Orgullo de ser europeo

Por Eugenio Trías, filósofo y miembro del Consejo Editorial de El Mundo (EL MUNDO, 16/03/03):

No puede determinarse de antemano el modo singular en que la fundación se produce. Se requieren esfuerzos múltiples para que tenga lugar el evento. Puede haberse esperado pacientemente años, incluso décadas. Puede haberse ensayado en varios frentes preparatorios: el económico, sobre todo; o el referente al modelo social, o a la sutil manera de proyectar la interrelación del estado con la sociedad civil; o el modo de concebir los centros urbanos; o de articular y configurar la estructura misma de los estados de la unión.

Pero ésta se hace a veces esperar. O debe aguardar la ocasión para que se produzca. Es preciso que las formas y las esencias hayan madurado; o que el recuerdo de las razones del Gran Tutelaje (norteamericano) quede lejano: una guerra mundial de la cual los que cumplimos sesenta años ya no guardamos memoria; una tensa guerra fría con un enemigo primero implacable, luego vulnerable.

A la ocasión la pintan calva, pero con un mechón de pelo en la cabeza (que hay que agarrar al vuelo). Lo cierto es que la ocasión se ha dado: ha funcionado el doble eje, o doble meridiano entrecruzado, a partir del cual puede tomarse constancia de una posible fundación con proyecto de futuro. Como en toda fundación cívica, o política, ésta deriva de la adecuada intersección de un doble meridiano, primero celeste (espiritual) y luego terrestre (económico, político).

En el caso que nos ocupa, se trata del meridiano formado por Berlín y París, definitivamente curadas las heridas de pasados litigios trágicos; entrecruzado con el eje vertebrador de Europa, desde Aquisgrán a la Isla de Francia, o desde Carlomagno a Felipe Augusto, o desde la cruzada contra los Albigenses hasta Napoleón Bonaparte: el eje Francia-Vaticano.

Nuestro país ha tenido la gran ocasión de integrar el pequeño relato de sus gestas imperiales, o de sus desastres y decadencias políticas, con guerras civiles y posguerras incluidas, en una unidad mayor de narración. De pronto se nos ha suscitado un «proyecto sugestivo de vida en común» (Ortega) que podría vivirse, en sentimiento de comunidad supranacional, a la manera de un «plebiscito diario» (Renan).

Todo estaba encaminado en esa dirección: el paso al frente que en su día dio el presidente francés, y tras él todos los demás mandatarios europeos (con más reticencia, los norteamericanos), en el reconocimiento de la Monarquía Constitucional Española. Y con ello la épica de toda una generación, a la que pertenezco, en la que el ingreso en la Modernidad, y en sus convulsiones y crisis posmodernas, era sinónimo de integración en Europa.Y no sólo en la economía o en la forma democrática de gobierno; sobre todo en las conexiones y complicidades artísticas, literarias, intelectuales; en los gustos, en las evaluaciones, en los juicios morales y estéticos; en toda la trama de sentimientos y estimaciones que van formando el curso de un relato o narración compartido, en el cual se puede ser español, francés, italiano, alemán, austriaco, belga o portugués sin que haya dificultad alguna de ser y sentirse europeo; del mismo modo como un buen entendimiento de las nacionalidades o de las regiones, o de las naciones sin Estado, permite la integración, con mayor o menor simetría según los casos, en unidades de relato y narración más envolventes.

Toda la atención y la política parecían encaminarse en esa dirección; sólo faltaba la señal de salida; y ésta ha surgido, como siempre ocurre, de manera poco previsible, a partir de una decisión unilateral al parecer irrevocable de la Administración norteamericana que va encaminada a aniquilar todo el sustento jurídico y legal en que se asentaba la Sociedad de Naciones y el supuesto mundo multicéntrico y multipolar en que vivíamos. Y esto sucede en un momento en el que en el centro del imperio habita un personaje de la estirpe de los Calígula, Nerón, Domiciano, Cómodo, Caracalla o Maximino (y no, precisamente, de la noble prosapia de Claudio, Vespasiano, Tito, Trajano, Adriano, Antonino Pío, Marco Aurelio o Alejandro Severo); un personaje que me ha hecho releer una obra de Calderón de la Barca, muy aleccionadora para entender lo que está sucediendo; se titula El hijo del sol, Faetón.

