Orden Mundial Liberal, R.I.P.

Después de casi mil años de existencia, bromeó el filósofo y escritor francés Voltaire, el debilitado Sacro Imperio Romano no era ni sacro ni romano ni un imperio. Hoy, unos dos siglos y medio después, el problema, para parafrasear a Voltaire, es que el debilitado orden mundial liberal no es ni liberal ni mundial ni ordenado.

Estados Unidos, en estrecha colaboración con el Reino Unido y otros, estableció el orden mundial liberal luego de la Segunda Guerra Mundial. El objetivo era garantizar que las condiciones que habían conducido a dos guerras mundiales en 30 años nunca volvieran a producirse.

Con ese fin, los países democráticos se propusieron crear un sistema internacional que fuera liberal en el sentido de que estuviera basado en el régimen de derecho y el respeto de la soberanía y la integridad territorial de los países. Los derechos humanos debían estar protegidos. Todo esto debía aplicarse a todo el planeta; al mismo tiempo, la participación era abierta para todos y voluntaria. Se crearon instituciones para promover la paz (las Naciones Unidas), el desarrollo económico (el Banco Mundial) y el comercio y la inversión (el Fondo Monetario Internacional y lo que años más tarde se convirtió en la Organización Mundial de Comercio).

Todo esto, y más, contaba con el respaldo del poderío económico y militar de Estados Unidos, una red de alianzas en toda Europa y Asia y armas nucleares, que servían para disuadir la agresión. El orden mundial liberal se basaba así no sólo en los ideales abrazados por las democracias, sino también en un poder duro. La Unión Soviética, decididamente iliberal y con una noción esencialmente diferente de lo que constituía el orden en Europa y en todo el mundo, era consciente de esto.

El orden mundial liberal parecía más robusto que nunca con el fin de la Guerra Fría y el colapso de la Unión Soviética. Pero hoy, un cuarto de siglo después, su futuro está en duda. Por cierto, sus tres componentes -liberalismo, universalidad y la preservación del propio orden- están siendo cuestionados como nunca antes en su historia de 70 años.

El liberalismo está en retirada. Las democracias están sintiendo los efectos del creciente populismo. Los partidos de los extremos políticos han ganado terreno en Europa. El voto en el Reino Unido a favor de abandonar la UE fue una señal de la pérdida de influencia de las elites. Inclusive Estados Unidos está experimentando ataques sin precedentes por parte de su propio presidente a los medios, las cortes y las instituciones judiciales del país. Los sistemas autoritarios, entre ellos China, Rusia y Turquía, se han vuelto aún más inestables. Países como Hungría y Polonia parecen no estar interesados en el destino de sus democracias jóvenes.

Cada vez es más difícil hablar del mundo como si fuera un todo. Estamos presenciando el surgimiento de órdenes regionales -o, más pronunciados en Oriente Medio, desórdenes-, cada uno con sus propias características. Los intentos por crear marcos globales están fracasando. El proteccionismo está en alza; la última ronda de conversaciones sobre comercio global nunca dio frutos. Existen pocas reglas que gobiernen el uso del ciberespacio.

Al mismo tiempo, la rivalidad de las grandes potencias está de regreso. Rusia violó la norma más básica de relaciones internacionales cuando utilizó la fuerza armada para alterar las fronteras en Europa, y violó la soberanía estadounidense a través de sus esfuerzos por influir en la elección de 2016. Corea del Norte se ha burlado del fuerte consenso internacional contra la proliferación de armas nucleares. El mundo se ha quedado paralizado frente a las pesadillas humanitarias que se desarrollan en Siria y Yemen, y es poco lo que se hizo en las Naciones Unidas u otros ámbitos en respuesta al uso de armas químicas por parte del gobierno sirio. Venezuela es un estado fallido. Una de cada cien personas en el mundo hoy es un refugiado o está desplazado internamente.

Existen varios motivos por los cuales todo esto está sucediendo, y ahora. El ascenso del populismo es en parte una respuesta a los ingresos estancados y a la pérdida de empleos, debido principalmente a las nuevas tecnologías pero que, en general, se atribuye a las importaciones y a los inmigrantes. El nacionalismo es una herramienta cada vez más utilizada por los líderes para apuntalar su autoridad, especialmente en condiciones económicas y políticas difíciles. Y las instituciones globales no han podido adaptarse a los nuevos equilibrios de poder y a las nuevas tecnologías.

Pero el debilitamiento del orden mundial liberal se debe, más que cualquier otra cosa, a la actitud diferente de Estados Unidos. En el gobierno del presidente Donald Trump, Estados Unidos decidió no pertenecer al Acuerdo Transpacífico y retirarse del acuerdo climático de París. Ha amenazado con abandonar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y el acuerdo nuclear iraní. Ha introducido unilateralmente aranceles al acero y al aluminio, basándose en una justificación (la seguridad nacional) que otros podrían utilizar, colocando con esto al mundo en riesgo de una guerra comercial. Ha formulado cuestionamientos sobre su compromiso con la OTAN y otras alianzas. Y rara vez habla sobre democracia o derechos humanos. “Estados Unidos primero” y el orden mundial liberal parecen incompatibles.

Mi punto no es señalar y criticar a Estados Unidos. También se podría criticar a las otras grandes potencias de hoy, entre ellas la UE, Rusia, China, India y Japón, por lo que están haciendo, lo que no están haciendo o ambas cosas. Pero Estados Unidos no es un país más. Fue el principal arquitecto del orden mundial liberal y su principal defensor. También fue un beneficiario importante.

Por ende, la decisión de Estados Unidos de abandonar el papel que ha desempeñado durante más de setenta años marca un punto de inflexión. El orden mundial liberal no puede sobrevivir por sí solo, porque otros carecen del interés o de los medios para sustentarlo. El resultado será un mundo menos libre, menos próspero y menos pacífico, para los norteamericanos y para otros por igual.

Richard N. Haass, President of the Council on Foreign Relations, previously served as Director of Policy Planning for the US State Department (2001-2003), and was President George W. Bush’s special envoy to Northern Ireland and Coordinator for the Future of Afghanistan. He is the author of A World in Disarray: American Foreign Policy and the Crisis of the Old Order.

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