Oriente Medio: Europa al margen

Las conversaciones de Taba fueron el último intento de israelíes y palestinos, durante el mandato de Ehud Barak como primer ministro, de llegar a un acuerdo sobre un estatuto permanente entre ambas partes. Fueron unas conversaciones imposibles que empezaron el último día de Bill Clinton como presidente de Estados Unidos y unas dos semanas antes de las elecciones israelíes en las que Ariel Sharon llegó al poder. Fueron también imposibles porque carecían de una base clara. Nosotros llegamos a las conversaciones sobre la base de los parámetros Clinton, propuestos a las partes a finales de diciembre del 2000; mientras que los palestinos, que supuestamente acudían sobre la misma base, nos dieron a entender durante las negociaciones que no se sentían vinculados por ellos. Al final, a pesar de que las conversaciones en sí quizá fueran las mejores celebradas entre ambas partes, las negociaciones no consiguieron desembocar en ningún resultado significativo y, por lo tanto, se percibieron como otro fracaso en las ristra de intentos para alcanzar la paz palestino-israelí, por más que – de modo paradójico-la parte israelí representara al gobierno más a la izquierda que había tenido nunca Israel. La inexistencia de una base clara para las conversaciones desempeñó un papel importante en ese fracaso.

Esta vez, nos encontramos ante un intento estadounidense de renovar los esfuerzos por alcanzar un acuerdo sobre el estatuto permanente; pero, como no ha sido posible acordar una base entre las partes, se ha creado un brillante invento diplomático que no tiene precedentes: cada parte llegará a la mesa de negociación sobre una base diferente. Israel lo hará a partir de la escueta invitación realizada por la secretaria de Estado Hillary Clinton, mientras que los palestinos acudirán sobre la base de las detalladas indicaciones, con su plétora de apéndices, del Cuarteto (Estados Unidos, Rusia, Unión Europea y Naciones Unidas). Este acuerdo quizá sea lo bastante viable para permitir el encuentro del 2 de septiembre en Washington; pero, por lo que hace al segundo encuentro, todo el proceso queda envuelto en dudas y su colapso no deja de ser una posibilidad constante. Ya hemos visto que la celebración de una cumbre estadounidense-israelí-palestina, como la que tuvo lugar en Nueva York hace exactamente un año, no contribuyó en absoluto al proceso, y la falta de una base común podría hacer que la cumbre de este año concluyera con la misma frustración. Si la única contribución europea a esta ronda de conversaciones es crear una base ficticia para las negociaciones, sería preferible que Europa desistiera de llevar a cabo cualquier contribución. Sin embargo, no hay ninguna razón para que las partes se conformen con eso. Europa puede aportar a la solución del conflicto mucho más que sus contribuciones financieras a la Autoridad Palestina.

Debo admitir que no entiendo por qué el Gobierno de Obama está distanciando a Europa de las negociaciones. Al fin y al cabo, las principales etapas del proceso durante los últimos veinte años han tenido lugar en Europa, y Europa ha dedicado tiempo, experiencia y recursos a los esfuerzos por resolver el conflicto más duradero del mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial: la conferencia de Madrid fue la que inició todo el proceso (con una intensa implicación estadounidense); París albergó la firma del acuerdo económico entre Israel y los palestinos; y los compromisos más importantes de cuantos han alcanzado israelíes y palestinos se consiguieron en Oslo y Ginebra, que no forman parte de la Unión Europea (el primer intento empezó de manera oficiosa y luego se hizo oficial; el segundo intento fue informal y aún no se ha oficializado).

El presidente Obama sabe cuál será la solución del conflicto. Es consciente de la amplia experiencia europea en este sentido. Sabe que a Europa se le pedirá que participe en los tres problemas internacionales más importantes que conlleva el acuerdo palestino-israelí: financiar el acuerdo, participar en la fuerza multinacional que establecerá el Estado palestino y proporcionar ayuda para absorber a los refugiados palestinos. Será difícil pedir a los europeos que se involucren en todos estos ámbitos si los Estados Unidos de Obama los expulsan del propio proceso.

La cuestión no se resolverá con una invitación aislada auna cumbre. Resulta vital para Europa estar constantemente implicada en las conversaciones, y semejante implicación podría ponerse en práctica, entre otras formas, siguiendo el formato de la conferencia de Madrid. En tales conversaciones, a las que asistieron representantes de 13 países árabes y de muchos países del mundo, los europeos desempeñaron un papel fundamental y fueron decisivos a la hora de hacer avanzar colaboraciones que no tuvieron una repercusión menor en las conversaciones bilaterales.

Europa no debería verse obligada a mendigar un papel en este proceso político renovado; sino que, por el contrario, Estados Unidos y las partes tendrían que pedirle que desempeñara un papel clave.

Yossi Beilin, presidente de la Iniciativa de Ginebra y ex ministro de Justicia israelí.