ONGs y voluntarios en la gestión de los refugiados: ¿indispensables o parte del problema?

Recientemente Fabrice Leggeri, Director de la Agencia FRONTEX, acusó a las ONGs, que diariamente rescatan a centenares de inmigrantes cerca de las aguas libias, de apoyar indirectamente a los traficantes y de fomentar la inmigración irregular. Aunque las ONGs y voluntarios llevan años realizando una ardua labor rescatando y dando asistencia a refugiados e inmigrantes, las acusaciones de apoyo al tráfico ilícito de inmigrantes y de fomento de la llegada de personas a Europa no han cesado contra ellas.

Si bien es indudable, y de sentido común, que no son las organizaciones no gubernamentales las que llevan a estas personas a huir de la guerra y de la pobreza, ¿cuál es su rol en la gestión de la crisis de refugiados?, ¿acaban siendo las ONGs, muy a su pesar, una parte más del problema? Por muy compleja y controvertida que sea la respuesta, es posible que si bien a corto y medio plazo estas organizaciones, así como los voluntarios, ayudan a salvar numerosas vidas, a largo plazo su actividad puede estar causando involuntariamente un problema mayor.

Dentro de la amalgama de actores que gestionan la llamada crisis de los refugiados, los voluntarios independientes así como las ONGs tienen como tarea principal hacerse cargo de, o bien todo aquello que los gobiernos no quieren hacer, o bien de aquello que a las grandes organizaciones gubernamentales como ACNUR o la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) no les toca o no pueden por mandato de los gobiernos a los que asisten. En definitiva, se encargan de hacer aquellas tareas que los gobiernos dejan a un lado y de rellenar los huecos de asistencia que el resto omiten, ofreciendo todo tipo de ayuda y apoyo.

Sin embargo la tarea de las ONGs y de los activistas no es sencilla dado que se encuentran con grandes escollos. El principal de todos ellos es hacer frente a los gobiernos de los países donde intentan actuar. De tal manera que el alcance de las acciones y de la asistencia que éstas pueden dar a refugiados e inmigrantes depende plenamente del interés que el gobierno de turno tenga en que se preste o no dicho apoyo, y de su política migratoria. Mientras que en Grecia numerosas ONGs hacen un papel determinante para mejorar las condiciones de vida de los refugiados, en otros países como Macedonia o Serbia los gobiernos les impiden o prohíben mitigar la situación de los migrantes. Por ejemplo, el gobierno serbio solo permite a pequeñas organizaciones de voluntarios dar una ración de comida al día a todos aquellos que se encuentran fuera de los centros oficiales, al considerar que ofrecerles más servicios y ayuda provocaría un efecto llamada.

No cabe duda que las organizaciones no gubernamentales y voluntarios que trabajan en los Balcanes y en el Mediterráneo desde 2015 llevan a cabo una valiosa e importantísima labor, en muchos casos omitida o ignorada. Tan simple como que, sin muchas de estas organizaciones y de los voluntarios independientes, lo más seguro es que buena parte de estos refugiados e inmigrantes que llegan a Europa (de los cuales muchos son menores no acompañados) morirían de hambre o de frío.

Pero la labor realizada por todas estas ONGs y activistas tiene una clara consecuencia perversa, como ellos mismos afirman: mitigar los efectos de las políticas migratorias restrictivas implementadas por la UE y sus estados miembros, y por los países de los Balcanes. Así, las acciones que las organizaciones y voluntarios llevan a cabo en este contexto, traen consigo que las consecuencias más terribles de las políticas de control se atenúen, que una crisis de mayor alcance se evite y, por tanto, que el problema permanezca latente y se reduzca la importancia y la visibilidad del mismo. En definitiva, tienen que convivir con el dilema de que esas mismas actuaciones, que por un lado permiten salvar vidas, ayudan por otro lado a reducir, mitigar u ocultar la gravedad y tragedia de las más de 74.000 personas que se encuentran bloqueadas en los Balcanes y Grecia.

Al realizar esta labor humanitaria, en muchos casos las ONGs acaban por realizar unas tareas que la UE y grandes organizaciones estatales como ACNUR o la OIM deberían estar realizando. O, peor aún, acaban siendo indirectamente instrumentalizadas por los gobiernos balcánicos y europeos para poder desentenderse de la gestión de miles de personas que tienen en su territorio. Ante este dilema no son pocas las organizaciones (como Médicos Sin Fronteras en las islas griegas) que se han visto en la tesitura de tener que escoger entre aceptar ser parte del problema para seguir realizando su labor humanitaria o abandonar su misión y, por tanto, a miles de refugiados e inmigrantes en apuros.

Los actores humanitarios son, como ellos mismos apuntan, una parte importante del problema dado que se han visto en la tesitura de participar y alimentar un sistema restrictivo migratorio. Por un lado aliviando las conciencias de buena parte de la sociedad así como de sus gobiernos, y por otro haciendo posible que la burbuja de la crisis no explote. Si bien no se trata de hacer una revisión crítica del papel de las ONGs y de los voluntarios, especialmente teniendo en cuenta la indispensable e incalculable labor que realizan salvando miles de vidas, es importante resaltar la complejidad de su situación y el dilema continuo al que se enfrentan: la posibilidad de ser una parte más del problema y no de la solución.

Elena Sánchez-Montijano, investigadora sénior, CIDOB, y Jonathan Zaragoza-Cristiani, Borderlands Project, European University Institute

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