Orgullo hispano

Manifestación en Barcelona por la unidad de España. MASSIMILIANO MINOCRI

La ira enloquecida de los independentistas y la resistencia abnegada de los que en Cataluña se sienten catalanes y españoles o incluso más cosas, nos están devolviendo el orgullo como país. Tras casi cuarenta años en los que nos hemos creído la cantinela de la izquierda pretecnológica y hemos escondido las banderas, ahora todas las ciudades y pueblos se han llenado de ellas y en tal profusión, que es imposible pensar que todos los abanderados somos de derechas, por mucho que numerosos intelectuales sesentayochistas sigan expresando su aversión a nuestro principal símbolo constitucional, considerando admisible y cool cualquier enseña autonómica, republicana (preconstitucional) o incluso reivindicativa.

Pero no solo son las banderas. A mí mismo tampoco me apasionan. Lo importante es la recuperación de un cierto orgullo patrio en un país que vive un interminable noventa y ocho, una tierra que se refocila en el pesimismo y la desgana. Da igual que seamos pioneros en energías renovables e infraestructuras, que seamos los más solidarios y hospitalarios, que nuestra cultura influya en artistas de todo el mundo desde hace siglos, que vivamos en paz, prosperidad y riqueza desde que recuperamos la libertad. Ya sé que hay problemas, que mucha gente lo pasa mal, pero en todo, en todo, estamos entre los diez primeros de la clase o sea, del mundo. Entre los diez de más de doscientos. También en lucha contra la violencia machista y en descentralización y derechos civiles.

Y lo hemos hecho, lo estamos haciendo, entre todos. Y no desde ahora, sino después de quinientos años de asombrar al mundo y de a veces -menos veces- avergonzarlo, de alcanzar hitos que a todos nos han mejorado y, cómo no, de tener por todas partes del orbe más de seiscientos millones de hermanos con los que compartimos lengua y cultura, pero también ansias de libertad, valores democráticos, seguridad jurídica y respeto a la ley.

Pero no solo hemos constatado ahora, tras esta amenaza de los más xenófobos, que la bandera de España es moderna o que nuestra patria es motivo de orgullo y que un Rey ejemplar y social se ha ganado el afecto y el respeto de la mayoría. Sabemos también que nuestros principales partidos, alejados del extremismo y el cálculo interesado, pueden ponerse de acuerdo en lo esencial porque, sin saberlo al parecer, siempre han compartido principios e ideales. Podrán tener diferentes fórmulas para alcanzar la felicidad pero pretenden parecidas cosas y los españoles recibimos con alegría -y alivio- el entendimiento.

Tampoco viene mal que la gente tome las calles para clamar concordia, paz y orden legal o que se manifieste sonoramente el rechazo a los reyes del grito y del escrache. Pensaban que la razón y la gente estaban de su lado, pero ni la gente ni la razón son patrimonio de nadie.

Andábamos desorientados y desanimados y va a resultar que la amenaza y el miedo nos han devuelto a la realidad de pensar que amamos la libertad, que no queremos fronteras ni odios, que nos gusta el mundo y la diversidad y que tenemos que gritar, y gritarnos, que somos una gran nación de pueblos juntos y unidos. Una pancarta decía estos días together stronger y no hace falta saber inglés para sentir que juntos ¡somos más fuertes pero, sobre todo, mucho más sabios y mejores!

Jesús Andreu es director de la Fundación Carolina.

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