Oriente Medio en el 2007

Por Shahram Chubin, director de investigación del Centro de Investigación de Políticas de Seguridad, Ginebra. Autor de Las ambiciones nucleares de Irán (Washington D. C.: Carnegie Endowment for International Peace, 2006). Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 29/01/07):

Si el año 2006 ha sido, en expresión de Churchill, “una tormenta en ciernes”, el 2007 promete ser una tormenta perfecta con todas las de la ley bajo cuyo impulso todos los elementos se conjuran y unen sus fuerzas para desencadenar una tremenda crisis internacional.

En el año 2006, la situación en Oriente Medio se deterioró marcadamente. Las relaciones palestino-israelíes alcanzaron un callejón sin salida, la guerra civil en Iraq se intensificó, las escisiones sectarias se enconaron. El ascendiente de Irán, que la guerra de Líbano ilustró de modo patente, tradujo el grado de autoconfianza y seguridad de que actualmente hace gala Teherán, y pudieron constatarse la desesperación y la confusión de los países de predominio suní, el desorden reinante en Israel y los errores de cálculo de Washington. El año finalizó con claros signos de que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sería incapaz de encarar adecuadamente la cuestión de los proyectos de Irán en el terreno nuclear debido al obstruccionismo de Rusia. Las elecciones estadounidenses al Congreso debilitaron la postura del presidente Bush en lo concerniente a su orientación en política exterior en los dos años que le restan de mandato.

La verdad es que cabe considerar los acontecimientos que pueden consignarse a principios de este año como el principio del fin de esta política. Los cambios registrados en la Cámara de Representantes y en el Senado, las defecciones en la filas republicanas a propósito del respaldo a la guerra de Iraq, el informe Baker–Hamilton abogando por un cierto empeño y compromiso de acercamiento a Irán y Siria… son factores que apuntan todos en esta dirección. Según una determinada interpretación, una serie de elementos contribuiría a proporcionar cobertura a los proyectos presidenciales según como se desarrollen: el cambio del secretario de Defensa (Robert Gates ha sustituido a Donald Rumsfeld), el envío de más de 21.000 soldados y el despliegue de una mayor fuerza naval y balística en la región del golfo Pérsico.

Desde este punto de vista, el presidente Bush trata de encontrar un digno intervalo que le permita, si es necesario, echar las culpas al incompetente Gobierno iraquí resaltando de paso los máximos esfuerzos y sacrificios realizados por Estados Unidos y disponiéndose a reducir drásticamente la presencia, si no a la retirada, de Estados Unidos de Iraq. Sin embargo, esta interpretación – aunque plausible- es errónea: minusvalora las cuestiones en juego y yerra a propósito del actual presidente estadounidense.

Dejando a un lado los reproches partidistas (como, por ejemplo, el que se pregunta “cómo hemos llegado hasta aquí”), la postura de Estados Unidos en Oriente Medio no se halla, de hecho, en juego ni en discusión. El acceso al petróleo, la necesaria actitud firme frente al extremismo religioso, el terrorismo y la yihad,el respaldo a los países amigos y aliados, el intento de impedir la proliferación nuclear y la carrera de armamento nuclear, la contención de las ambiciones hegemónicas de Irán… todos ellos son intereses que si algo dan a entender es su creciente trascendencia e importancia. Y la verdad es que ningún político, sea del partido que sea, los cuestiona.

Como han expresado recientemente y de manera independiente Brent Scowcroft y Henry Kissinger (International Herald Tribune,4/ I/ 2007 y 19/ I/ 2007 respectivamente), una retirada precipitada de Iraq pondría ciertamente en peligro tales intereses más generales. Al propio tiempo, Irán sigue adelante con sus planes nucleares sin ser excesivamente incomodado. Además, su intervención en Iraq (y en Líbano) parece realmente bastante estéril e inútil (si no provocativa). De hecho, la idea de que Estados Unidos e Irán se hallan empeñados en una guerra por poderes en la región no les parece del todo caprichosa o extravagante a los países del área, congregados francamente sin ganas bajo el pabellón estadounidense con ocasión de la reciente visita de Condoleezza Rice.

Cuanto antecede sería tal vez susceptible de apuntar a una segunda interpretación: la que reza que la Administración Bush no ha cambiado de rumbo sino que sigue resuelta a defender sus intereses. Dado que la situación en Iraq ha empeorado y la diplomacia con respecto a Irán sigue sumida en flujos y reflujos sin que este país dé señales de modificar su política, Estados Unidos debe en cualquier caso evaluar su política y proceder en consecuencia. El incremento de la presencia militar estadounidense en la región constituye no sólo una advertencia sino también una clara indicación de que la respuesta militar al problema iraní se halla cada día más próxima.