Todo el orden astral y cósmico corre el riesgo de devolver el mundo al caos porque un día el joven insensato Faetón arrebata el carro a su padre Helios y quiere oficiar de auriga; los planetas se salen de sus órbitas, los océanos generan nuevos diluvios, el sol se oscurece y, finalmente, el personaje paga con su vida el dislate; como le ocurrió a Carlos XII de Suecia, que quiso emular a su gran ancestro Gustavo Adolfo en sus hazañas bélicas, y sólo consiguió arruinar para siempre el pequeño imperio sueco construido por el antepasado militar que sembró el terror en Alemania durante la guerra de los treinta años.

Justo ahora, cuando un personaje peligrosísimo está dispuesto a desbaratar todos los poderes compensadores producto de miles de mediaciones y los precarios equilibrios que existen en un mundo complejo y global; justo ahora, cuando el hijo de quien no era precisamente el Rey Sol, sino el primero en alumbrar el huevo de la serpiente con el nombre de Nuevo Orden Mundial; justo ahora, nuestro gobernante español arruina toda la política exterior del último medio siglo (desde la orientación hacia Francia, o hacia Alemania, de la Transición y sus primeros gobiernos, hasta la tradicional amistad con los árabes, quizás el mejor haber de la política exterior franquista, sabiamente prolongada por la Monarquía Constitucional) con la más asombrosa modificación de alianzas.

Se escribe a veces, en la prensa nacional, que la decisión unilateral que va a llevarnos a no se sabe qué escenario imprevisible (y tremendamente peligroso) está encabezada por Estados Unidos, Gran Bretaña y España. Pero la prensa extranjera muchas veces no recoge el nombre de España; y en ocasiones aparece más bien el de Bulgaria, que debe sonar más (por razón quizás de exotismo).Es esa una noticia estupenda; podría remediarse el grandísimo error que (a mi leal entender) se está cometiendo sin que, quizás, fuera de España se hayan enterado demasiado.

Aunque me temo que se está imponiendo en nuestros vecinos la imagen lamentable de un país que carece de solvencia y coherencia en su política exterior, o que puede dar giros y vuelcos erráticos; o que una idea inicial no errada (la de matizar con sutiles alianzas anglosajonas la orientación más «continental» de anteriores gabinetes) se vaya al traste, o al desastre, por la incapacidad de flexibilidad, o de sutileza, propia de un modo tosco de entender promesas y alianzas; sobre todo, cuando el mandatario del imperio es del género de los «emperadores monstruos», de los que son capaces de incendiar Roma a través de sus sicarios para luego organizar una redada en toda regla contra los enemigos «cristianos».

Me siento estos días orgulloso de ser europeo, aun cuando al final unos y otros (europeos, rusos, chinos) tengan que doblegarse ante este imperio que no quiere saber que, desde Roma en adelante, jamás ha existido un solo imperio en singular, sino siempre un primum inter pares; pues la gran expansión islámica tuvo su freno en Francia, y nunca pudo acabar con el imperio bizantino; y el imperio romano-germánico luchó con el papado en la Edad Media por cuestión de investiduras; el imperio español no acabó con el otomano; ni la irresistible ascensión de Francia fue obstáculo para que se fuese expandiendo el imperio británico, que sin embargo coexistió en Europa con la emergencia de las nuevas naciones italiana y alemana, y con la vida algo vegetativa de los imperios otomano y austrohúngaro.

Me siento orgulloso de que una forma hasta hoy sensata de plantar cara al Imperio por parte de las más advertidas y avisadas diplomacias de la vieja Europa, la del Vaticano y la francesa, haya coronado una ejemplar forma de manifestarse por las calles en toda Europa, también en Norteamérica, en Australia, etc.

