Oro, pendientes y ron

El año pasado tras el acto de homenaje a López de Lacalle, en el décimo aniversario de su asesinato, tomábamos un aperitivo en la terraza del Palacio de Miramar de San Sebastián cuando se me acercó un hombre de rostro juvenil pero cercano ya a la cuarentena. Su introducción no pudo ser más singular:

-Hola, yo soy Txantxangorri.

Tras un primer momento de estupor la sonoridad del apodo activó enseguida los demás recuerdos. De repente me fijé en su pelo de color panocha, até todos los cabos y no pude impedir que una sonrisa fuera estirando mis músculos de oreja a oreja. Él también empezó a reírse y pronto estábamos al borde de la carcajada ante la mirada perpleja y divertida de los demás invitados.

-No me digas que tú eres aquel «Javier E punto» que tenía una novia que le mandaba aquellos mensajes…

-Pues sí. Me llamo Xabier Ezeizabarrena y soy el portavoz del PNV en el Ayuntamiento de San Sebastián…

¡Las vueltas que da la vida!, pero a la vez el mundo es un pañuelo. Nunca los tópicos vinieron tan a cuento. Habían transcurrido más de 18 años desde que ese inolvidable alias se había cruzado en los primeros pasos de nuestro periódico, a mitad de camino entre la conspiración y el vodevil; y de repente, ¡zasca!, ahí tenía delante a Txantxangorri. Al genuino Petirrojo al que en una covachuela policial confundieron nada menos que con la dirección de ETA.

Todo había comenzado con la inserción en una sección llamada Dazibao de nuestro suplemento Campus -una mezcla de mercadillo de mensajes y tablón de anuncios, anticipatorio de Twitter y Facebook- de una serie de textos lúgubres y despechados firmados por una tal «Leire». Uno de ellos decía: «Txantxangorri. Tu Donosti es sinónimo de traición. Todos tenemos que morir…». Para los exégetas antiterroristas que le vendieron la historia a la revista Cambio 16, se trataba de un anuncio de Urrusolo Sistiaga sobre el atentado que enseguida cometió en Santander.

Otro añadía: «Todo en ti fue traición y egoísmo encubierto», lo que se presentó ipso facto como una alusión a un fallido intento de negociación entre el PNV y Herri Batasuna. Por eso otro mensaje añadía: «No hay tregua». O sea que seguía la «lucha armada».

Y cuando la tal Leire se quejaba en sus obsesiones de que «el maldito pájaro revolotea, picotea e impone su insoportable cantar, chillando, agitando sus alas…», lo que en realidad ocurría es que Urrusolo Sistiaga, sintiéndose cercado por la policía, pedía angustiosamente ayuda para cruzar la frontera.

Como se lo cuento. «ETA utiliza a EL MUNDO de mensajero», decía la portada de Cambio 16 con más despecho y cegazón que la propia autora de los mensajes: una estudiante de Derecho de la Complutense, llamada Mercedes L., hija de unos amigos de Narcís Serra, a la que Txantxangorri -este Xabier Ezeizabarrena que conocí el año pasado- no correspondía en amores. Todavía seguimos riéndonos.

Antes y después de este episodio hemos visto en muchas ocasiones cómo la policía, al servicio del poder político, se refugia en la doctrina de las casualidades para argumentar que hechos cuya apariencia no puede resultar más sospechosa son en realidad inocuos. ¿Los viajes de Amedo a Portugal o Francia los mismos días que se planificaban atentados de los GAL? Pura coincidencia. ¿La presencia de la metenamina, ajena a la Goma 2 ECO, tanto en la muestra patrón como en los restos hallados en la Kangoo? Un caso de contaminación en el laboratorio. ¿La entrada del inspector Ballesteros en el bar Faisán, teléfono en ristre, a la misma hora en que se da el chivatazo? Azares del destino. Hasta las evidencias más flagrantes pueden ser camufladas bajo las explicaciones más peregrinas. Y en último lugar sale Rubalcaba y dice que la mentira es la verdad y se queda tan ancho.

