OTAN, de entrada sí

Cuando en 1982, con el voto favorable de la mayoría absoluta del Congreso de los Diputados, España entró en la OTAN, el PSOE, entonces anclado en el no a la Alianza, resumió las razones de su rechazo en un folletito -que hoy debe tener la categoría de incunable- titulado, si no recuerdo mal «50 razones en contra de la entrada de España en la OTAN». Una de las cincuenta razones argumentaba, y cito de memoria, que la entrada de España en la Organización atlántica rompería el equilibrio geoestratégico europeo al aumentar el número de miembros de la alianza occidental mientras permanecía invariable el del Pacto de Varsovia. Ese era uno de de los argumentos que la URSS empleó sistemáticamente para intentar impedir que nuestro país se convirtiera en el decimosexto miembro de la Alianza.

Los sonoros argumentos que Rusia está utilizando en estos momentos para impedir la entrada en la OTAN de Ucrania y de Georgia son exactamente los mismos que los utilizados en aquel momento por la URSS para intentar frustrar la adhesión española. Todos presuponen la existencia predeterminada de un equilibrio político y territorial que sería gravemente alterado al avanzar la OTAN en lo que los rusos llaman «el espacio pos soviético». Claro que la Rusia contemporánea ha tenido que digerir ya la adhesión a la Alianza Atlántica de países que fueron parte del Imperio -Estonia, Letonia y Lituania- y de otros que formaban parte del Pacto de Varsovia -Polonia, Eslovaquia, República Checa, Bulgaria, Rumania, Hungría, por no hablar de la República Democrática Alemana y su reunificación con la mitad occidental germana- y el proceso no debería pillarle por completo de sorpresa. La gruesa artillería retórica, sin embargo, se ve comprensiblemente reforzada en este caso por afectar a lo que en su momento fue, junto con Rusia, el florón imperial, Ucrania, y por incluir a un espacio caucásico, Georgia, tan sensible a los intereses rusos. Los historiadores siempre han subrayado el temor ruso -en su momento soviético- al cerco exterior y su carácter de acicate para impulsar la expansión continental que secularmente ha caracterizado la política rusa. Hasta que implosionó la Unión Soviética.

Con las jeremiadas soviéticas/rusas ocurre lo que sucede con las amenazas del paranoico: es difícil calcular hasta qué punto van en serio. Si nos atenemos a la experiencia histórica más bien tendríamos la tentación de descartarlas como vacías baladronadas. Ningunas de las amenazas de Moscú se materializó cuando España entró en la Alianza y en el caso de los países ex soviéticos y ex Pacto de Varsovia el realismo primó sobre la aventura y la OTAN acabo por ampliar sus filas con los retales del imperio marxista leninista. Pero por lo que vemos Moscú no ceja ni cede al desaliento y no desaprovecha ocasión para reutilizar los habituales proyectiles pesados. No parecen haberse percatado los rusos de los efectos contraproducentes de tales tácticas, tan parecidas a las de antaño y tan susceptibles de despertar latentes animosidades. Distan de ser el mejor método para granjearse amistades. E ignoran las razones por las que las gentes, adquirida o recobrada la libertad, deciden tomar sus decisiones. En particular cuando se trata de pertenecer a la OTAN.

Que en la decisión de ucranianos y georgianos -como antes en la de todos los demás procedentes del área del socialismo real- existe un fuerte componente anti ruso es evidente. Que la Rusia contemporánea haría bien en preguntarse por las razones de ese sentimiento y en procurar buscar paliativos al mismo es tambien evidente. Como evidente resulta que las tácticas de intimidación y grosero trazo que Moscú utiliza para intentar justificar sus malos humores y su invariable convicción que el mundo se organiza en torno a preconcebidas e invariables zonas de influencia -como si todavía viviéramos bajo la ley de Yalta- afectan muy negativamente la reputación internacional del país que hasta hace bien poco fue una gran potencia.

España, mas allá de las muy desgraciadas experiencias vividas en el bando republicano durante la guerra civil, no fue nunca una «democracia popular». Su decisión de pertenecer a la Alianza Atlántica no estaba condicionada por un particular sentimiento anti soviético/anti ruso. Y la ausencia de ese elemento cualifica las diferencias que puedan existir entre las razones que asisten a ucranianos y a georgianos -y a lituanos, polacos, húngaros...- y las que en su momento escogieron los españoles para entrar a formar parte del Tratado de Washington, constitutivo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

Pero en el fondo, si bien se mira, todos los miembros de la OTAN, antiguos y nuevos, tienen los mismos objetivos en su adherencia al club. Por supuesto asegurar la defensa nacional y contribuir en la medida de la posible a la seguridad común, pero tambien adquirir formas, procedimientos y garantías que aseguren estabilidad democrática y previsibilidad en la evolución política. Objetivos estos a los que la Alianza ha servido de manera harto razonable desde hace ya sesenta años. Y demandas a las que la OTAN, si quiere ser fiel a sus principios fundacionales, no puede permanecer sorda ni ciega.

Ucrania y Georgia deberían pronto adquirir la condición de aliados que demandan. Rusia, como antes la Unión Soviética en el caso de España, no posee un subrepticio derecho de veto sobre una decisión democráticamente adoptada y en la que seguramente están depositadas muchas esperanzas de futuro por los pueblos afectados. El primer principio de la siempre sabia Acta Final de Helsinki afirma el derecho de los Países participantes «a pertenecer o no pertenecer a organizaciones internacionales, ser o no parte de tratados bilaterales o multilaterales, incluyendo el derecho a ser o no parte de tratados de alianza; tienen tambien el derecho a la neutralidad».

Los dolores de la Rusia postimperial para acomodarse a su nuevo y reducido estatus merecen estudio y respeto. Adjudicar al Moscú contemporáneo las capacidades y los diseños de la Unión Soviética constituye un grave error de perspectiva en el que los países occidentales, y muy particularmente los Estados Unidos, no deberían caer. La OTAN, sus miembros, tiene todo el interés del mundo en desarrollar con Rusia un entendimiento estratégico estable y duradero. En el que no entran los caprichos nostálgicos de las oligarquías moscovitas.

Por ello, flaco servicio rendirían los miembros de la Alianza que por temor o por conveniencia cerraran las puertas a ucranianos y a georgianos. Como flaco servicio rinden a la Alianza los que en aras de una grave miopía ultranacionalista pretenden dejar a Macedonia fuera del círculo aliado hasta que cambie de nombre. ¿Quien teme al lobo feroz de Macedonia, un pequeño país de dos millones de habitantes cuyo mayor pecado reside en haber sido el único de los procedentes de la ex Yugoeslavia en acceder sin sangre a la independencia? ¿Quién podrá explicar en los libros de historia que Croacia y Albania merecieron entrar allí donde todavía no pueden hacerlo Ucrania y Georgia?

No deja de ser paradójico el éxito de la OTAN, una formación concebida para las necesidades de la guerra fría, permanentemente aquejada de crisis existenciales y sin embargo objeto ardiente deldeseo por parte de aquellos que identifican la continuación de la democracia recién adquirida con la pertenencia a la organización. Pero el peso de la púrpura tiene sus exigencias y el éxito sus contrapartidas. Las puertas no pueden quedar cerradas a los que cumplen condiciones y comparten objetivos. Tiempo quedará para explicar a Moscú que el diseño no es anti ruso. Por mucho que algunos, al Este y al Oeste, se empeñen en creer lo contrario.

Javier Rupérez, Embajador de España

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