Ya es hora de denunciar el cinismo de nuestra Administración, que toma casi como un veredicto esta suerte de manifestaciones cuando se producen en razón de un alevoso asesinato terrorista y, en cambio, las ignora olímpicamente, o las menosprecia del modo más desconsiderado, cuando se trata de una manifestación en la que el instinto y el buen sentido de todos los ciudadanos sabe perfectamente que en el desencadenamiento o no de esta maldita guerra está en juego su futuro; también el de sus hijos y nietos.

Precisamente me emocionó comprobar la ausencia de colectivos que utilizasen la concentración, masiva y pacífica, para otros fines que los que enunciaba la razón, la única razón por la que fue convocada: evitar que nos sustituyan el Miedo por el Terror; o que la infernal lógica (hobbesiana) de la Seguridad se cumpla; pues cuanto más se obsesionan con ella los gobernantes mayor inseguridad generan; y entre tanto arruinan para siempre la libertad, al quedar nuestras vidas y nuestras mentes en manos de una tupida y global red de control y manipulación policial del más sofisticado carácter.

Y es que lo mejor es enemigo de lo bueno; y la tentación de erradicar con los medios que sea lo Malo engendra de manera espontánea lo Peor. Un siniestro personajillo local que tiraniza de manera alevosa a su pueblo produce, sin embargo, mucho menos espanto que la concentración de poder militar en manos irresponsables en el centro y corazón mismo del Imperio; un poder que, para mayor escarnio, se halla avalado por las urnas (aunque sea del modo más tramposo; casi al filo del reglamento). Las mismas urnas que, no se olvide, llevaron al poder a Hitler. Las que alientan hoy, en sociedades amedrentadas por el temor, a que la sociedad se ponga en manos de los más sanguinarios señores de la guerra (que debieran llamarse mejor Calibán que Ariel).

Pues Irak puede ser únicamente el primer acto de una tragedia de cinco o más escenarios; luego vendrán quizás Irán, Siria, Libia, Corea del Norte; y estaremos gobernados al fin, a escala planetaria, por un siniestro consorcio de dirigentes ávidos de sangre humana, y que a esa avidez subordinan toda su inteligencia política y diplomática. Y España aparecerá como cómplice innecesaria de esa carnicería.

A menos que una vez más los dioses decidan que las cosas sucedan de otro modo; y es que ante los vaivenes de la rueda de la fortuna sólo cabe afirmar, con Eurípides: «Los dioses hacen que lo imprevisible acontezca; y que lo que todo el mundo espera no alcance su cumplimiento».

Es posible que todos terminen doblegando la cerviz ante un poder muy superior que sólo admite vasallaje; pero ya es suficiente que a estas alturas Francia estire la cuerda más allá de toda previsión, o que el Vaticano mantenga su pulso firme (en una última y, por una vez, emocionante actitud del viejo luchador que ya puso en jaque al imperio soviético). Y todavía se preparan nuevas manifestaciones cívicas frente a esa manada de lobos (según frase de Lord Byron aplicada a los asirios) que se ha apoderado del centro del imperio; y de sus más crueles satélites en Oriente Medio.

Aunque sólo sea un instante de felicidad, reconozco de pronto un sentimiento de solidaridad y complicidad con este Viejo Continente; siento el orgullo legítimo de ser y reconocerme europeo. ¡Qué lástima que no puedo sentir la misma rabia y orgullo para poderme sentir, como sería mi deseo, español de forma plena!

O mejor, me siento español también, en atención a un pueblo que muestra su certero instinto en ocupar calles y plazas. Como tantas veces sucede en España, como ya sucedió durante la guerra de la Independencia, el pueblo posee sabiduría e instinto certero en lo político, a pesar de la tenacidad obtusa, o del descarrío moral o mental de sus gobernantes.

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