Ostras en Bayona

El paraguas rojo de López de Lacalle bajo el sirimiri del Norte. La estampa y la metáfora de un tiempo y de un país, con el periódico del día empapado y el alma de la Libertad rota en un portal de ladrillo visto. El ulular de sirenas en Madrid cuando los peores años de plomo, que vinieron a marcarse en el pecho hundido de una España que iba a su trabajo, a sus labores. Un petardazo en la prisión provincial que atronó en la bahía de Málaga.

Mi infancia son recuerdos de un policía en mi puerta, cada mañana, entre el vaho del invierno y el saludo. Yo vivía en una recurva donde pasaban altos cargos del Sur en el coche rumbo al politiqueo: y mi vecino hoy está vivo y saludador gracias a un fallo en el detonador. Y luego el camino al colegio en el coche de mi padre, con Gabilondo contando la última hora de la sangre en el verde vascongado; o quizá no fuese Gabilondo sino Luis del Olmo, o quizá fuese el parte de Radio Nacional descubriéndome un rosario de topónimos y de caseríos que formaban parte de mi educación sentimental, y así yo conocí antes el funcionamiento de un talde, la mecánica de una Magnum, que las funciones de la célula.

Un rezo por el último muerto por ETA en la clase. Los hijos de un guardia civil sin entender aún ese odio irracional, esa muerte contra alguien que sirve, las lágrimas de unos pocos: un niño sin padre que pudiera ser yo mismo, una viuda con una medallita de Interior y un desalmado que se toma vacaciones al otro lado de la muga. El café de dos números de la benemérita en un bar de carretera, sin saber que hay en el coche esperándole un resorte, un muelle, un temporizador que los convertirá en mártires de un día, y en una fría estadística para la eternidad. La equidistancia de Arzálluz el día del entierro, y su grito cómplice en las campas de Altube. Patria o muerte, que diría el Che; y ellos que se quedaron con muerte en los otros. Y pasó que la muerte, sí, se hizo costumbre en los días laborables: así en La Concha como en La Malvarrosa.

La foto de siempre y los acordes de La muerte no es el final. Aquellos días interminables de julio, cuando lo de Miguel Ángel Blanco, cuando los niños de provincia íbamos aprendiendo Historia y Periodismo y crueldad de una misma manera; yo recuerdo un Bilbao un día especialmente caluroso. Rememoro esa letanía de “el joven concejal de Ermua llegó con un hilo de vida” al hospital, esa letanía que me recordaba tanto a Miguel Hernández: “Llegó con tres heridas…”.

El tiro en la nuca. Aquel teniente médico que nunca volverá a ver el mar en Fuengirola. Sangre en el Barrio de Santa Cruz de Sevilla, sangre en Barajas, sangre en Palma y en Rentería. El espíritu de Ermua quebrado en mil pedazos cuando no interesaba ya la cosa. Otegi el hombre de paz, y Eguiguren junto al Follonero, en un parque, convertido en un iluminado frente a todos los españoles, que pareciera que estábamos equivocados en esto de ser y en esto de españoles. Gudaris envueltos en plásticos manifestantes, con mucha animación de pendientes en los machos; y en la cabeza de la pancarta por el Casco Viejo una ristra de pistoleros que después, en el turbión de la Historia, aparecerían como negociadores.

Ahora ETA relativiza sus mierdas y sus marcas blancas dibujan sus territorios históricos en forma de corazoncito; justamente ahora que el mundo trasciende la aldea y el frontón, y nadie va a prestarle comprensión fuera de España a un anacronismo bananero a la verita del Cantábrico. Socialismo e independencia, y un saco de pistolas verificables y quizá encasquilladas porque ya no son de este tiempo tan desmemoriado. Y la España de este Rajoy callado y consentidor, que olvidará Hipercor y le reirá las gracias a Cassandra.

Ondeará la ikurriña en Tudela.

“Nuestros padres mintieron, eso es todo” (Juaristi).Y los malos comieron ostras. Ostras en Bayona.

Jesús Nieto Jurado, escritor.

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