la corrupción hay solo un paso que muchos políticos ya han franqueado.

Este artículo no está escrito desde las ciencias políticas o la sociología, sino desde la trinchera de la experiencia y la observación atenta. Está escrito sin ánimo de venganza, a pesar de que tras más de 25 años de ejercicio profesional en un hospital y una universidad públicos me sobran motivos para ajustar cuentas con la burocracia político-sanitaria. Pero no. Necesitamos a los políticos, necesitamos buenos políticos. A fin de cuentas, preferimos su gobierno al de los teócratas o al de los militares. Pero eso no les da una patente de corso. Deben interpretar los signos de los tiempos. Diógenes, Rousseau o Francisco de Asís tenían algo de perroflautas y todo indica que han inspirado los aforismos neorrománticos y demoledores de los acampados. Y es que tienen razón: no hay pan para tanto chorizo.

Antonio Sitges-Serra, catedrático de Cirugía de la UAB.

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