Lo que nunca habíamos visto repetirse era el mecanismo Txantxangorri: es decir, la transformación de comentarios irrelevantes de la vida cotidiana en mensajes clave del código oculto de una presunta trama delictiva contra la que los poderes públicos deben emplearse a fondo. Sólo en alguna película de Hitchcock –North by Northwest– suceden cosas así, fruto de la paranoia alternativa de los agentes del orden o las organizaciones mafiosas.

Pues bien, repasen, ahora que la juez ha archivado la acusación de tráfico de sustancias dopantes, el pliego de cargos presentado por la Guardia Civil contra la atleta Marta Domínguez y verán reproducida esa pauta delirante. Ya comenté en su día, tras entrevistarla en Veo7, que sería un escándalo que se actuara penalmente contra un político o cualquier otra persona a partir de argumentos del calibre de que «según diferentes fuentes consultadas tiene fama en el mundillo del atletismo de utilizar métodos poco ortodoxos aunque nunca ha sido sorprendida utilizándolos». O que se dedicara a decenas de agentes a seguir a una persona y grabar sus citas públicas y conversaciones privadas durante meses con base en simples «intuiciones». Pero también hice la salvedad de que mi opinión definitiva quedaba en suspenso hasta que no conociéramos el resultado de los análisis del «oro», esa sustancia que Marta entregó a su colega Alberto García y que, según la Guardia Civil, contenía trembolona u alguna otra sustancia prohibida.

Esos análisis ya se han producido y resulta que ni trembolona ni nandrolona ni testosterona ni nada de nada. El «oro» era oro, lo que decía la atleta, un producto de medicina natural, un oligoelemento de venta en herbolarios sin ninguna contraindicación médica ni veto federativo alguno. Y, claro, si el «oro» era oro es porque los «pendientes» que la atleta se había olvidado y reclamaba a ese entrenador eran pendientes y no viales o ampollas de sustancias dopantes. Y la «media botella de ron» era media botella de ron y no un envase de fármacos prohibidos relleno hasta la mitad. Y el «regalo de cumple» que Marta había dejado a su amiga y también atleta Nuria Fernández «donde los fisios» eran dos camisetas y no la correspondiente dosis de productos dopantes. Y si ella se había llevado «un susto» no era por el temor a ser descubierta sino porque Marta la había llamado 10 veces en poco tiempo. Y «limpiar la casa por dentro» tampoco quería decir eliminar apresuradamente los rastros del doping… Marta era verdad de pe a pa y la mentira estaba en cada párrafo de ese abracadabrante informe digno de la Pantera Rosa.

Marta Domínguez es mucho mejor fondista que relaciones públicas. Cuando la entrevisté, ayudándola a desenredar la madeja tejida a su alrededor, puso por delante que no le gusta hablar con la prensa y, aunque a mí me pareció convincente, constantemente tendía a refugiarse en una seca ironía. Era consciente de que, por mucho que se esforzara en explicar que ninguna de esas expresiones tenía doble significado alguno, mucha gente ya la había crucificado como culpable.

Al margen del daño causado, el asunto se quedaría en un mal chiste digno de figurar, junto al caso Txantxangorri, en la antología de las alucinaciones policiales si no fuera por una serie de hechos que sugieren que aquí ha existido un propósito deliberado de destruir a la mejor atleta española de todos los tiempos o al menos de utilizarla como chivo expiatorio de muy diversas frustraciones sociales. Recuérdese que la Operación Galgo se desencadenó el 9 de diciembre, justo cuando Zapatero comparecía en el Parlamento para explicar la catastrófica gestión gubernamental del conflicto de los controladores, que había dejado tirados en los aeropuertos a cientos de miles de españoles el fin de semana anterior. Interior emitió el pasado lunes una nota subrayando que fue la juez la que eligió la fecha, pero omitiendo que lo hizo tras proponérsela la Guardia Civil en un oficio en el que consideraba «imprescindible» la entrada y registro en el domicilio de la atleta embarazada.