A estas alturas parece ya un ingrediente del acervo común sostener que un ataque militar contra Irán sería desastroso (según la frase pronunciada por el príncipe Turki bin Faisal hace unos días), lo que da por sentado que Irán adoptaría represalias y la región entera se desestabilizaría: el régimen de los mulás se reforzaría, y no cabría abrigar garantías de la destrucción de las instalaciones nucleares de Irán.

A esta perspectiva cabe oponer el argumento de que la opción de un Irán nuclear sería peor; los países vecinos seguirían su ejemplo; defender los intereses de Estados Unidos y de sus aliados sería mucho más difícil; incluso una demora impuesta al programa nuclear iraní resulta valiosa, y, por último y no en menor grado, la credibilidad estadounidense se halla en juego. Empleando la fraseología de la guerra de Vietnam, Estados Unidos no debe aparecer como un “gigante en estado lastimoso e impotente”. Desde este punto de vista, la cuenta atrás a un enfrentamiento con Teherán ya ha empezado.

¿Dónde quedan en todo esto los europeos?La frase está perdiendo su sentido. Después de tres años de cooperación, iniciativa y coordinación con Estados Unidos, las principales potencias europeas están volviendo de nuevo a sus respectivas agendas nacionales. Francia – que ya no es un motor de Europa- ha vuelto a sus objetivos de miras estrechas debilitando al propio tiempo la solidaridad intercontinental (ya actuó de modo similar durante los años ochenta a propósito del conflicto de los rehenes, Líbano y el terrorismo). Al enviar a un emisario a Teherán a negociar sobre el problema de Líbano, ha roto filas lanzando de paso un mensaje erróneo a Irán sobre la resolución 1737 del Consejo de Seguridad de la ONU (23/ XII/ 2006). Alemania, por el contrario, ha adoptado una postura más clarividente y práctica a la vez. reconociendo que nada puede propiciar mejor un ataque militar que un callejón sin salida en el plano diplomático, Alemania intenta crea una coalición en el seno de la UE para aplicar sanciones a Irán más duras que las de la ONU (si Rusia sigue bloqueando éstas). Ningún país europeo quiere el enfrentamiento militar; nadie desea un Irán nuclearizado. Lamentablemente, sólo un país parece favorecerlo con su diplomacia egoísta.

¿Existe alguna salida? En el seno del propio Irán, parece que algo empieza a moverse. La retórica de enfrentamiento del presidente Ahmadineyad ha galvanizado a la opinión pública mundial predisponiéndola contra Teherán y de hecho ha acelerado las sanciones de la ONU (si bien hasta ahora simbólicas). La misma retórica y agitación populista dificulta a Irán un cambio brusco de su política. Es posible que Teherán desee suspender el enriquecimiento de uranio temporalmente, pero no puede hacerlo como si se tratara de un requisito para entablar negociaciones… Necesita la cobertura política que Estados Unidos no desea proporcionarle.

La rigidez estadounidense subraya si cabe el reciente comentario de Nicolas Sarkozy en el sentido de que “en Oriente Medio, todo se interrelaciona”. La inquietud de Washington por el programa iraní es un síntoma de una preocupación mayor: las ambiciones regionales de Irán, puestas de manifiesto en los casos de Iraq y Líbano. De ahí que Washington no quiera empeñarse en tratos con Irán sin claros signos de marcha atrás por su parte y antes de que Washington mejore su capacidad.

Cuadrar el círculo de modo que Irán suspenda el enriquecimiento de uranio y modere sus aspiraciones regionales en tanto Estados Unidos cese en sus amenazas militares y se avenga a un compromiso limitado con Teherán representa un gran desafío para la diplomacia. Dada la inclinación de ambos a malinterpretar al otro, es posible que la suerte sea adversa.

El resultado de todo ello estriba en la conjunción de diversas tendencias: un Iraq en deterioro, un Irán que parece consolidarse, una Europa dividida, una región alarmada y angustiada y una Rusia obstruccionista en unión de un Estados Unidos frustrado. Una amalgama, en suma, que proporciona los ingredientes para una tormenta perfecta. En el 2007, Oriente Medio puede tornarnos nostálgicos sobre el año que hemos dejado atrás.