Opciones del perdedor anunciado

Aunque toda campaña puede producir sorpresas, las encuestas no vaticinan suspense en las elecciones al Parlament. Probablemente CiU podrá gobernar en solitario, apoyándose en distintos partidos según el tema. Incluso, aunque el PSC obtuviera los mismos números que en esta legislatura, ya no podrá articular una nueva coalición (el PSC ha permitido la deslegitimación de los gobiernos de coalición de forma pasmosa).

Algunas incógnitas menores proporcionan interés. Una es si el PP prioriza en la campaña temas económicos, ahora que tienen una campeona anticrisis en la Merkel, o la defensa de la Constitución. La segunda opción indicaría que sus encuestas le salen tan bien para las generales que no precisa extremar precauciones en Catalunya. Otro asunto que seguir será el voto del independentismo declarado y su reparto. Parte del avance del independentismo está ligado a que estas serán elecciones sin líderes, ya que ningún cabeza de lista se reclama como tal, excepto Laporta, que ha visto bien la oportunidad, proclamándose líder con «panache» característica. También habrá que seguir cuestiones como la inmigración e identidades culturales, en los que la izquierda sale con desventaja por su atrapamiento en lo políticamente correcto.

En contraste, no es incógnita el efecto de la posible financiación irregular de CiU y corrupción, al menos virtud cívica escasa, de ciudadanos próximos a la coalición: ninguno. La dirección y votantes de CiU tienen la misma reacción ante estas cuestiones que el PP valenciano y sus electores, sociológicamente análogos.

Pero lo más interesante será la campaña del PSC. ¿Qué puede hacer un partido al que todas las encuestas indican como perdedor?

El PSC tiene pocas opciones a corto plazo. Y ya denota desconcierto. Antes de vacaciones lanzó una campaña en vallas publicitarias con Montilla declarando «segueixo creient», en la justicia social, la política…, reconociendo implícitamente que no se ha dedicado a los electores del PSC, como si hubiera estado distraído en temas no prioritarios para ellos… como el Estatut. Nadie gana una campaña lamentándose por la leche derramada, tratando de recuperar en pocas semanas la identidad perdida.

Al PSC no le queda más remedio que hacer de estas elecciones la primera fase de una nueva estrategia a largo plazo y conducirse, aunque parezca paradójico para un partido gobernante, como si fuera oposición (de hecho lo es, por la hegemonía social e ideológica nacionalista).

Por décadas, el PSC ha tenido en Pujol un adversario formidable, que obtuvo un mandato electoral de enorme inteligencia. Por la confianza del electorado en su persona, por su sincronía con la psicología de buena parte del país, Pujol estuvo exento de dar explicaciones detalladas de sus fines y medios (por ejemplo, independencia o no, alianza con el PP o no). Mitterrand decía que un político sólo abandona la ambigüedad con peligro. Pujol siguió esta recomendación con excelencia y todavía hoy, astuto, se niega a definirse respecto al soberanismo. Pero, sobre todo, Pujol aprovechó el juego que daba esa ambigüedad, el desconocimiento por los electores de las responsabilidades de cada Administración y la suerte de no soportar ninguna crisis económica como la actual, para vincular, en la mentalidad de las clases medias, nacionalismo de CiU con gobierno solvente.

Mas, que carece del capital de confianza de Pujol, se siente en la obligación de dar garantías y al hacerlo comete errores. Como lo del notario en las anteriores elecciones. Actualmente, Convergència, en su competencia por hacerse con el voto soberanista, se va definiendo, aunque sea incrementalmente, pero ya no ladinamente, como independentista. El tan calculador, tan burgués, tan CiU, «el referéndum se hará cuando se pueda ganar» – la versión convergente del peneuvista «que otros sacudan el árbol, que nosotros recogeremos los frutos»- está dando al PSC un resquicio para sacar a CiU del centro político, agruparla en un extremo con los otros soberanistas y fijarla como diana. El argumentario de esta estrategia es obvio: el soberanismo es todo igual; una cosa es Convergència, otra Unió; la dirigencia de CiU es más radical que el partido, y este más que sus votantes; el líder de todo ese tótum revolútum será Laporta, no los convergentes, y Laporta no cuadra ni las cuentas del Barça; el soberanismo es radicalismo y pondrá en peligro la economía catalana; Convergència ya no sirve a la sociedad civil catalana, sino a su clase política radical… (Si estos argumentos son ciertos o no, no es objeto de este artículo.) La única opción a largo del PSC es romper la conexión nacionalismo y gobierno fiable. Tarea de años, no de una campaña electoral.

El gran secreto de las elecciones catalanas es que ni han sido ni son primordialmente sobre nacionalismo, y menos sobre soberanismo, sino sobre gobernabilidad, que CiU ha sido capaz de vincular a ella misma en la Generalitat, sin socios. La pegada electoral de CiU es su capacidad de gobernar, no su nacionalismo, que ha utilizado como finta para desorientar al PSC, consiguiéndolo siempre. Sería irónico que el PSC tuviese su oportunidad en que CiU acabase creyéndose su propios señuelos electorales.

José L. Álvarez, doctor en Sociología por la Universidad de Harvard y profesor de Esade.