¿Opa política hostil?

Por Samuel Hadas, primer embajador de Israel en España y ante la Santa Sede (LA VANGUARDIA, 16/11/05):

El Partido Laborista amaneció el 10 de noviembre ante una nueva (e inesperada) realidad. Posiblemente se esté ante un dramático seísmo político de consecuencias imprevisibles que afecte no solamente al liderazgo del partido, sino al curso mismo de la política israelí. La elección de Amir Peretz como su presidente y candidato a la jefatura del Gobierno en las próximas elecciones agrega un nuevo e impredecible factor a la de por sí convulsionada política israelí.

Por lo pronto, el anticipo de las elecciones previstas para noviembre del 2006 es ya un hecho: podrían tener lugar en marzo o abril del año próximo. Muchos, sobre todo en el exterior, se preguntan quién es Amir Peretz. Se trata indudablemente de un auténtico y carismático líder sindical, que representa un enfoque social relegado a un segundo plano por su partido, cuya prioridad ha sido hasta ahora la seguridad del país y la búsqueda de soluciones al conflicto con los palestinos. Sus detractores consideran que representa los intereses de los sindicatos más poderosos, mientras que Peretz arguye que la economía de mercado exige restricciones y que el Estado debe desempeñar un papel decisivo, por cuanto la economía de mercado está motivada por las utilidades y no por el bienestar de los ciudadanos. Su elección marca un intento de devolver a su partido su identidad original, la de una formación para la que los valores de justicia social son de importancia prioritaria.

En opinión de Peretz, la brecha social creada por los últimos gobiernos de la derecha es una bomba de relojería que amenaza devastar el país, lo que exige la inmediata adopción de medidas económicas de largo alcance de apoyo a los sectores menos favorecidos (sus críticos consideran que se trata de populismo puro, por cuanto el país, condicionado por la economía global, difícilmente pueda soportar la política social y económica que preconiza). Pero Peretz ha sido un consistente representante del viejo socialismo que cree en una economía centralizada y una activa injerencia del Gobierno. Su primer y anunciado paso será separar a su partido de la coalición gubernamental que permitió llevar adelante la retirada de Gaza y del norte de Cisjordania y obligar al primer ministro a anticipar las elecciones parlamentarias, las que seguramente tendrán lugar en los primeros meses del 2006. Siempre ha sido arriesgado predecir el rumbo de la política israelí, sobre todo en un momento tan peculiar como el actual, cuando su primer ministro gobierna sin el apoyo de amplios sectores de su propio partido, que consideran que Ariel Sharon no hace otra cosa que implementar la plataforma laborista. Mientras algunos consideran que el partido de Ariel Sharon, el Likud, se dirige hacia un cisma inevitable, otros sostienen que, ante la nueva amenaza electoral, el partido unirá fuerzas. Los dirigentes del Likud no tardarán en reconocer que el seísmo en el laborismo afectará también a su propio partido. Según las primeras encuestas de opinión realizadas después de la elección de Peretz, el Partido Laborista obtendría 28 diputados, en lugar de los 19 que ganó en las elecciones a la legislatura actual. Sus declaraciones le han valido acusaciones de dirigentes del Likud de “comportarse como un matón”, a lo que los dirigentes laboristas han respondido que “el Likud se encuentra en un estado de pánico” y que “el menosprecio hacia Peretz demuestra una histeria considerable”.

El nuevo líder no tendrá cien días de gracia, ni siquiera tuvo uno. Recorre desde el primer día un campo minado que, aunque familiar, le será sumamente difícil intentar desmantelar y salir intacto: deberá, en primer lugar, consolidar su liderazgo en su propio partido, en el que no faltan quienes rechazan abiertamente su política, y considerar cuidadosamente cómo utilizar su poder en el partido si quiere ganar su apoyo para la implementación de la plataforma política con la que fue electo. “Dictadorzuelo”, “tirano”, “caricatura” son solamente algunos de los apelativos con que la vieja guardia lo recibió. “Peretz se apoderó del partido con una opa hostil”, declaró uno de ellos en referencia al hecho de que apenas unos meses atrás retornara al partido que había abandonado para encabezar uno propio (con apenas tres diputados). Más difícil le será consolidarse como líder a nivel nacional, responsable y juicioso, capaz de dirigirse a la opinión pública del país de igual a igual con quien será su principal oponente, Ariel Sharon o Beniamin Netanyahu. Aunque la opinión pública israelí se inclina gradualmente hacia posiciones cada vez más moderadas, como lo demostró su apoyo a la desconexión y en favor, según todas las encuestas, de futuras concesiones, aún tiene un largo camino que recorrer para hacer suyas las posiciones por las que aboga Peretz, una paloma política. Peretz buscará imponer en la campaña electoral una agenda económico-social, pero sus rivales la enfocarán en los temas de seguridad, sobre todo si se reanuda en vísperas de las elecciones la violencia terrorista (que en el pasado envió a la oposición a dos primeros ministros laboristas). La elección de Peretz simboliza por el momento solamente un cambio generacional, pero podría muy bien significar además el desplazamiento del centro de gravedad político de los temas de seguridad y defensa hacia los temas económicos y sociales. Algún comentarista ya le advirtió de que debería ignorar los consejos de aquellos que le sugieren afeitarse su singular mostacho, símbolo del cambio.