Osetia, crueldad insoportable

José Antonio Martín Pallín, Magistrado del Tribunal Supremo (EL PERIODICO, 25/09/04)

Los espantosos acontecimientos de la escuela osetia de Beslán exigen una reflexión sobre el mundo que quieren ofrecernos los idólatras del poder sin control y los fanáticos de la vía de la fuerza como único elemento que puede contrarrestarlo. El ser humano y la violencia han caminado de la mano a lo largo de la evolución de la humanidad. El instinto agresivo es una constante común en el reino animal del que formamos parte. La crueldad, el odio y la venganza son un privilegio de nuestra mente superior.

Los tiempos recientes demuestran que no es suficiente con la proclamación de los valores democráticos para que la violencia y la confrontación entre naciones y pueblos desaparezca de la esfera de las relaciones nacionales e internacionales.

A PARTIR DE la finalización de la segunda guerra mundial surge con fuerza un espíritu común a todos los seres humanos que reclaman de sus gobernantes políticas de paz y desarrollo. A pesar de estas peticiones mayoritarias, la violencia persiste. Los disidentes eligen, a veces, la violencia como medio para imponer sus políticas, sustituyendo el debate por la agresión. Investidos de la superioridad de sus planteamientos, justifican toda clase de crímenes considerándolos justos y necesarios frente a la insoportable crueldad del poder.

Para llegar a este punto es necesario previamente deslegitimar el sistema y atribuir a los gobernantes, y por supuesto a los ciudadanos que no participan de sus métodos, todo genero de bajezas y actos ilegales. El maniqueísmo es de doble dirección. Los que mandan califican a los antagonistas como asesinos en pie de guerra. Cualquier atisbo de diálogo es sinónimo de tibieza y propio de espíritus pusilánimes.

Es una realidad incontestable que los estados pueden ejercer el poder al margen de las limitaciones que impone el derecho y la legalidad, cometiendo actos criminales de tortura, persecución y destrucción indiscriminada, bajo el inasumible argumento de calificar la lucha contra el terrorismo como una “guerra” convencional. Estas posiciones son el alimento espiritual que necesitan las mentes desviadas para asentarse en sus convicciones.

Si las estructuras legales del Estado democrático se han consolidado, la reacción sólo tiene un cauce: la aplicación de la ley a los delitos que cometen los teóricos del terror como método político de confrontación y disidencia. Cuando las vetas del autoritarismo aparecen en las paredes del poder, su actuación puede exceder los límites marcados por las reglas del juego democrático. El control de los demás poderes del Estado y el rechazo de los ciudadanos es crucial para que la respuesta se mantenga en el marco civilizado del Estado de derecho.

La inteligencia no puede asimilar ni comprender que la venganza y los instintos más sanguinarios del ser humano sean la respuesta eficaz y deseable para los conflictos. Si una persona o grupo ha sido agredido violentamente y cree que la venganza es el camino y que el sufrimiento generalizado es la justa compensación de su dolor, hasta entonces humano, se coloca al margen de la civilidad. Vive en un mundo delirante en el que sólo caben sus fantasías sustentadas en la sublimación del dolor. La reacción criminal de las víctimas es tan rechazable y espúrea como las violencias del poder.
Para disparar contra el cuerpo desnudo de unos niños que instintivamente huían del horror de la tragedia es necesaria una dosis de perversión y vileza que sólo algunos seres humanos pueden alcanzar.

LAS CRUELES acciones terroristas proporcionan la savia necesaria a los que sostienen que la única alternativa posible es la destrucción masiva e indiscriminada del enemigo. Ambos, situados en dos extremos aparentemente contradictorios, se necesitan y se alimentan recíprocamente.
El poder quiere representar el calor volcánico y explosivo, exhibiendo una poderosa maquinaria de destrucción. El terrorista es el frío glacial que espera pacientemente la ocasión de vengarse utilizando asimismo la destrucción y la muerte.

Resulta cada vez más difícil adoptar una postura de racionalidad e inteligencia sin que los dioses tronantes del poder y sus portavoces nos recriminen y desprecien. Nos recuerdan, apoyándose incluso en textos religiosos, que los tibios serán vomitados de la boca del Señor, olvidándose de que la templanza es la virtud de los fuertes.

Los modernos evangelistas reducen incluso más el proverbio y advierten que se está con ellos o con los asesinos.

Tanto los políticos desenfrenados como los sanguinarios terroristas disponen en la historia de modelos alternativos en que fijarse. Uno del pasado y otro, felizmente presente.

En una situación de violencia, comparable con la que estamos viviendo, Mahatma Ghandi, que había estudiado leyes en Londres, comprendió que la vía para conseguir la independencia de la India era una opción valerosa por la no violencia. Es curioso que Ghandi trabajase como abogado en la Unión Surafricana donde años más tarde Nelson Mandela, que también puede calificarse como un héroe de la humanidad, consiguiese, desde su prisión casi eterna, que Suráfrica alcanzase la independencia rompiendo el apartheid.

Ghandi, como otros muchos partidarios de las soluciones dialogadas y pacíficas –Martín Luther King, John Lennon, Olof Palme e Isaac Rabin– fueron asesinados por supuestos fanáticos incontrolables. Muy fuerte y convincente tiene que ser el mensaje de una persona cuando es necesario que alguien asuma el papel de eliminarla físicamente. Albert Einstein decía de Ghandi: “Las generaciones del porvenir apenas creerán que un hombre como éste caminó la tierra en carne y hueso”.

Estoy seguro de que muchos calificarán estas líneas como la muestra de un pensamiento seráfico, blando, alejado de la realidad y carente de responsabilidad. Los que piensen que nos movemos en el mundo de las ilusiones deberían aportar soluciones y fórmulas más efectivas. Las que nos proporcionan pasan por utilizar aviones, helicópteros, tanques y armas destructivas que vomitan fuego como si quisieran anunciar el apocalipsis. La razón y la inteligencia nos muestran que la fuerza de la democracia y el derecho penal son la única salida.