Ojalá fuera España la octava economía del mundo

Por Henry Kamen, historiador. Su último libro publicado es Los Desheredados. España y la Huella del Exilio (EL MUNDO, 17/01/08):

España está ya en periodo electoral y los dos principales partidos políticos han comenzado a hacer promesas fatuas a los votantes. Si un observador tuviera que elegir la más absurda de las promesas que se han hecho hasta ahora, sin duda alguna elegiría la promesa realizada por un dirigente de «situar el sistema universitario español entre los 10 primeros del mundo». Por el momento, según el indicador que ha elaborado un investigador de Shanghai, ni una sola universidad española figura entre las 150 mejores del planeta, así que resulta evidente que ese político está teniendo una de sus frecuentes ensoñaciones. Me acuerdo de él prometiendo en las elecciones de 2004 que la violencia doméstica en contra de las mujeres dejaría de existir cuando su partido llegara al poder. Prometió una ley que eliminaría la violencia doméstica «de forma definitiva» (¡palabras suyas!). Pero la realidad es que desde que el Gobierno puso en marcha su ley estrella contra la violencia de género, en diciembre de 2004, han sido asesinadas por sus parejas o ex parejas 210 mujeres.

Hace algunos días, el mismo líder político proclamaba con orgullo, como si fuera un logro personal, que España es «la octava economía del mundo». Si leyera la prensa con atención, se habría dado cuenta de que la descripción de «octava» (basándose exclusivamente en el PIB) no es algo que se pueda achacar al actual Gobierno, sino que le fue otorgada a España como resultado de los éxitos del anterior, en 2004. Por tanto, la persona con más motivos para estar orgullosa debería ser el anterior presidente. Ahora, cuatro años después, España ya no es la octava economía mundial. La más reciente declaración del FMI es que España, bajo el actual régimen, ha pasado a ser «la novena economía», y la predicción de los analistas de la prestigiosa firma financiera PricewaterhouseCoopers sugiere que en poco tiempo será la decimoquinta.

Sin embargo, el PIB no es de ninguna manera el único indicativo por el que se ha de juzgar si un país está creciendo económicamente. En términos no del PIB, sino del crecimiento económico real, el análisis del FMI muestra que España no supera el número 19 (el número uno es China), convirtiéndola en «la decimonovena economía del mundo». Eso, por supuesto, no es lo bastante excitante como para que un político se vanaglorie de ello.

El juego infantil de intentar estar «entre los 10 mejores» o de ser «la octava economía» revela la incapacidad de aquellos políticos que están intentando presentar sus programas al electorado. ¿Quieren gloriarse? Esto es sólo autodecepción. La realidad es que los problemas económicos son muy serios. ¿Están los políticos preocupados por ello? «La economía está al borde de la recesión, eso si ya no estamos sumergidos en ella». Las palabras las pronunciaba esta semana un experto en finanzas en Estados Unidos, pero igualmente pueden aplicarse a la situación de España.

Gracias a la enorme inyección de fondos que aportan los turistas y la Unión Europea, España ha estado viviendo en un mundo de falsos sueños. Sólo hemos de comparar su situación con la de otros países de nuestro entorno para ver que la frase «la octava economía del mundo» es poco más que una ficción que algunos políticos han creado para esconder la incómoda verdad.

Un informe reciente del Banco Mundial no acepta la utilidad del PIB como una medida de progreso, y prefiere considerar la capacidad de innovación económica de cada país. Tomando como criterio la aptitud para la competición, el Banco ha situado a España en el número 39 en su análisis de 175 países. Limitando su análisis sólo a la Comunidad Europea, el Banco puso a España casi al final de la lista de países europeos. Sería interesante ver este rasgo informativo en la publicidad electoral de los partidos que están actualmente presentándose a las elecciones. No se atreven a ello, porque significaría que tienen que ofrecer una solución a un problema cuya existencia se niegan a reconocer, es decir, la falta de la innovación tecnológica en España.