Luego vinieron las ocho horas de interrogatorio en el cuartelillo de Palencia, el trasiego de imágenes con agentes sacando aparatosas cajas cual si se tratara del descubrimiento de un zulo etarra y la cadena de filtraciones incriminatorias al periódico de cabecera de Rubalcaba. El propio vicepresidente y portavoz remató la faena con unas declaraciones que establecieron la presunción de culpabilidad y espolearon a gran parte del resto de los atletas a sumarse a la jauría: «La detención de Marta Domínguez es una pésima noticia pero no todos los atletas hacen trampa… Sería tremendo que porque unos pocos, aunque sean importantes, hagan trampas, se piense que todo el mundo hace trampas».

Por muchos aspavientos que Rubalcaba haga ahora ante un Zapatero al que en éste como en tantos otros asuntos ha mantenido en el engaño, o al menos en la desinformación permanente, sólo el hecho de haber pronunciado unas palabras tan temerarias debería obligarle a rendir explicaciones ante el Parlamento. Pero a todo esto hay que sumar el dato definitivo aportado esta semana por Fernando Lázaro que prueba la mala fe de los investigadores y la obsesión por empapelar a Marta del modo que fuera. Me refiero a la iniciativa de la Guardia Civil y el Consejo Superior de Deportes de remitir las muestras del «oro» al laboratorio de Colonia de espaldas a la juez.

No es difícil imaginarse la génesis de la iniciativa. El análisis del laboratorio de la Agencia Española del Medicamento había dado negativo. El análisis del laboratorio de la Agencia Española Antidopaje había dado negativo. El caso se venía abajo: sólo quedaría ya la tontería de la ayuda a un atleta retirado a ponerse una especie de apósito en un muslo y el asunto del dinero en Andorra, claramente por debajo del límite del delito fiscal. La juez archivaría el caso. El ridículo iba a ser espantoso y a lo mejor hasta el PP se desperezaba, dada la proyección de Marta Domínguez y sus pasados vínculos con el partido. ¿Qué hacer? Pues a grandes males, grandes remedios. Mandamos los viales al superferolítico laboratorio de Colonia a ver si suena la flauta y, como ocurrió con Contador, aparece algún picogramo de algo prohibido. Entonces lo filtramos al house organ y, por mucho que se diga que hemos roto la cadena de custodia o incluso aunque se anule la prueba obtenida de forma extrajudicial, el impacto mediático será definitivo: confirmada la culpabilidad de Marta Domínguez.

La «reina del estadio» se habría transformado así en la «camello del doping», según la disyuntiva que el día de la Operación Galgo nuestro periódico llevó a su portada con toda la cautela de los correspondientes signos de interrogación. Pero la verdad se ha abierto camino con el inestimable concurso de un abogado tenaz y minucioso como el ex ciclista José Rodríguez y, ahora que hasta la propia juez es consciente de cómo se la ha intentado manipular, este asunto no puede quedar así. Cada medio de comunicación o cada atleta que se apresuró a lapidarla deben ser conscientes de la deuda que deben saldar con Marta. Ojalá sea celebrando sus nuevas gestas deportivas una vez que dé a luz y se reincorpore a la competición.

Pero lo esencial es la rendición de cuentas del Gobierno, máximo responsable de reparar el honor dañado de Marta Domínguez. Si acabamos de ver cómo el director adjunto de la Policía Fernández Chico ha remitido al juez Ruz por su cuenta y riesgo un contrainforme para tratar de contrarrestar el riguroso trabajo de los investigadores del Faisán, ¿por qué no tuvo una réplica equivalente el chapucero y delirante escrito de acusación de la Guardia Civil contra Marta? ¿Quién movió en todo momento los hilos contra ella?

Comparecencia al canto del ministro y, si sus respuestas no son satisfactorias, comisión de investigación. ¿O es que Rubalcaba no va a ser nunca responsable de ninguno de los desmanes que suceden bajo su jurisdicción y competencia, llámese caso Faisán, fuga de Rodríguez Menéndez, obstrucción de la acción judicial promovida por las víctimas del 11-M, huida de Troitiño o reaparición de la brigada Txantxangorri para matar deportiva y civilmente a una atleta que se presentó una vez en una lista del PP?

Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.

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