Ortega y Murillo escriben su epitafio

El comandante Daniel Ortega emite su voto en las elecciones presidenciales de Managua el domingo 4 de noviembre de 1984. A la izquierda su esposa Rosario Murillo.Pat Hamilton (ASSOCIATED PRESS)
El comandante Daniel Ortega emite su voto en las elecciones presidenciales de Managua el domingo 4 de noviembre de 1984. A la izquierda su esposa Rosario Murillo. Pat Hamilton (ASSOCIATED PRESS)

La primera vez que voté en mi vida fue en 1984. Nunca lo hice durante la dictadura de la familia Somoza que dominó Nicaragua de 1936 a 1979. Crecí en una familia opuesta a la dinastía. Cuando a los 18 años tuve edad de votar, sabía que era un ejercicio fútil. Somoza ganaba las elecciones siempre. Recuerdo un letrero escrito en la pared del Hospital Militar de Managua: “Somoza forever”. La única vez que la oposición desafió la reelección de Anastasio Somoza, el menor de los hijos del tirano, el 22 de enero de 1967, la Guardia Nacional masacró una multitud que se aglomeró sobre la principal avenida de la ciudad. Se calcula que al menos 200 personas murieron ese día, cuando los soldados dispararon a mansalva sobre los manifestantes.

Fui parte de una generación que bajo la consigna de “Basta ya” y a falta de alternativas cívicas, optó por la lucha armada. La dictadura y sus fraudes electorales nos llevaron a la conclusión de que Somoza sólo sería derrotado por las armas. Así fue. En 1979, la dictadura fue derrocada tras la insurrección popular que lideró la guerrilla del Frente Sandinista, que desde 1960 inició sus acciones armadas con gran costo para los guerrilleros. Los mejores dirigentes sandinistas fueron asesinados por la dictadura.

La fórmula presidencial de las primeras elecciones, en 1984, a las que convocó la revolución sandinista, la encabezaban Daniel Ortega y Sergio Ramírez como candidato a vicepresidente. Fue la primera vez que voté, pero no fueron unas elecciones felices. El descontento de un sector de la clase media y la clase alta del país con las medidas radicales de la Revolución había ya generado una oposición política importante y una oposición armada. La legitimidad de las elecciones de 1984 se desmoronó pocas semanas antes de los comicios cuando la oposición decidió retirarse.

Su retiro fue parte de la ofensiva de la administración de Ronald Reagan. Desde 1982, los EEUU se involucraron abiertamente en la guerra civil que se conoció como la guerra de la Contra, la contrarrevolución. La vinculación de la revolución sandinista con Cuba, la URSS, y su apoyo a la guerrilla salvadoreña resultó inaceptable para los halcones de la Casa Blanca. La guerra desnaturalizó el espíritu libertario de la revolución y contribuyó a que se desarrollaran las tendencias autoritarias de una organización guerrillera que no logró sacudirse el militarismo propio de su origen. El Frente Sandinista se había convertido en un partido político de orden y mando. En la vida civil o militar, sus miembros éramos soldados creyentes y disciplinados. Era una izquierda de dogmas sagrados. Discutíamos a lo interno, pero el argumento de la “amenaza imperialista” suprimía cualquier intento de crítica sostenida y estratégica. Construir una sociedad democrática ocupó un segundo plano frente a la demanda de defender la revolución. El desgaste de la guerra finalmente condujo a un acuerdo de paz con el liderazgo de la Contra en 1988, que incluía adelantar las elecciones para 1990.

Para entonces la cúpula del Frente Sandinista había perdido contacto con la realidad de las mayorías. La escasez debido al bloqueo de EE UU era terrible. Faltaban cosas esenciales y los jóvenes reclutados para el Servicio Militar volvían en ataúdes a sus hogares, con demasiada frecuencia. La dirigencia del FSLN, sin embargo, no dudó de que el pueblo votaría por la continuidad de la revolución. En 1985 yo había dejado los cargos que tenía para escribir La mujer habitada, mi primera novela. Quizás por estar alejada de la vida del partido y más en contacto con la cotidianeidad del manejo de mi casa, las colas y, sobre todo, la gente que escuchaba o con la que conversaba en esos menesteres, empecé a temer que la confianza absoluta que la mayoría de mis compañeros tenía de que ganaríamos las elecciones, podía ser infundada. Lo comenté con ellos. Preparé incluso un memo para el equipo de la campaña electoral, sugiriendo de que había que prepararse para el “peor escenario posible”. Fue como predicar en el desierto. Nadie quería escucharlo.

La derrota del Sandinismo en 1990 fue totalmente inesperada. El partido no había siquiera preparado un plan B, en caso de que eso sucediera. La supervisión internacional y la figura de un hombre honesto en la presidencia del Consejo Supremo Electoral, Mariano Fiallos Oyanguren, que, a pesar de sus simpatías sandinistas no dudó en acatar la voluntad popular, convenció a la dirección sandinista de que no había más alternativa que aceptar la derrota. Ortega dio uno de sus mejores discursos en la madrugada del 26 de febrero de 1990, al conceder la victoria a Violeta Chamorro. Pero en su fuero interno no aceptó la derrota. A los dos días, en un evento con sus simpatizantes en una pequeña plaza en Managua, anunció que gobernaría desde abajo. Desde entonces no cejó en su ambición de retornar a la presidencia, sacrificando en el camino la ética y principios que alguna vez lo calificaran como revolucionario.

Una famosa frase de comandante de la revolución, Tomás Borge, luego del regreso al poder de Ortega: “Todo puede pasar aquí, menos que el Frente Sandinista pierda el poder, no importa el precio que haya que pagar” resume la mentalidad que priva ahora en la mente de Ortega. En las exequias de Borge, él dijo: “Habrá Frente Sandinista para largo rato, tanto como para decir 100 años, tanto como para decir para siempre”. En otras palabras, la esperanza de un país libre por la que otrora luchó el sandinismo se quebró frente al espejo de la frase que una vez esgrimiera como verdad la dictadura de Somoza. “Somoza forever” es ahora la enseña de una nueva dictadura: “Ortega para siempre”.

Las elecciones de este próximo 7 de noviembre en Nicaragua serán un rito vacío y muchos se abstendrán de votar. Sin embargo, el país ya no es el mismo. La dupla Ortega y Murillo revivió, en pocos meses en 2018, la memoria de la represión dictatorial y el rechazo de los nicaragüenses. Al apresar a los candidatos y críticos en este año electoral han demostrado que su única fuerza reside en la represión, la manipulación y las armas. Dure lo que dure, esta dictadura ya ha escrito su epitafio.

Gioconda Belli Pereira, escritora.

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