Oriente es rojo… medio siglo

Pasaron cincuenta años. Y es como si todo hubiera sucedido en otro mundo. En el tiempo sin tiempo de los mitos. En su subgénero más tenebroso. Era el tiempo en el cual escuadrones de jóvenes implacables imponían la autoridad de Mao en la inabarcable China. Cantaban juveniles himnos: «Oriente es rojo. Mao ama al pueblo…». Y el poder estaba siempre «en la punta del fusil».

1966. Universidad de Pekín. 25 de mayo. Aquel dazibao en poco se diferenciaba de los muchos cartelones políticos que cubrían las paredes. Pero Mao se ha fijado en él para tocarlo y trocarlo en mito. Una joven profesora, protegida de la esposa del Gran Timonel, fue su redactora. Aunque, una vez adoptado por el Supremo, el hallazgo quedará absorbido en su dimensión sagrada. Y el ingenio se transubstanciará en dogma: «¡Fuego contra el Cuartel General». Lo que es lo mismo: bombardead a las instancias dirigentes del Partido. La Revolución Cultural, iniciada unas semanas antes, queda consagrada ahí como mandato de Estado. Y como irrevocable destino para cortar en dos la historia, conforme a lo que exige, en su momento resolutorio, el salvífico asalto al cielo.

Oriente es rojo… medio sigloLeído ahora, la verdad es que el dazibao o cartelón, redactado por la profesora pekinesa, tampoco parecía dar para tanto. Pero su personal exégesis por Mao lo muta en canon. Escribe:

«¡Fuego contra el Cuartel General! El primer afiche marxista-leninista de grandes caracteres de China y el artículo del comentador del mismo en el Diario del Pueblo están verdaderamente escritos en forma magistral. Por favor, camaradas: vuelvan a leerlo. Porque en los últimos cincuenta días algunos camaradas importantes, desde los niveles centrales hasta los locales, han actuado en forma diametralmente opuesta. Tomando la posición reaccionaria de la burguesía, impusieron una dictadura burguesa y sofocaron el movimiento naciente de la Gran Revolución Cultural Proletaria. Alteraron el significado de los hechos y confundieron el blanco con el negro, englobaron y suprimieron a los revolucionarios apagando aquellas opiniones contrarias a las suyas, impusieron el terror blanco y se quedaron sumamente conformes con su propia actuación. Inflaron de soberbia a la burguesía y hundieron el ánimo del proletariado. ¡Esto es un veneno insoportable! Cuando estamos frente a un hecho similar a la desviación derechista de 1962 y a la tendencia equivocada de 1954, izquierdista en la forma pero derechista en esencia, ¿no es esto suficiente para estar en pie de alerta?».

«Fuego contra el Cuartel General»: así era como se escribía en China por aquellos años. Luego, sería peor. La máquina de la Revolución Cultural se puso en marcha. Fabricará millones de cadáveres. Y un derrumbe moral, del cual no se alzará ya China nunca. Pero a eso, entonces, no tenía acceso nadie. Y cuando Maria Antonietta Macciocchi fue encargada por el Gobierno pekinés, en 1971, de hacer el monumental y definitivo retrato del mundo nuevo allí forjado, la siempre tan entusiasta divulgadora italiana, al cabo de dos semanas de bien guiado picnic por el paraíso, escribirá un cuento de hadas que habría debido hacernos reír a carcajadas a todos cuantos nos fuimos embaulando las más de sus quinientas páginas. Pero la risa nos vino con veinte años de retraso. Y era una risa macabra. Sin perdón para nuestra ceguera.

Como todas las del siglo XX, la Revolución Cultural china sucedía en nuestras cabezas, nuestras lejanas cabezas: las de sus creyentes. Era la última sacralidad de la era moderna, el Dios incuestionable de aquellos que soñaron haber enterrado a los últimos dioses; también a los soviéticos, que hipnotizaron a nuestros mayores. La realidad fue la de una matanza desmedida. Idéntica, en lo esencial, a la soviética.

En un recoveco de la biblioteca guardo aún el fetiche que un amigo me trajo de Pekín en los noventa. Es toda una rareza bibliográfica: un ejemplar, algo marchito, de la primera edición china del Libro rojo. Cautas tijeras habían cortado primorosamente las dos hojas iniciales. Nadie con mi edad e historia ignorará que, de ese pequeño volumen editado a millones de ejemplares, la única verdad que sobrevive es la línea que trazó la tijera: cicatriz tras de la cual palpita un síntoma de muerte. Las cuatro páginas de papel biblia que faltan contenían el prólogo del autor: porque no es Mao-Tsé-Tung el autor del libro; lo es su antólogo y lugarteniente, Lin-Piao. Suya era la imagen que, en cartulina igualmente amputada, exhibía su especular simetría con la del Gran Timonel. Dudo que en China sobrevivan muchos ejemplares no cercenados. Tras la depuración y ejecución en vuelo del heredero de Mao que huía, sus textos fueron destruidos. Sus fotos, recortadas o trucadas. Charles Bettelheim explicaría, a finales de los setenta, cómo se procedió a esa revocación material del pasado y de las reliquias en que el pasado pudiera rastrearse. No era nuevo. Stalin hizo lo mismo, en Rusia, con la historia y biografía de los viejos bolcheviques. Al final, es de suponer que algún rescoldo quedará en la memoria de los más viejos y de los menos tontos. Mas no hay memoria personal que sobreviva a la división blindada de la mentira de Estado.

Pasaron cincuenta años. ¿Qué sabemos ahora? Lo bastante. Entre uno y tres millones de muertos: eso sabemos de la Revolución Cultural. Sabemos casi todo lo que concierne a aquello de hace medio siglo. La China en tiempo presente, esta de los campos de trabajo de ahora, que allí llaman laogai, nos es hoy, sin embargo, tan ignota cuanto nos fuera la de Mao hace ese medio siglo. Leo una escueta nota de Raúl Fernández Vítores en su tan sopesada Tanatopolítica: «En 1989, el valor de las mercancías implicadas en el comercio entre Estados Unidos y China ascendía a 19 billones de dólares estadounidenses. No pocas de esas mercancías habían sido producidas por algún laogaidiu o grupo de trabajo correccional». Dentro de otro medio siglo, nos avergonzaremos de no haber querido saber nada de esto. Como nada quisimos saber, en la primavera de 1966, del fuego que se abría sobre el «Cuartel General». O sea, sobre China.

Gabriel Albiac

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