Si restringimos nuestras fuentes de información sólo a instituciones de la Comunidad Europea, encontraremos que combinan su optimismo con considerable pesimismo sobre las capacidades de España. Los datos que ofrece la OCDE son muy reveladores. Por ejemplo, España parece tener la tasa más alta de inflación de cualquier país de Europa. Hacia finales de 2007, la tasa de inflación era del 4,3%, la más alta en 10 años. Gran parte del problema está relacionado con la disponibilidad de recursos. El consumo en España ha continuado cayendo durante el pasado año, con serias consecuencias para los comerciantes.

Sobre todo, deberíamos recordar las razones por la actual crisis financiera en el mundo occidental, en especial la cuestión de las hipotecas y los valores de la propiedad. España está viviendo peligrosamente, porque está sentada encima de la mayor burbuja inmobiliaria del mundo. El año pasado, en España se construyeron más de 800.000 hogares, superando a Francia, Alemania e Italia juntos. El precio de la vivienda aumentó un 270% durante la pasada década, y una auténtica burbuja inmobiliaria se formó el año pasado, aunque de momento sólo ha afectado a algunas entidades. Pero el peligro todavía permanece. Cuando la burbuja estalle, lo hará en la cara de la economía española. Según un pronóstico reciente, 250.000 trabajadores de la construcción en España perderán sus trabajos hasta el año 2010.

La tasa de desempleo en la España socialista es la más alta de Europa después de la de Polonia, la que no convierte a España precisamente en un paraíso para la clase trabajadora. La imagen se empeora con el increíble nivel de contratos no permanentes, más típico de una economía primitiva que de «la octava economía del mundo». España ostenta el dudoso honor de tener (según un estudio elaborado por Randstad Holding) la tasa de temporalidad laboral más elevada de la UE, alcanzando un 30% del empleo, frente a un 17% de media europea. Sin embargo, el gran factor que salva a España es la inmigración.

Al contrario que otros países de nuestro entorno, España no hace ningún intento de controlar el flujo de inmigración procedente de naciones más pobres, ya sea de Europa o Africa. El aspecto beneficioso de ello es que los millones de ilegales e inmigrantes indocumentados han ayudado a mantener con vida a sectores importantes de la economía. Los inmigrantes también están ayudando a mantener los niveles de población saludablemente: en la zona rural donde vivo, la mayoría de nacimientos son de niños de origen marroquí. Sin embargo, cuando la burbuja económica estalle, los inmigrantes sin trabajo seguramente serán los primeros en rebelarse, y, cuando eso pase, España puede tener su primera experiencia de conflicto racial.

Entretanto, la inmigración parece ser el único punto claro en el horizonte de la economía. El impacto sobre la situación social es, por supuesto, otra cuestión. Los inmigrantes ya han convertido a Cataluña en una región donde la principal lengua hablada es el castellano, no el catalán.

No hay duda de que la recuperación económica de España durante el siglo XX ha sido una especie de milagro. En los años 60, era todavía un país casi del Tercer Mundo, con muy poco que ofrecer, pero el desarrollo de vínculos con Europa le ha proporcionado una riqueza y un éxito que todavía despiertan admiración. Cada Gobierno ha contribuido a la recuperación y tanto el de González como el de Aznar se destacaron por su logro económico. Pero hoy la situación es muy diferente. Hay una amenaza de crisis económica seria. No obstante, en tiempo de elecciones es cuando la verdad más sufre, y cada partido hará todo lo posible para deslucir los logros de sus rivales y desvirtuar la situación económica. En particular, el partido en el poder intentará demostrar que ha conducido el país a las puertas del paraíso. Aunque España está muy lejos de éste, y es completamente irresponsable continuar repitiendo la fantasía de que «España es la octava economía del mundo».

Todo indica que el país está a punto de afrontar un periodo difícil durante el que se necesitarán líderes responsables que no se contenten con eslóganes, sino que estén preparados para dar prioridad a los intereses de todos los españoles, incluyendo a aquéllos que tienen puntos de vista políticos divergentes.